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“La mujer sintetiza en sí la bondad, la belleza y lo espiritual”
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Viernes, 08/03/2013
“La mujer sintetiza en sí la bondad, la belleza y lo espiritual”
El obispo de Catamarca, monseñor Luis Urbanc, envió un mensaje a los fieles en ocasión del Día Internacional de la Mujer en el que valoró la influencia de la mujer en la actualidad y el aporte que pueden realizar, “en este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda”, para llenar con el espíritu del Evangelio y “ayudar a que la humanidad no decaiga”. Sostuvo, en efecto, que “la mujer sintetiza en sí los trascendentales valores de la bondad, de la belleza y de lo que en lo humano podemos llamar espiritual”.

El prelado, que en la Conferencia Episcopal forma parte de la Comisión de Pastoral Familiar, sostuvo que, en efecto, “la mujer sintetiza en sí los trascendentales valores de la bondad, de la belleza y de lo que en lo humano podemos llamar espiritual”.

La bondad –dijo-, por su innegable capacidad para comunicar humanidad, ternura, perseverancia y vida; la belleza, por ser el misterioso vaso donde reposa la armonía de las partes y la composición del todo; lo espiritual, porque si la mujer no inyecta espiritualidad a la vida humana, toda la humanidad carecerá de esta nivelación de todos por lo superior”.


En ocasión de esta celebración, monseñor Urbanc animó a “expandir la bondad, afianzar la armonía y promover la espiritualidad”, de modo que la sociedad toda se vea “fortalecida en el espíritu” y en camino hacia una humanidad integral, con paz duradera y prosperidad.

Celebro con gozo este día porque mujer es la esposa, la madre, la hija, la hermana, la novia; mujer es la provincia, la patria, la tierra y la Iglesia; mujer es María, la persona más grande y más excelsa salida de las manos del Señor”.


El gracias de Juan Pablo II

Gracias “por el «misterio de la mujer» y por cada mujer, por lo que constituye la medida eterna de su dignidad femenina, por las «maravillas de Dios», que en la historia de la humanidad se han cumplido en ella y por medio de ella”.

Gracias “por todas las mujeres y por cada una: por las madres, las hermanas, las esposas; por las mujeres consagradas a Dios en la virginidad; por las mujeres dedicadas a tantos y tantos seres humanos que esperan el amor gratuito de otra persona; por las mujeres que velan por el ser humano en la familia, la cual es el signo fundamental de la comunidad humana; por las mujeres que trabajan profesionalmente, mujeres cargadas a veces con una gran responsabilidad social; por las mujeres «perfectas» y por las mujeres «débiles». Por todas ellas, tal como salieron del corazón de Dios en toda la belleza y riqueza de su feminidad”.

Gracias “por todas las manifestaciones del «genio» femenino aparecidas a lo largo de la historia, en medio de los pueblos y de las naciones; por todos los carismas que el Espíritu Santo otorga a las mujeres en la historia del Pueblo de Dios, por todas las victorias que debe a su fe, esperanza y caridad…, por todos los frutos de santidad femenina” (MD 31).


La madre es importante promotora de la fe

La Iglesia desea dar gracias a la Santísima Trinidad por el ‘misterio de la mujer’ y por cada mujer, por lo que constituye la medida eterna de su dignidad femenina, por las ‘maravillas de Dios’ que en la historia de la Humanidad se han cumplido en ella y por medio de ella. En definitiva, ¿no se ha obrado en ella y por medio de ella lo más grande que existe en la historia del hombre sobre la Tierra, es decir, el acontecimiento de que Dios mismo se ha hecho hombre?”, Mullieris Dignitatem (De la dignidad de la mujer), n. 31.


Hay una religiosidad profunda, llena de sensibilidades casi intangibles, de rezos callados que ungen corazones y calles, de humildad y sacrificios cotidianos, de renuncias casi imposibles, de paciencia. Es esa poesía de la religión de la que escribe el poeta español Gustavo Adolfo Bécquer, que ve en lo pequeño la misteriosa presencia del Dios de los pobres y sencillos: La religiosidad de las mamás. A ellas, Semanario dedica esta edición como homenaje al amor desinteresado y a la entrega cotidiana en la formación de los hijos.

Jesús y las mujeres


En nuestro medio, las mujeres son las principales forjadoras de la fe. Desde tiempos evangélicos, vemos como Jesús se rodeaba de piadosas mujeres para poder desempeñar su misión. Sabemos que no había ninguna mujer que fuera apóstol, (cfr. Mt 10, 2-4). No obstante, algunos de los discípulos más cercanos a Jesús eran mujeres. En Lucas 8, 2-3, se menciona a María Magdalena, Juana, Susana, y «otras muchas» que contribuyeron a proveer ayuda económica a Jesús y a los Apóstoles, mientras iban predicando. Más tarde, cuando los Apóstoles, temerosos y cobardes, se retiraron del lugar de la Crucifixión, algunas mujeres fieles, y llorando, se quedaron a acompañar a Jesús hasta su muerte en la Cruz (cfr. Mt 27, 55-56).

De ésta y otras referencias, contenidas en los Evangelios, nos damos cuenta de que Jesús no consideraba a las mujeres como seres inferiores a los hombres, en lo que concierne al discipulado. Por el contrario, refleja la necesidad de la virtud femenina en la evangelización, y esto fue claramente enseñado en la Iglesia primitiva, y debe, por supuesto, reflejarse en la Iglesia de hoy.

La mujer, formadora de la conciencia religiosa


En la formación religiosa actual, el papel de la mujer depende en mucho de ella misma, en particular de las que son madres. Por ejemplo, la Sra. Luisa Miramontes Ocampo, pasó más de quince años de su vida sin confesarse, sin acercarse «para nada a Dios, ni a los sacerdotes, ni a nada que tuviera que ver con la Iglesia». No hubo un motivo en concreto, sólo «le parecía –como le dijo un maestro en la Preparatoria–, que los curas querían manipular la sociedad y las conciencias». Desde luego, esta situación le causó serios problemas con su mamá: «Ella me invitaba a acercarme a Dios, pero no le hacía caso; un día me dijo: ‘Espero que nunca tengas un problema que no puedas resolver, porque, entonces, vas a invocar a Dios’».

La cuestión dio un giro de 180 grados cuando Miramontes Ocampo se convirtió en madre: «Desde luego, me casé por la Iglesia, pero fue más por tradición que por convicción. Entonces, fue la enfermedad de mi primer hijo la que cambió en definitiva las cosas». Un terrible cáncer comenzó a deteriorar la vida de su pequeño: «Es la cosa más dolorosa que una madre puede afrontar: Ver que el hijo de tus entrañas se va consumiendo poco a poco, y que los médicos sólo digan: ‘No podemos hacer nada’».

Así, lo que su madre le había dicho, se hizo realidad, pues invocó a Dios para que la auxiliara en esa necesidad tan grande: «Lo más grande fue que Dios me ‘contestó’ al instante: Un sacerdote, que casualmente andaba de visita en el hospital, habló conmigo y me hizo ver que Dios no quería que mi hijo sufriera, pero sí quería hablarme a mí, cuestionarme, preguntarme dónde había estado todos estos años; por qué me había olvidado de Él». Fue de esta manera que Luisa decidió reencontrarse con Dios. Junto con su marido, se confesó y comulgó, y su hijo comenzó a recuperarse. Aun cuando las secuelas del terrible mal pueden verse en su hijo, está consciente de la enorme responsabilidad que tiene, como madre, de acercarlo a Dios: «Entiendo lo que me decía mi mamá, y entiendo que las mamás tenemos la enorme responsabilidad de educar a nuestros hijos en la fe, de acercarlos a Dios, pero no sólo llevándolos a Misa y al catecismo, sino dárselos a conocer con nuestro testimonio, con nuestro amor hacia ellos».

Extramuros


«Niñito Jesús, mi encanto y mi anhelo, hazme niño bueno, y llévame al Cielo». Somos muchos los católicos que seguramente recordamos con agrado este rezo, que, sin duda, lo aprendimos en casa, en familia, cuando nuestra mamá nos decía que era hora de dormir y había que agradecer a Dios por un día más de vida: «En efecto, son las madres las que inculcan los valores religiosos en los hogares, a ejemplo de María Virgen, en el hogar de Nazareth», dice Juan Pablo II, y añade: «Y son ellas mismas las que con su ejemplo, impulsan el compromiso apostólico en los hijos, participando en las actividades pastorales de sus comunidades y siendo, muchas veces, el más importante apoyo en la vida pastoral». México, y en particular, nuestra diócesis, constituyen un claro ejemplo de lo que nos dice Karol Wojtyla: «En muchas de nuestras parroquias, los grupos parroquiales y las labores de caridad trabajan gracias al apoyo de las madres de familia que, sin dejar de atender sus labores, ofrecen su valioso tiempo, saliendo más allá de los muros de sus casas, en favor de sus hermanos, recibiendo muchas veces críticas francamente destructivas».

Al pie del Sagrario

La Sra. María del Refugio Ruiz lleva poco más de ocho años de su vida dedicando, al menos dos horas diarias de su día, a orar frente a Jesús-Eucaristía. Su andar pausado y su cuerpo un poco encorvado y sus rodillas «lastimadas desde que lavaba durante horas en un arroyo, a orillas del pueblo, la ropa de toda la familia». Aun cuando las responsabilidades no han disminuido en su familia, ni le sobra tiempo «porque el quehacer no se acaba», «Cuquita» es miembro activa del grupo de las Marías de los Sagrarios, cuya finalidad es estar al pie del Santísimo Sacramento, «para que nunca esté solo y pidiendo por los que no piden, por los que nunca se acuerdan que Dios está ahí». Son muchos los motivos por los que «Cuquita» quiere estar al pie de su Señor: «Después de educar a siete hijos que ya están casados, ahora pido por ellos, por sus hijos y por sus trabajos, que Dios me los cuide y les vaya bien. Un día, mi hijo, viajando por carretera estuvo a punto de sufrir un accidente; de ese hecho, me dijo que lo primero que pensó en aquellos instantes, fue que yo pedía por él y sus hermanos ante el Santísimo Sacramento para que les fuera bien. Gracias a Dios se libró de un golpe que pudo haber sido mortal. Pero María del Refugio Ruiz no sólo pide por los suyos, si no que, ante todo, está la oración deprecatoria, es decir, la de pedir por las ofensas cometidas a Dios y de las que muchos no se arrepienten, ni piden perdón.

El sacrificio de cada mujer, reflejo eucarístico


«Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto de una experiencia única, la cual te hace ‘Sonrisa de Dios’ para el niño que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de referencia en el posterior camino de la vida. Te doy gracias, mujer-hija y mujer-hermana, que aportas al núcleo familiar y también al conjunto de la vida social las riquezas de tu sensibilidad, intuición, generosidad y constancia».

Estas palabras del Papa Juan Pablo II, dedicadas a la mujer, que hablan del sufrimiento, de la entrega y del dolor, son el marco referencial para meditar sobre la maternidad y la Eucaristía: Desde el momento del parto, la vida de la madre es una entrega continua y generosa, es el sacrificio cotidiano: Levantarse temprano para llevar al niño a la escuela, preparar la comida; en muchos casos, acudir al trabajo; lavar la ropa, planchar, el quehacer de la casa, y, en numerosos casos, salir a hacer los pagos pendientes: Agua, luz, teléfono, el mandado, haciendo hasta lo imposible para que los medios económicos alcancen para cubrir todas esas necesidades. En fin, la vida maternal es una entrega total por amor y desde el amor.

Esta entrega es una prolongación de la Santa Misa, ya que «en la Eucaristía, celebramos y conmemoramos el Sacrificio supremo de amor, de entrega total sin miramientos: El de Jesús, el Hijo que fue entregado por su Padre, que «tanto nos amó», para nuestro rescate. De aquí que las mamás, cada mamá en particular, deba ser venerada con respeto y admiración, pues su entrega es prolongación del más grande de los dones en la vida del hombre: El pan y el vino, convertidos en Cuerpo y Sangre de Jesús.

Por Arnold Omar Jiménez Ramírez, semanario.com.mx
Fuente: http://mercaba.org/ARTICULOS/M/madre_es_importante_promotora.htm


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