La película empieza con una escena bastante perturbadora: un niño insiste en llamar, una y otra vez, a un teléfono en el que nadie contesta. Luego descubriremos que él está en un instituto y que con quien intenta comunicarse es con su padre. Quiere hablar con él porque le prometió que pasaría a buscarlo y además, porque necesita recuperar su bicicleta. Como no lo logra por teléfono, se escapa para ir al departamento en donde vivían. Ahí se entera que su padre se ha mudado sin dejar rastros y que antes de irse, vendió su bicicleta. A los pocos días, llega al instituto una mujer que, habiendo sido testigo de la búsqueda desesperada del niño, recuperó la bicicleta y se la trae a su antiguo dueño. A partir de ahí, la película narra la relación, difícil y rica, entre el niño y la mujer, que poco a poco se irá haciendo cargo de acompañarlo. Este chico, herido y abandonado, tendrá una nueva oportunidad cuando la mujer le ofrezca su compañía generosa y segura. No será una historia fácil para ninguno de los dos, pero el cariño fiel les abrirá la puerta a otra realidad.
Al disfrutar de esta película, pensaba que la historia mostraba esta verdad tan simple y profunda que todos sabemos: sólo cuando somos amados, nuestra vida puede cambiar, mejorar y encontrar una salida. El rigor, los castigos, el miedo, pueden llegar a disciplinarnos, a lograr que nos portemos bien. Pero lo que verdaderamente posibilita nuestra salvación es un amor generoso, fiel y constante. Obviamente esto no quiere decir que el amor que nos salva sea un amor flojo, sin límites ni confrontaciones. El amor exige los límites y no nos priva de los desencuentros. Pero lo que verdaderamente nos hace crecer es saber que somos amados incondicionalmente.
En este mes estamos recorriendo el camino de la Cuaresma. Vivimos este tiempo como una oportunidad para (re)encontrarnos con la misericordia del Padre y así llegar a la Pascua con un espíritu renovado. ¿Y qué vamos a celebrar en la Semana Santa? Celebraremos la gran historia del amor de Dios por nosotros. Reviviremos los gestos y las palabras con las que Jesús culmina su caminar entre nosotros. Recordaremos sus sufrimientos, sus angustias, su fidelidad y entrega. Pero no será su sufrimiento lo que nos salve, sino el amor en él expresado. Por eso la Pascua es la memoria de nuestra salvación, porque en ella celebramos que Dios nos amó tanto que posibilita que nosotros cambiemos y que nuestra vida se llene de luz. Eso es la salvación: saber que no estamos solos, que hay alguien que se interesa por nosotros, que se juega por nosotros y que nos ama con fidelidad.
En la 1ª Carta de Juan, la comunidad cristiana confiesa con alegría:
“Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (4,16).
Me parece que esta es una linda descripción de lo que significa ser creyente: cristiano es aquel que conoció el amor de Dios y creyó en él. Las dos partes son importantes: conocer y creer.
El primer paso es
conocer el amor. Por eso es necesario que volvamos a la historia de Jesús. Hacer memoria de las personas a las que dedicó su vida, con quienes eligió vivir. Descubrir el significado de sus curaciones, de sus milagros. Volver a escuchar su Palabra, rica en historias y en imágenes. Todo esto nos hará conocer el amor de Dios. Esta es la razón por la cual en la Semana Santa volvemos a escuchar el relato de la Pasión. ¿Por qué volver a repetir siempre la misma historia? Porque en ella nosotros hemos conocido algo que no queremos olvidar…
Pero no basta con conocer: hay que
creer en el amor. Y esto que parece tan sencillo, es el paso más difícil de nuestra vida. En la película de la que les hablaba, en el primer encuentro del niño con la mujer, él le pide que vuelva a visitarlo. Cuando ella le responde que volverá, él le dice que no le mienta. Este chico que está herido en la confianza, tiene que aprender a creer que alguien lo puede querer. Nosotros tenemos el mismo desafío: creer que somos amables (dignos del amor).
Que la Pascua de Resurrección traiga salvación a todos. Esto es, que nos renueve en la certeza del amor y que nos impulse a amar generosamente, para que la salvación siga siendo derramada sobre todos. ¡Felices Pascuas!
P. Willy