Aún antes de que se sepa quién será escogido como nuevo sucesor de San Pedro, queremos dirigirle una súplica

Santo Padre, si no fuera por la promesa hecha por Nuestro Señor Jesucristo de que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia (Mt 16,18), podríamos afirmar con dolor en el corazón que, a lo largo de la Historia, la Barca de Pedro nunca estuvo envuelta en una tempestad tan dramática y universal como la de nuestros días.
En efecto, es patente en el interior de la Santa Iglesia la “apostasía silenciosa” de millones de fieles, conforme lo ha constatado un reciente Sínodo de los Obispos.
Verdades fundamentales de la fe, como la resurrección de Cristo, la virginidad de María, la presencia real en la Eucaristía, la existencia del Infierno, etc. son puestas en duda hasta por altos representantes de la Jerarquía.
Principios morales básicos como la indisolubilidad del matrimonio (y la consecuente ilicitud de una “segunda unión”), la grave deformidad moral de las relaciones homosexuales, el crimen monstruoso del aborto, la espantosa crueldad de la eutanasia, la inmoralidad del preservativo, etc. son considerados como superados, alegando que deberían ser sometidos a una revisión para adaptarlos a las nuevas costumbres sociales.
Agrava ese cuadro la crisis del Clero y de las congregaciones religiosas, masculinas y femeninas — manifestada en la caída vertiginosa de vocaciones — que se acentuó con la iniciativa rebelde de los párrocos austriacos, que alcanzó repercusión entre sacerdotes del mundo entero, y la escandalosa rebelión de la principal confederación de monjas de los Estados Unidos contra una justa y necesaria intervención de las autoridades vaticanas.
A esa dramática crisis interna se suma la agresividad de los enemigos externos. En primer lugar, el “tsunami de laicismo” que se expande por las naciones occidentales y lleva a varios gobiernos a querer forzar a la Iglesia y a las instituciones católicas a volverse cómplices en innumerables violaciones de la Ley de Dios, con el pretexto de que el Estado no reconoce ninguna ley superior a la soberanía popular.
Súmase a eso la persecución sin piedad a los cristianos en numerosos países musulmanes y en aquellos que aún gimen bajo el comunismo, como China, Vietnam, Corea del Norte o Cuba.
Ante esa total oposición a Dios y a su Ley, en la vida pública y privada, ¿quién es capaz de imaginar lo que será del mundo dentro de 20 ó 30 años?
Pero, así como, en medio de aquellas ruinas, un San Gregorio Magno o un San León Magno supieron convertir a los bárbaros y colocar las bases de la más bella y refinada civilización que la Historia haya conocido — la civilización cristiana — Vos también podéis, con el carisma propio del Vicario de Cristo y el auxilio del Cielo, enfrentar victoriosamente la actual y dramática crisis religiosa, moral y social.
Esa ayuda del Cielo y esa victoria final ya fueron anunciadas por Nuestra Señora en Fátima, cuando alertó que el mundo sufriría grandes castigos y que muchas persecuciones serían movidas contra la Santa Iglesia; mas al mismo tiempo Ella prometió: “Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará”.

De rodillas ante Vos, os suplicamos: ¡no os dejéis enredar en las insidias del laicismo ateo o agnóstico, combatidlo con confianza en el auxilio divino y millones y millones de almas serán reconducidas al buen camino! ¡Decid una sola palabra con vuestra autoridad de Sucesor de San Pedro, y el humo de Satanás será expulsado del mundo y del interior de la Santa Iglesia, como la Santísima Virgen lo prometió!
Éste es el llamado que nosotros — católicos, apostólicos, romanos, abajo firmantes — os hacemos, Santo Padre aún desconocido, arrodillados en espíritu ante vuestra figura de Dulce Cristo en la Tierra.
FUENTE: ipco.org