Hay que reconocer la vocación de la Presidenta para hacerse oír casi a diario ante las pantallas y los micrófonos amigos.
Como se sabe, le fascina hablar ante auditorios previsibles. Cadenas nacionales, actos oficiales que los medios cautivos transmiten ¨en vivo y en directo¨. A esto habrá que sumarle su Twitter, nuevamente muy activo, espacio con un sentido más de barricada de campaña que de comunicación formal. Y la página oficial de la Presidencia, que cumple el sentido que debe cumplir: mantener al tanto a la ciudadanía de su palabra y su gestión. El resto sobra, porque hasta las cadenas nacionales, por reiteradas, han sido despojadas de su verdadero sentido. La Presidenta dice lo que le viene en gana cuando le viene en gana. También sabe callar lo que quiere callar.
Tantos discursos la han llevado, progresivamente, a perder el brillo de oradora de sus tiempos parlamentarios y a caer en un estilo coloquial exagerado, como si estuviera en el almacén del barrio. Cuando habla con enojo es cuando más se notan ciertos derrapes verbales. Digamos que se trata de ¨actos fallidos¨, para simplificarlo en lenguaje de café: aquello que no quiere decir, pero igual dice.
Hay dos ¨fallidos¨ recientes, muy llamativo. El jueves, en El Calafate, en una chicana cuyo único destinatario fue el gobernador santacruceño Daniel Peralta, un aliado a los K hasta que La Cámpora le bajó el pulgar, dijo que quienes ¨se quejan no merecerían ser gobierno acá y en ninguna parte. Si se quejan los gobernantes, qué les queda a los ciudadanos¨.
Nunca había reconocido con tanta claridad que los ciudadanos, pese a tanta alharaca propagandística, tienen muchos motivos para reprochar su gestión.
Repasemos lo que el Gobierno niega y la gente percibe: corrupción, inseguridad, inflación, cepo al dólar, y hasta cierto tono soberbio e intolerante para tratar a opositores, periodistas o simples personas que fueron escrachadas hasta por cadena nacional por esbozar alguna mínima crítica.
Otro reciente ¨fallido¨ fue en la Casa Rosada el 24 de enero. Hablando sobre los precios pidió hacerles un boicot a quienes los subían. Algo así como comprar donde a uno le conviene.
Fue el mismo día en que dijo que ¨obligar y acordar¨ precios no servía, aunque Moreno la desmintió a los pocos días.
El remate fue pésimo: ¨En este país, si no te defendés vos, no te defiende nadie¨. Se hubiese asegurado que esa defensa debería estar a cargo del gobierno de turno y, en todos los casos, del Estado como institución que tutela la vida social de los ciudadanos. Seguramente, en ambos casos, la Presidenta quiso decir otra cosa, pero le salió eso.
Nada comparable, eso sí, como aquélla vez en que alguien del auditorio de cómplices le gritó ¨¡Genia!¨. Y ella contestó: ¨No, qué genia, si fuese genia ya hubiese hecho desaparecer a unos cuantos¨. Nadie sabe por dónde andaba la mente presidencial en ese momento, pero puede sospecharse.
Nota extraída del diario Clarín.
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