La Parábola de Galimba

Por
eduardoepszteyn
Lunes, 17/12/2012
Tiempo Argentino - 10/10/2010
Suplemento Especial
Galimberti, De Perón A Susana. De Montoneros A La Cia, De Roberto Caballero Y Marcelo Larraquy
Prólogo
VIENDO A DRÁCULA
Conocimos a Rodolfo Galimberti en la casa de un columnista de Página/12. Fue el primero de noviembre de 1999. Llegó un minuto después de la hora convenida.
Era una tarde de lluvia. Traía un puro apagado y se acercó con pasos cortos. Nos tendió la mano.
Tenía un sello de oro en el meñique derecho, un reloj sin marca visible y una corbata roja. Era más flaco y más joven de lo que suponíamos.
Estaba agitado. “Sin grabadores”, dijo. “Sin grabadores”, repetimos.
Entonces fue a dejar su pistola 9 milímetros sobre un escritorio. Quería que la regla fuera pareja para las dos partes.
Cuando regresó, seguíamos de pie. Le pidió un vaso de agua de la canilla al anfitrión y nos miró a los ojos.
–¿Qué quieren de mí? –preguntó.
–Un buen libro –respondimos.
Hasta ese momento llevábamos más de un año investigando sobre su vida y habíamos entrevistado a noventa personas. El primer intento de acercamiento había sido el 5 de mayo, día de su cumpleaños. Le enviamos una tarjeta: “Estimado Rodolfo Galimberti, estamos escribiendo un libro donde usted se lleva la mejor parte.
Queremos conocerlo. ¡Feliz cumpleaños! Firmado: sus biógrafos.” Entonces nos había agradecido la esquela con un llamado telefónico, y nos formuló diez preguntas de “sucesión aproximativa”: quería saber quiénes éramos y a quién respondíamos.
Nos pidió que lo llamáramos la semana siguiente para convenir un encuentro. Pero nunca más respondió a un mensaje.
Un diálogo telefónico con el columnista de Página/12nos volvió a abrir las puertas.
–¿Ustedes son los que están escribiendo la biografía de “Galimba”..? –Sí.
–Está recaliente con ese asunto.
Dice que es parte de una operación para cagarlo por el juicio de Hard Communication. Quiere encontrarse con ustedes.
Galimberti tenía una opinión cerrada sobre las motivaciones de una biografía: –Hay dos clases. Las que se hacen a favor del protagonista, y este es el que la paga. Y las que se hacen en contra, que son operaciones de inteligencia. ¿A ustedes quién les paga? Nos pedía que lo tuteáramos.
Nos negamos. “Abandonen la actitud policial”, repetía. Era un diálogo sin salida. El anfitrión intentó aflojarlo: “Rodolfo, por qué no te juntás mañana a conversar tranquilo...
parecen pibes macanudos”.
Galimberti condicionó un futuro encuentro a que entrevistáramos a una serie de personas que empezó a seleccionar de su agenda. Tomamos nota. Eran: Claudia Bello, Hugo Anzorregui, Claudia Peiró, Patricia Bullrich Luro Pueyrredón, Alberto Brito Lima, Jorge Antonio, Mariano Cavagna Martínez, Miguel Ángel Toma, Eduardo Epszteyn, Alberto Sprechjer, Octavio Frigerio, Mario Granero, Emilio Berra Alemán, Enrique “Mono” Grassi Susini, Daniel Hadad, Guillermo Seita, Aníbal Jozami, Alberto Kohan, Germán Kammerath, Jorge Rodríguez, Jorge Born, Archibaldo Lanús, Marcelo Longobardi, Alejandro MacFarlane, Felipe Solá, Carlos Spadone, Lorenzo Miguel y Jorge Luis Bernetti.
Algunos nombres nos sorprendieron.
También las omisiones: en la lista no figuraban sus ex compañeros de Columna Norte de Montoneros.
A la hora y media, la conversación continuaba entrecortada, y había perdido definitivamente el rumbo. Terminamos hablando de la reforma policial bonaerense y recordó una anécdota sobre el doctor León Arslanian: –Tuvimos una reunión y mientras me habla veo que se va inclinando despacio, despegando el culo del asiento hasta que se larga un pedo, y siguió hablando como si nada. ¿Qué confianza se puede tener en un tipo así?–, se quejó.
Era un rodeo inútil. Él había perdido su turno con el dentista y tenía un funcionario judicial que lo esperaba.
El anfitrión se tenía que ir.
–Nosotros no vamos a esperar seis meses para verlo, Rodolfo. Si quiere hablar, mejor. Y si no, lo lamentaremos pero el libro va a salir igual. Con usted o sin usted.
A Galimberti le gustó el desafío.
Marcó un encuentro para el día siguiente, a la una de la tarde, en la parrilla La Rosa Negra de San Isidro.
Aprovechó una distracción del anfitrión y antes de estrecharnos la diestra nos dijo: –Está bien, el libro háganlo. Pero tengan en cuenta que se metieron con alguien muy pesado. Yo soy mucho mejor de lo que ustedes piensan pero mucho peor de lo que imaginan. Soy el Drácula argentino.
Y se fue con una sonrisa helada.
En el restaurante, tomó posición en una de las primeras mesas, con vista a la entrada. Nosotros quedamos de espaldas. Tomamos la carta, elegimos el plato y el vino.
Tenía ropa de fajina: un chaleco de cazador color marrón claro. El mozo nos hizo probar el vino. Era un Catena Zapata tinto. Lo degustamos.
“¿No está bueno? ¿Es muy fuerte?”, preguntó ansioso. Dudamos un segundo. Quisimos fundar una opinión. No nos dio tiempo. Lo hizo tirar sobre un recipiente de vidrio.
El mozo trajo otro. “¿Este...?”, preguntó Galimberti. Volvimos a dudar. Seguíamos pensando en la respuesta justa. Ordenó tirarlo otra vez. “Estos boludos lo dejan a más de veinte grados...”, criticó. Cuando el mozo abrió la tercera botella, le dijimos que estaba bien. No íbamos a pasar toda la tarde desechando vinos de cien dólares. Empezamos a comer langostinos, mientras preparaban las corvinas negras. Nos elogió la elección. Luego retomó el discurso del día anterior.
–¿Quién les paga? No sean boludos, díganmelo. No está mal ser un mercenario. Yo soy un mercenario.
Lo fui toda mi vida. Y la mayoría de los periodistas también lo son. Hay ciento setenta y dos tipos que reciben sobres de la SIDE (Servicio de Inteligencia del Estado). Les puedo mostrar las filmaciones cuando van a retirar la guita. Se van a sorprender.
Son tipos reconocidos, prestigiosos.
Entonces díganme quién les paga y empecemos a laburar. Sean honestos conmigo. Abandonen la actitud policial.
Lo indignaba que continuáramos tratándolo de usted. No queríamos conceder nada.
–Ustedes no tienen conciencia de dónde se están metiendo. Se los voy a decir ahora porque ayer no correspondía. Ustedes me hicieron mucho daño desde la revista donde trabajan. Mucho daño económico.
Hard perdió mucha guita por ustedes.
Nos cagaron la empresa. Tenemos un juicio encima. Pero lo peor es que me difamaron. Dijeron que llamaba prostitutas para traerlas a la oficina...
–Nunca dijimos eso. Dijimos que en la oficina seleccionaban modelos para promociones.
–No se hagan los boludos conmigo.
Yo no soy como los funcionarios de gobierno que van a busar putas a Black Jack... Pídanme isculpas –dijo de golpe.
–No, no tenemos nada de que isculparnos.
–Ustedes no entienden... El ofiio de ustedes es investigar. Está muy bien. Pero mi oficio es matar.
ienen que saberlo. Yo a ustedes los engo en la lista de gente que quiero matar. Son mis enemigos. La tengo n mi mesa de luz. La repaso todas as mañanas...
Se inclinaba levemente hacia a mesa mientras nos hablaba. Su oz nos llegaba como un susurro orzado, metálico, duro y mono corde. Los mozos atendían a los comensales, cordiales. La música era agradable y estábamos a punto de mandarnos a mudar.
–Parece un adolescente... un adolescente de quince años que le arma un escándalo a su novia por una cuestión de celos –le dijimos, furiosos.
Se aflojó un poco.
–Muchachos, abandonen la actitud policial que tienen... no podemos laburar así.
Volvió a insistir en que lo tuteáramos.
Pero su obsesión era saber quién nos pagaba.
–Entiéndalo, no nos paga nadie.
Queremos hacer un libro que cuente los años setenta y los noventa a través suyo. El pasaje de un mundo a otro. Creímos que era una buena historia.
Se quedó un segundo en silencio.
Aprovechamos para preguntarle por las dos veces que estuvo detenido en 1969: queríamos saber si JAEN, la agrupación que dirigía, había incendiado la Facultad de Filosofía y Letras.
–No, sean honestos: esa la hicimos entre todos. No nos adjudiquen más méritos de los que tuvimos...
Sacamos del portafolio un bloc de fotocopias de su libro La Revolución Peronista. Era un incunable.
Le planteamos algunas dudas. Se quedó mirándonos.
–Pero entonces ustedes son dos ingenuos. Dos pelotudos... –hizo un gesto como si acabara de entender todo–. ¡Pero ustedes no tienen idea de dónde están parados! No sean boludos. Los van a hacer mierda.
Si Estados Unidos se corre dos centímetros a la derecha, todos los periodistas como ustedes son boleta.
Con el poder no se jode...
Ordenó café y nos convidó habanos; nos explicó cómo se cortaba la punta. Le preguntamos por la guerrillera Norma Arrostito. Sonrió al decir: “Era una mujer única”. Le preguntamos si había conocido al represor de la ESMA Jorge Rádice en los años setenta. “Tienen una mala técnica interrogativa, ustedes... Les voy a decir algo para que entiendan: yo soy igual que Rádice”, replicó. No permitía que grabáramos nada. “Si no nos tenemos confianza... no podemos laburar así. Díganme quién les paga y largamos. No sean boludos”. Nos habíamos prometido levantar la reunión a las seis de la tarde. Pero seguíamos. En un momento alzó su celular y llamó a su ex esposa, Dolores Leal Lobo.
–¿Cómo estás? Hace como dos años que no nos vemos... ¿no? Yo estoy hecho un monstruo, peso doscientos kilos. Mañana paso a buscarte y tomamos un té con tortas...
Escuchame una cosa. Quiero presentarte a dos periodistas de Noticias y que les cuentes todo sobre nosotros... pero la verdad.
Ella no entendía nada. Su ex marido se había vuelto loco. “Y de Noticias, además...”, le decía. Galimberti trataba de convencerla.
–... Están haciendo un libro que le va a hacer bien al país.
El restaurante estaba vacío. El mozo nos preguntó con discreción si nos quedábamos a cenar. Caímos en la cuenta de que eran las nueve.
Galimberti pagó y dejó un billete de cien pesos de propina, más dos habanos.
Saludó a Rojitas, el mozo, y le preguntó por Santiago del Estero, su provincia. En la acera, nos agradeció el encuentro. “Me emocionó la historia de tu abuela que participó en la Resistencia Peronista del cincuenta y cinco. Y gracias por haberme dicho que no me igualara con Rádice...”, nos dijo.
–La gente nos ha contado historias terribles sobre usted, pero ninguno nos dijo que haya torturado a nadie. Esa es una diferencia –le correspondimos.
Al otro día nos llamó el columnista de Página/12: –¿Qué pasó? Rodolfo dice que le faltaron el respeto, que son dos insolentes, dos maleducados que no entienden nada de nada... Se arrepintió de haberse reunido con ustedes. No quiere verlos más.
Al día siguiente lo llamamos desde un locutorio.
–...Ustedes me quieren cagar con mi concurso... –estalló.
Seguimos con nuestro trabajo.
A la semana recibimos el mensaje de un emisario suyo. Nos invitó a cenar en el jardín de su casa. Era una noche abierta, de verano. La piscina estaba iluminada. Tomamos un vino Valmont. Pensamos que el diálogo con Galimberti se iba a recomponer.
–Rodolfo dice que el libro de ustedes va a ser una mierda y como mucho va a vender siete mil ejemplares.
Se están rompiendo el culo para nada.
–Y es lo más probable...
–Y dice que si lo que ustedes están buscando son veinte lucas, él se las da y le dejan de romper las bolas.
–Ni veinte lucas ni cien...
–Ni doscientas... –reafirmó el emisario, aliviado, con un golpe en la mesa.
–Nada. Decile que no entendió nada.
Después de las amenazas y el rechazo de su oferta para que lo olvidáramos, Galimberti pareció darse por vencido y aceptar los hechos.
Una tarde nos pidió que lo llamáramos sin falta.
–Hola, estoy con el compañero Alberto Brito Lima tomando una copa para despedir el año. ¿No quieren hablar con él? Combinamos una cita para el 31 de diciembre. En enero de 2000 volvimos a llamarlo a su celular.
Galimberti estaba en una reposera tomando sol en Punta del Este.
Era un día fantástico. Pero no podía olvidar al periodista Horacio Verbitsky, de quien hablaba como se habla de un enemigo.
–Acabo de leer un reportaje en Veintidós que es muy interesante.
Por primera vez reconoce haber escrito el libro sobre Transporte Aéreo, patrocinado por la Fuerza Aérea en 1979. Es llamativa la fecha, ¿no? Ahora, pregúntenle, cuando llega a un aeropuerto de Estados Unidos... ¿qué pone en ese pedazo de la visa que pregunta si perteneció a una organización terrorista? ¿Qué pone él ahí...? Yo sé que todas estas son miserias personales de los tipos que estuvimos en guerra... pero, otra cosa que no se entiende es cuando dice que se alegra de que hayan sido derrotados los montoneros porque si no tipos como yo hubiéramos tomado el poder y qué sé yo... Es decir, no se equivoca, si nosotros hubiéramos tomado el poder lo hubiéramos hecho mierda... eso está bien, es lúcido de parte de él. Si no, hoy estaría Firmenich de presidente. Pero él no puede haber estado en una organización armada y decir que se alegra de su derrota. No puede escindir de esa derrota a los 30.000 desaparecidos y la metodología que se empleó para derrotarnos...
–Vimos a Brito Lima –le comentamos.
–¿Y cómo les fue? –Llegó dos horas tarde. Justo apareció el ex intendente Rousselot por la confitería y comentó que estaba por abrir un shopping virtual en la web... Y en los setenta era el secretario de López Rega... Cambió todo, Rodolfo.
Después faltó a dos citas. En una tuvo la delicadeza de llamar media hora antes para avisar que no venía.
El celular era la única forma de establecer contacto. Eran diálogos zigzagueantes, costosísimos, de más de una hora. Pasábamos del radical Nosiglia al general fusilado Aramburu y, en el medio, el músico Emilio del Guercio. Nos recomendaba ver a un montón de gente que lo odiaba, y que además ya habíamos visto. Hacíamos cinco o seis entrevistas por semana.
–Ahora queremos verlo a usted, Rodolfo. Tiene que tener una colaboración más activa, más orgánica...
–le sugeríamos.
–Entonces pínchenme el teléfono, no sean boludos. Graben las conversaciones... así van avanzando.
Accedió a un tercer encuentro a fines de febrero, en la cafetería de su loft de Dorrego 1940. Nos había pedido preguntas por escrito. Llevamos ciento treinta. Llegó cuarenta y cinco minutos tarde. Apenas se sentó dijo que tenía que irse. No iba a hablar.
–Se los digo con franqueza. Yo soy lo contrario a lo que ustedes están buscando. Soy un personaje sin espesor, nunca fui funcionario.
Hay tipos que te agarran un vagabundo y te hacen una novela...
Además, ustedes son dos boludos.
Perdieron su oportunidad. Estuvimos ocho horas hablando y no grabaron nada...
Sacamos tres cartulinas completas manuscritas con acciones y relaciones de sus últimos cuarenta años. Mes a mes. Era el recorrido de su vida. “Queremos hablar de todo esto”, le dijimos.
–Si esto es el libro yo me pego un tiro en las bolas... ¿Saben lo que pasa? Yo quiero leer una carilla. Yo no sé cómo escriben.
Sacamos del portafolio una carilla sobre Jaen. Era la parte del adiestramiento militar de los cuadros.
La leyó en silencio.
–Está bien escrito, boludo –festejó–.
Así tiene que estar escrito.
Aparte se lee de corrido. No es una maldición. Está bien contada la época, el fresco, es espectacular porque es una época que no conocen.
Impecable... ¿Quién les sopló todo esto? Parecía entusiasmado. En ese momento tuvimos la certeza de que no iba a matarnos. Al menos hasta que termináramos el libro. Iba a sentir curiosidad en leer algunas partes. Le dimos dos carillas más.
–Uy..., cómo le pegan a Bonasso.
No sean hijos de puta, che... ¿Saben lo que es Bonasso? Le explotás una bolsa de basura en la espalda y se muere de un síncope. Es un farsante, se los digo de corazón. Lo grave es que nunca tiró un papelito en su vida. ¿Viste los boludos grandotes que los mandan al fondo en el colegio? Pará, pará que quiero ver esto...
Me encanta.
Nos devolvió el material, tomó las ciento treinta preguntas y las empezó a responder, una a una.
“Sí, no, no es cierto”, repetía. Eran respuestas telegráficas e ininteligibles.
“Graben, graben, no sean boludos...”. No encontrábamos las pilas de la emoción. Se enojó.
–Ustedes necesitan fierros. Hacen las cosas de la guerrilla. Les faltan pilas, grabadores, computado ras. Tienen que tener un cacho más de aparatos porque los van a matar.
Van a perder la guerra... Además no pidieron nada de comer, son unos boludos. ¿Qué quieren, un té con torta? Su celular no paraba de sonar.
A las dos horas, mientras hablaba, cambió de tema en forma abrupta: –¿Se dan cuenta de que acabo de cagar a un tipo? Y es un contacto importante. Tengo que darle otra cita para las ocho y media. No me destruyan la vida, hijos de puta...
Se levantó para irse. Le preguntamos si podíamos concertar un encuentro para el día siguiente.
Nos dijo que tenía previsto andar en moto en el autódromo, pero no era nada seguro.
A partir de ese día empezamos a tutearlo.
A las tres semanas volvimos a reunirnos en la cafetería. Eran las seis de la tarde. Javier Martina, su asistente y guardaespaldas, se sentó a conversar con nosotros mientras lo esperábamos. Tendría unos treinta y cinco años. Había sido policía. Parecía respetuoso y amable.
Al rato Galimberti llegó con el –Gordo Marcelino–. Lo presentó como un arquitecto amigo. Era un tipo de cuarenta años, cara fresca, barba candado, algo excedido en kilos. Galimberti le pidió que esperara diez minutos en la otra mesa, que resolvía un tema con nosotros y lo atendía. Nos explicó que tenían que hablar de negocios. La entrevista iba a ser corta. Siete horas después, Marcelino estaba semidormido en el sillón de su comedor y Galimberti hablaba en voz baja sobre la –contra– nicaragüense. Fue la primera vez que nos invitó a su casa. Era un loft equipado en metal y madera. La pared del baño estaba hecha de ladrillos de vidrio. Tenía una única ventana y estaba cerrada.
Parecía que estábamos dentro de un submarino ruso. Nos mostró algunas armas de la Primera Guerra Mundial en un cuarto de arriba.
También su dormitorio. Criticó al decorador que le puso el jacuzzi al lado de la cama. “Estos son los típicos inventos de los maricones.
Discutí mucho con el diseñador, pero no me lo quiso cambiar...”. Al lado del jacuzzi había una barra de acero que se extendía desde el suelo hasta el techo. Alguien nos había comentado que era un soporte para que las chicas hicieran su show de striptease. Era su hobby privado.
Le preguntamos para qué servía la barra. “¿Esto?... Lo tengo para hacer gimnasia”, respondió. Guardamos silencio. “No me van a pedir que les muestre ahora...”. Encargó empanadas, una tarta de zapallo y Coca light de la cafetería. Hablamos de la caída del misil Cóndor, del libro sobre el guerrillero Gorriarán Merlo de Julio Villalonga y Juan José Salinas, de la inteligencia del Batallón 601 en Centroamérica. La comida no era buena. Él lo admitió. Como habíamos entrado en materia, le preguntamos qué rol le había correspondido en el tráfico de armas a Ecuador. En 1995, hubo una petición de investigación del diputado Jesús Rodríguez que lo involucraba con una sucursal belga de la fábrica de armas francesa GIAT. Y el representante argentino era su amigo el francés Xavier Capdevielle. Lo había publicado La Nación. Respondió de inmediato: “Lo llamamos a Capdevielle”. Tomó su celular. “Hola, Xavier. Rodolfo Galimberti. Sí, guacho. ¿Cómo está el viejo? En la Argentina... Me di cuenta por cómo entra la llamada, ganso... ¿Vamos a hablar alguna vez de las cosas? ¿Ir a comer a tu casa ahora? Uy... estás más grave que yo. Estoy laburando.
¿Estás robando?... Escuchame una cosa, anormal. ¿Qué hacés mañana? Ah... ¿nueva novia? ¿Pero estás sobrio vos? Bueno, dale, pasámela, ¿cómo se llama? Hola. ¿Cómo te va? 2005. Estás en el futuro vos. ¿Qué edad tenés? Lo importante es la edad y las medidas. ¿Miss Punta del Este...? Dame con tu novio que te voy a ver inmediatamente... Eso no importa, estamos en combate todavía... con Oscar Wilde... me parece que chupé menos que vos, dame con el demente de tu novio. Un beso, encantado... ¿Escuchame, de dónde sacaste el aparato ese...? Estás cada día más grave... dejame el aparato abierto que termino lo que estoy haciendo y te llamo. ¿Vamos a contar algún día las cosas que hicimos o no? Pero estás dispuesto a hablar de algo?... Te hablo en serio... porque tengo unos amigos que están haciendo un libro. Les estoy contando la verdad. ¿Está bien? ¿Seguro? En algún momento te hago una cita para que hables con ellos... ¿Cuánto hace que no volás, anormal? ¿El avión lo tenés? Vayamos a volar mañana. Dejame el teléfono abierto que te llamo cuando termino con ellos...”.
Ese día nos fuimos de su casa después de las cuatro de la madrugada.
Cuando estábamos en la puerta, Galimberti le pidió a Javier Martina que despertara al Gordo Marcelino.
El 18 de abril de 2000 a las ocho y media de la tarde lo vimos otra vez.
Fue en The Horse, un bar de Intendente Bullrich y Avenida del Libertador.
Estaba con su asistente. Nos dijo que tenía que resolver un asunto de negocios con gente de la otra mesa. Pero que después íbamos a hablar. Se fue con la taza de té en la mano y volvió a los dos minutos.
“Con estos se pierde el tiempo...
hay que esperar que venga Toma”.
Cuando llegó el diputado, Galimberti volvió a irse. Lo vimos hablando con él durante casi veinte minutos.
Nos pusimos a observar quién era el jefe de quién. Por los gestos y las actitudes, Galimberti parecía el jefe. Igual que en los tiempos de jaen. Al rato, Miguel Ángel Toma se fue y Galimberti volvió con la taza de té en la mano. Quisimos saber cuándo y por qué empezó a dedicarse a los negocios.
–Yo cuando volví a la legalidad sentí que no tenía nada que aportar –dijo–. Renuncié a la política y me dediqué a hacer guita, a todo este quilombo. Tengo principios: pago cargas sociales, impuestos, buenos sueldos, trato bien a la gente... Les va a costar encontrar un tipo que diga –el Loco es un garca–. Además, yo quiero homenajear a la gente de mi generación. Esa gente estaba para grandes cosas. Cuando veo a Vaca Narvaja vestido de gomero, a Perdía mendigando un puestito público, y a Firmenich autoexiliado en democracia, me dan asco. Ellos le faltan el respeto a los muertos. Yo me puse en la cabeza que mi mejor homenaje es tener éxito, demostrar que en esa época quisimos hacer la revolución y que hoy podemos ser empresarios o multimillonarios...
–Siempre fui de derecha –siguió.
Nos pedía permanentemente que le planteáramos temas conflictivos.
–Pero che, hasta ahora lo único que hablamos fue de cómo se sacaba el sombrero mi abuelita... –se quejó.
Javier Martina se había ido un momento al baño. Le preguntamos si había matado a su mecenas Oscar Braun en Holanda.
–No, no digan eso –pidió–. Estaba en El Líbano cuando murió. Fue un accidente.
–Sin embargo sabemos que estuviste en el entierro... –soltamos.
–Volví por la muerte de él. Me llamaron de París a Beirut. –Murió Oscar Braun–, me dijeron. Tomé el avión... Alitalia, Roma–París y llegué.
Cuando le comentamos que circulaba una versión que indicaba que después de su muerte le había robado cheques y tarjetas de crédito se ofendió de verdad.
–No... Está mal la lectura que ustedes hacen de nosotros. Yo soy capaz, para que ustedes me entiendan...
Miró el grabador y lo apagó con vehemencia.
–Yo soy capaz de agarrarles la cabeza a ustedes, bajarlas sobre la mesa y abrírselas con un destornillador.
Soy capaz de agarrar una ametralladora y disparar a todo el local. Y lo haría pero no porque sea un psicópata asesino. Lo haría sólo si fuera una misión. Nosotros no peleamos ni matamos para robar guita. Yo no soy un killer...
En ese momento volvió Javier del baño. Ya había poca gente en el local. Llevábamos cinco horas con un té y una tostada. Hacía frío. El mobiliario del bar era bastante antiguo.
Había sido un lugar de moda en los setenta. En un momento, Galimberti se levantó de la mesa para ver el calibre del tiro que había en un ventanal. “Es de la época de la guerrilla”, le aclaró el mozo, como si se tratara de una reliquia de la casa.
Cuando volvió a sentarse, nos miró y nos recomendó que nos diéramos una inyección contra la gripe. “Llamen al médico y métanse en la cama.
No sean boludos, no es paternalismo.
En Europa hay una peste infernal. No van a poder terminar el libro...”. Teníamos mil preguntas.
Dos muchachos entraron al bar y se sentaron en una de las mesas de atrás nuestro. Galimberti dijo que eran chorros. Se lo advirtió a Javier con un gesto. Puso los codos sobre la mesa. Daba la sensación de que si los pibes se movían, agarraba su arma y empezaban los tiros. Y nosotros en el medio, con la cabeza en la línea de fuego.
Seguimos conversando. Javier no les sacaba los ojos de encima a los nuevos clientes. Nos dimos vuelta. Parecían chorros de verdad.
Hablando del periodismo argentino, salió el tema de Daniel Hadad.
Galimberti estaba enojado con el artículo de su revista La Primera sobre los inmigrantes. “Yo se lo dije a Daniel. Es un mamarracho lo que hiciste. Aparte mal hecho. Le quitó un diente al boliviano que estaba en la tapa. Se comentó mucho eso.
Aparte, me pareció que no fue generoso con cuatrocientos millones de latinoamericanos... ponerse a criticar la presencia de tipos que se están ganando la vida en nuestro país con trabajo... yo se lo dije... no lo comparto”.
–¿Y él qué dijo? –Nada. Lo tomó como... Pero es grave. Me parece una política que no tiene destino y nos aisla de Latinoamérica. Nos hace un daño espantoso. Y ojalá que no le toque ir a vivir a Francia. Te digo por el color que él tiene. Cuando lo vean medio morochito en el aeropuerto y con el apellido Hadad, le van a empezar a mirar la cara.
Le preguntamos si compartía muchos negocios con ese periodista.
Dudó un poco. Comentó que había recibido de su parte un reloj Bulgari con malla de bronce en un cumpleaños. “Todavía lo tengo”, acotó. Después comentó que tenía una “mesa de análisis” con Hadad y otros periodistas.
–¿Y qué hacen? –preguntamos.
–Cambiamos fichas. Nos sentamos, comemos. Comentamos informaciones, las condiciones económicas, qué va a pasar con el campo...
El mozo se clavó discretamente a un costado de la mesa y dijo que el bar tenía que cerrar.
El 2 de mayo de 2000, Galimberti nos presentó a Xavier Capdevielle en la cafetería. Era un francés bien educado, unos diez años más joven que él. Empezaron a recordar historias de Medio Oriente, la guerra entre israelíes y palestinos, los negocios de venta de armas.
Capdevielle hablaba pausado, con un español muy simpático. Javier le alcanzó un sobre a Galimberti: había sido elegido como presidente de mesa para la elección de jefe de Gobierno de Buenos Aires. Justo estaba hablando de cómo la violencia había marcado su vida.
–Vos fijate que hoy que desarrollamos actividades legales, que comerciamos... somos muy parecidos a ayer. No cambiamos más.
Renunciamos a la violencia, tenemos prácticas sociales distintas, pero de la forma en que te marca en la adolescencia y la juventud...
no salís más.
–Es como cruzar una línea roja –dijo Capdevielle–. Una cosa muy especial. Es lo mismo que encontremos a un cana por la calle. Con el cana nunca vamos a ir a matar.
Con vos sí. Nuestros amigos son más como vos. Nos podemos entender.
Galimberti recordó el día que levantó a Capdevielle de un aeropuerto.
–Había llegado con un cargamento de armas, entre ellas, un par de armas de regalo para mí que compró en Estados Unidos. Se tomó un avión y vino para Buenos Aires. Por supuesto a los dos minutos estaba preso adentro del avión.
Bueno, lo voy a ver, dos años hace de esto, imaginate, el policía en el aeropuerto, los servicios de inteligencia, un francés en cana con fierros.
Llego y digo, déjenmelo ver...
Capdevielle se reía. Llevábamos tres horas juntos. Parecía contento.
En un momento le preguntó a Galimberti quiénes éramos.
–Escriben cosas en contra nuestra en la revista Noticias –le explicó Galimberti y le pidió a su asistente que abriera otra botellita.
–Queremos Johnnie Walker etiqueta negra. Como el que tomaba Jorge Born en Hard... –reclamamos.
–Noooo... Eso Jorge lo desmintió –aclaró Galimberti, fiel a su socio.
–Desmintió el color de la etiqueta...
–especificamos. Después Galimberti empezó a hablar de su hermano.
–¿Qué pasó con tu hermano? –se interesó Capdevielle.
–Se pegó un tiro en la cabeza.
¿Nunca lo supiste? –Una vez me contaste pero no te presté atención... –dijo, y siguió cortando su Cohiba con una navaja de combate.
El 4 de mayo de 2000 volvimos a llamarlo. “Mañana es mi cumpleaños.
Quiero tomar una copa con ustedes”, nos pidió Galimberti.
Cumplía cincuenta y tres. Al día siguiente no había espacio en el buzón de mensajes de su celular. El 7 le tomamos una foto con su pipa en el colegio León XIII, anotando los documentos de los votantes.
El 8 lo encontramos sentado en la confitería Donney, a las cinco y cuarto. Esta vez sí, nos pidió, tenía sólo cuarenta y cinco minutos. Estaba solo. Nos había traído un sobre con sesenta páginas. Eran sus memorias.
–Se las dicté a un escritor amigo.
Fíjense qué pueden usar...
Las revisamos unos minutos en silencio.
–No nos van a servir...
–Sí, ya sé... –admitió con algo de culpa–. Es que yo creía que con ustedes no había manera. No podían entenderme. Era una lucha espantosa. Le pedí al tipo que me grabara y después me desgrabara todo, y el tarado se puso a escribir.
Viste la cosa de los escritores... Fue un infierno. Le pagué cinco lucas y le dije que era suficiente...
A las siete de la tarde pidió una picada completa. Se distrajo con una morocha de veinte años que se instaló en una mesa, sola. “Ese es mi sueño de mujer. Tiene una cosa de barrio... Y nosotros acá, hablando de huevadas que pasaron hace cuarenta años en vez de estar disfrazados de cualquier cosa para que esa mina nos dé bola...”, se lamentó.
Avanzamos en la entrevista.
Sonó el teléfono. Era Javier, su asistente.
“Cómo te va. En una hora levanto acá. Decile a los tipos que me esperen”, le aseguró. Le pedimos que cuando habláramos de cuestiones históricas no nos mintiera...
–Cuando me callo la boca es por las causas judiciales y por los tipos que están vivos. Es por la única razón.
Hay un pedazo que ustedes no conocen. Qué lástima que no les pueda contar todo... –dijo.
Se levantó a buscar un cigarro de su auto. Le pedimos que se quedara.
–No sean boludos, no me voy a escapar. Esa es la boludez psicoanalítica de ustedes. –El anormal sale afuera, toma aire y dice, estoy entregándome...–. Voy a fumar un cigarro porque este es mi lujo. Ustedes son unos estúpidos. Yo disfruto con ustedes. No saben el dolor mío de ayer, de ver a los pibes de la izquierda. Eran iguales a nosotros.
Ver sus caras, sus gestos, sus mochilitas...
contando votos. Unos pendejitos maravillosos, equivocados en general, con la cabeza derruida por el marxismo, pero llenos de pureza.
Y cuando ustedes llegaron para hacerme la foto me dio una alegría...
Porque dije “mirá cómo estaremos terminados que ni estos forros aparecen...”. Yo les tengo afecto a ustedes, giles de goma. Les creo, les creo. Son tipos comprometidos con lo que están haciendo, que quieren seguir viviendo. ¿Ustedes entienden cómo ve la historia un tipo como yo? ¿Tienen idea de la sangre que yo vi? Las cabezas que corté.
No es una metáfora. Nosotros jugábamos al fútbol con la cabeza de los adversarios en El Líbano. Ustedes no tienen idea de lo que es el horror.
No hay límites para el horror. Cuando vos viviste eso no te importa más nada. Cuando yo veo el cuerpo de una mina lo veo descuartizado. Los miro a ustedes y veo un pedazo de carne. Lo único que puedo rescatar de ustedes es el espíritu.
Se acercó un chico de la calle a pedirle una limosna. Tendría cinco años.
–Este animalito de Dios que está acá, ¿cuánto vale? –preguntó y le acarició la cabeza. Le dio diez pesos y le advirtió–: Ahora, si vienen tu mamá o tu hermano a pedir los saco de una patada en el culo.
Volvió hacia nosotros.
–Ustedes no entienden cómo veo yo la vida. El drama de nuestra generación es que no les cuentan a las generaciones futuras cómo fue la historia.
Empezó a recordar con ternura sus años de combate. Le preguntamos qué les diría a sus compañeros de ayer. Miró el grabador: “Queridos compañeros... que estuvieron en la Columna Norte entre 1974 y 1977: sería un aporte valioso para la historia dar testimonio de la lucha que libramos, más allá de las diferencias que mantenemos hoy. Firmado, Rodolfo Galimberti”, dijo.
Después aseguró que la alianza con los Estados Unidos era el único futuro para la Argentina, y empezó a defender el capitalismo desenfrenado, la teoría económica del derrame, la dolarización. Dijo que la opción de este país era capitalismo o socialismo. Le preguntamos cuándo había comenzado a coincidir con el neoliberal Álvaro Alsogaray.
“No coincido con Alsogaray.
En mi reputa vida voy a coincidir con la burguesía mezquina, comisionista, miserable, que odia a los humildes. No tienen nada que ver conmigo”, remarcó.
Parecía un discurso violento.
Se lo advertimos. Lo rechazó con violencia. Sacó un arma y la colocó sobre la mesa. Era una Glock negra, .40. El equivalente a una 10 milímetros. En la otra mesa había cinco mujeres bien burguesas, que seguían tomando el té.
–Poneme el fierro en la cabeza ahora. No estoy borracho –dijo Galimberti.
Siguió con un discurso duro por cinco minutos. Empezó a insultar a ex guerrilleros que forman parte de la izquierda argentina.
–No les crean. No están dispuestos a morirse por lo que dicen. Les tirás una bomba de talco y no queda ninguno. Van a morir de artritis.
Son unos payasos. Lo juro por los muertos que tenemos. En una revolución verdadera se muere o se triunfa. Nosotros pudimos estar equivocados, pero les juro que éramos sinceros. Amartillame un fierro en la cabeza y te voy a decir lo mismo, y así me muero tranquilo.
A esta altura de la vida en la que estoy, con la situación que tengo, lo único que me importa es que digan la verdad. Aunque me den con un caño. Entiéndanlo. Yo no tengo miedo. Yo no me quiero salvar.
Nos invitó a jugar a la ruleta rusa para dirimir la cuestión.
–Les muestro las balas de la recámara para que vean... –Rechazamos la oferta.
–Siempre tuvimos mala suerte en el juego, Rodolfo. “Estábamos en una situación incómoda. En el local sonaba –El extraño de pelo largo”, versión Attaque 77. Debía estar sintonizada La Mega: la radio de Hadad.
–Guardemos el arma, Rodolfo –le sugerimos. No reaccionaba.
–Ahí viene el mozo... –le mentimos, como si estuviera por llegar la directora de su colegio.
–Me chupa un huevo. Lo mato ahora, acá en la mesa, y ustedes se hacen un pic–nic.
En el medio de su discurso, recordó un relato de Jack London: “Es de un tipo que discute con un ballenero sobre la existencia de Dios...
y el tipo con el que discutía agarra una papa, la aprieta y la revienta en la mano. Y le dice... si usted cree en Dios, por qué no discute conmigo que yo lo voy a matar ahora... Esa es la realidad de los seres humanos–.
–Allí entró la policía... –dijimos.
Esta vez era en serio. Se acercaron a la caja. La Glock seguía frente a nosotros. En la mesa de al lado seguían comiendo pastas. El patrullero estaba en la calle. “O se llevan la pizza o nos detienen... o empiezan los tiros”, pensamos.
Galimberti se dio vuelta.
–Dos patos de la Federal... –comentó–.
Esto es lo bueno del país actual, antes entraban esos tipos y nos hacían pomada.
–Vamos a tener problemas en serio, Rodolfo. Guardá el arma. No jodamos. Y lo peor es que todo esto no lo va a poder contar ninguno de nosotros.
–¿Tienen los originales del libro guardados para que sobrevivan, por lo menos...? –preguntó.
A fines de mayo realizamos la última entrevista en su casa. Fue corta –de tres horas– y sin brillo.
Galimberti hablaba del peronista Vicente Saadi, ya fallecido, como si todavía estuviera en la clandestinidad.
–Nos querés adormecer... –le dijimos.
Esa noche dijo que estaba feliz por la recuperación del sur del Líbano por parte de los palestinos.
No lo podía creer. Nos pidió que brindáramos juntos.
–Un hombre de negocios...
–Qué hombre de negocios, esas son boludeces.
Levantamos la copa y nos fuimos.
Capítulo 19 AIRES DE BEIRUT Galimberti estacionó su moto en el barrio de La Bastilla y fue caminando hacia la Tour d’Argent. Vivía con un ojo en la nuca.
Sospechó de un hombre que lo estaba mirando y de inmediato cambió el recorrido. Se sentía cercado, sin vía de escape. El Consejo Superior había condenado al capitán Galimberti y al teniente Gelman a la –máxima pena prevista– en los Estatutos y Reglamentos del MPM por “deserción y deslealtad”.
Era una condena a muerte. Se podía ejecutar en cualquier momento.
Pero pensaba que Montoneros no le pegaría un tiro en la calle porque perderían la protección de los gobiernos europeos. Se preocupaba más por los ex prisioneros de la esma. Cuando alguien le comentó que se había encontrado en forma casual con Mateo en las Galerías Lafayette y cruzó dos palabras con él, se enfureció.
–Escapale a los “chupados” que son dobles agentes. Están acá para “marcarnos” y entregarnos a la Marina...
Le decían que era un paranoico, pero creía que la sospecha era su mejor manera de protegerse.
A Gelman le había costado más que a Galimberti sumarse al proyecto de ruptura. Para fundamentar sus razones le escribió una carta a Rodolfo Puiggrós y continuó con su trabajo de traductor para organismos internacionales. Muchas veces se juntaba con Galimberti a tomar una copa de bourbon y a conversar sobre revolución y poe- sía. Una vez lo llevó a conocer a Julio Cortázar, con el afán de integrarlo en el privilegiado círculo de los que lo entraban a su casa.
–¿Qué te pareció? –le preguntó Gelman, luego de la visita.
–No nos va a servir de nada –respondió Galimberti–. Está muy preocupado por él mismo. Es un tipo que escribe bien pero es un farabute, un autoexiliado del peronismo.
Se fue escribiendo cosas muy gorilas...
Galimberti criticaba sin piedad a los exiliados y a las prácticas exiliares. Al folclorista Atahualpa Yupanqui, porque era un obrero ferroviario que se puso un nombre indio y se instaló en París; al cineasta Pino Solanas, porque su pareja, francesa, lo estaba “afrancesando”; al cantautor uruguayo Alfredo Zitarrosa, porque decía que era un borrachín. Se había peleado con él en la butaca de un avión cuando le preguntó si los Montoneros eran de la CIA. Casi termina a los golpes en el vuelo La Habana–Praga. Galimberti despreciaba a los argentinos que se reunían los jueves por la noche en la tanguería Trotoir. Los llamaba “los soretes”. Decía que nunca le habían puesto el cuerpo a la lucha armada y ahora formaban parte de “la alcahuetería del exilio”.
En la Tour d’Argent se encontró con Pucho, que vendía artesanías en la calle y dormía en un atelier.
Sacó de su campera de cuero unas hojas dobladas.
–¿Sabés qué es esto? No tenés ni idea... Son los escritos de Rodolfo Walsh. Fijate con qué lucidez el tipo hace mierda a la Conducción... Me llegaron de la Argentina, la Orga los escondió para que no trascendieran.
Galimberti imprimió el documento en París. Fue el primer montonero que los hizo públicos entre los exiliados.
En abril de 1979 montó el primer Operativo Retorno. Pancho y Patricia Bullrich entraron clandestinos en Argentina para reorganizar los cuadros que habían quedado diseminados en el país y difundir el proyecto del “Peronismo Montonero Auténtico”. Galimberti les consiguió los pasaportes falsos.
Patricia viajó con una panza de varios meses de embarazo. Cuando llegó, imprimió en Buenos Aires la revista Jotapé en mimeógrafo y la distribuyó entre los militantes y en las fábricas.
Al poco tiempo, Pucho también cruzó la frontera clandestinamente.
Trajo planchas de stencils electrónicos que simulaban ser simples papeles.
Cuando llegó a Buenos Aires, las colocó en un mimeógrafo e imprimió “La Albóndiga”, el documento que había escrito Galimberti con los argumentos de la ruptura. Difundió también los escritos de Walsh y trajo unas –becas de solidaridad–, una ayuda económica de doscientos dólares mensuales para ex militantes.
Galimberti la había conseguido de organizaciones de derechos humanos internacionales, con la promesa de que abandonarían para siempre la violencia política.
Las gestiones para las –becas– las hacía Claudia Peiró, la “Chuchi”, de dieciocho años, que ya había padecido varios meses de cárcel por militar en las Ligas Agrarias del Chaco. Fue liberada por la presión de su padre, Ángel Peiró, un pastor protestante del Movimiento Ecuménico de Derechos Humanos (MEDH). Ángel, en Europa, tenía una “caja” abierta de dinero y donaciones destinadas al Tercer Mundo.
Galimberti se acercó a él. En los restaurantes, lo sentaba en la cabecera de la mesa y lo presentaba como el ministro de Relaciones Exteriores y Culto del próximo gobierno peronista. Chuchi se convirtió en una hermética y eficiente secretaria de Galimberti. Su monoambiente de La Bastilla era una base de reuniones de todos los exiliados que rompían con la Organización y se acercaban a colaborar con los “Montoneros Auténticos”. Chuchi era implacable en sus juicios. Le decían “la enfática”.
Galimberti era una usina constante que generaba contactos por Europa. Viajaba clandestino y movía todas sus líneas de acción, con la promesa de organizar un retorno “político” a la Argentina.
En Ginebra visitó a Bagual, ex combatiente de Columna Norte.
Por dificultades del idioma, había pasado tres meses comiendo comida para perros y gatos, hasta que alguien lo advirtió del error. Hacía casi dos años que no se veían. Salieron a caminar por el boulevard, melancólicos.
–El exilio te condena a una vida muy serena, pero yo a la noche no puedo dormir –le confesó Bagual.
–¿Qué te pasa? –Sueño con todas las operaciones.
Corrijo todos los errores que cometimos. Es un combate perfecto.
La ametralladora no se traba, le pegamos al tipo, Fulano se salva, no chocamos el coche en la retirada...
y después cuando me despierto, me dan ganas de llorar por todo lo que nos pasó...
–Tuvimos una guerra de mierda...
–murmuró Galimberti.
–¿A vos te pasa lo mismo? –A veces... pero más sueño con mi hermano.
–Lo extrañás...
–No. Pero sueño cómo me hubiera gustado que fuera. Sueño que conversamos mucho, que me da bola. Le corrijo todos sus errores.
Cuando sueño es otro tipo. Él nunca actuó como un hermano conmigo.
Mi hermana lo defendía pero fue un hijo de puta. Tenía los cables cruzados. Por algo se pegó un tiro...
pero yo lo quería mucho.
Bagual lo llevó a la casa de un grupo de exiliadas, que habían abandonado la Organización y militaban en cosofam, un organismo de derechos humanos. En la reunión, Galimberti empezó a explicar por qué Montoneros nunca había comprendido el fenómeno del peronismo y cómo ahora debían reinsertarse en el Movimiento y trabajar contra la dictadura. Hicieron varias reuniones en las que trabajaba a la par de todos, con un discurso coherente, que inspiraba confianza. Pero pensaban que estaba loco. Decía que había que acostumbrarse a hablar en voz baja porque desde una camioneta estacionada a tres cuadras podían estar escuchándolos, y a la noche, se quedaba a dormir sentado en el sillón, con el arma en la cintura, por razones de seguridad.
Galimberti llegó a Suecia con la consigna de terminar “el sacrificio de los compañeros para mejorar las condiciones de negociación de la Conducción con la dictadura”.
Convenció a un grupo de militantes que estaba por marchar a El Líbano, como escala previa de la Contraofensiva. Entre ellos estaba el “Topo” Jorge Devoto, que había sido aspirante a montonero en Columna Norte. Aunque Galimberti no recordaba que hubieran participado juntos en operaciones, Topo le armó una estructura junto a los hermanos Fernández Long y Jacinto Gaibur para integrar a los exiliados bajo su liderazgo. En Londres Galimberti contaba con Christopher Roper, un ex teólogo y periodista inglés que dirigía el semanario Latin American Newsletters.
Lo presentaba como su biógrafo.
Roper había sido un referente de Montoneros en el exilio –quería editarles un diario–, pero después de la ruptura continuó su relación con el “galimbertismo”. Era una base de información política de los distintos movimientos guerrilleros.
De modo que cada vez que Galimberti lo visitaba, los servicios de inteligencia británicos lo vigilaban para saber si establecía contactos con el Ejército Republicano Irlandés (IRA).
El 29 de mayo de 1979, en París, Galimberti presentó la Mesa Promotora del Peronismo Montonero Auténtico. Se asumían como una corriente interna del Movimiento Peronista, que buscaba el apoyo de nucleamientos políticos, agrupaciones de base sindical, la JP montonera y todos los sectores –revolucionarios y progresistas– que acompañaran la resistencia del pueblo a la dictadura. La Mesa la integraban Juan Gelman, Pablo Fernández Long, “Carolina Serrano” (seudónimo de Patricia Bullrich), Carlos Moreno (Pancho Langieri), Arnaldo Lizaso, Héctor Mauriño, y la novedad fue la incorporación del ex secretario de Columna Norte, Raúl Magario.
Lo había captado el Vasco Mauriño en México, donde Magario había trabajado de gerente de Volkswagen.
Les había diseñado un plan de autoahorro. Cuando llegó a París discutieron las estrategias de reinserción en el peronismo y Galimberti le planteó el tema de los fondos depositados en Cuba.
–Tenemos que ir a rescatar esa guita, Raúl, explicarle a los cubanos que los hijos de puta de la Conducción no tienen representatividad y que los verdaderos montoneros somos nosotros. Esa guita es nuestra, nos pertenece. La hicimos nosotros en Columna Norte. Son nuestros bienes, y estos hijos de puta se la dieron a los cubanos...
Lo decía todos los días: la falta de recursos económicos iba a debilitar su proyecto político hasta extinguirlo.
Le encomendó a Gelman que hiciera gestiones con el gobierno de Fidel Castro para recuperar el capital, o al menos una parte.
–Con una “caja” y sin política, no se puede hacer un carajo. Pero con una organización política bien estructurada y una buena “caja”, podemos hacer de todo... –le explicaba.
En ese tiempo estaba siempre a la búsqueda de casas donde convocar al “galimbertismo europeo”.
La mamá de Pablo Rojo los había echado de su piso en París porque en una reunión de ámbito le vaciaron la heladera. El arquitecto Carlos Cotet, que había sido reclutado en el grupo en forma accidental, les abrió las puertas de su departamento, pero al cabo de un tiempo terminaron por complicarle su vida familiar.
Los problemas de liquidez del grupo eran cada vez más apremiantes.
A Galimberti se le abrió otra posibilidad de generar recursos cuando conoció al economista Héctor Gambarotta, que había estado relacionado con Montoneros en los años setenta y buscaba un espacio académico en Europa.
Gambarotta le propuso crear un centro de formación intelectual, que fuera respaldado por la socialdemocracia europea, y Galimberti sintió una suerte de “iluminación”.
Era un proyecto que podía mantener rentados a parte de su grupo y solventar la estructura política.
Desde los tiempos en que lo secundaban Grosso y Raventos, tenía debilidad por los hombres dotados de una formación teórica superior a la suya. Gambarotta le explicaba que a la dictadura argentina la sostenían diez mil millones de dólares de reserva, “capitales golondrinas” pero que a más tardar, hacia mayo de 1980, iba a estallar la crisis y se generarían condiciones para el retorno. Gambarotta había reunido al economista Carlos Bruno, al físico nuclear Máximo Victoria, al dirigente socialista Didier Motchane, entre otros, pero el factor decisivo para crear un instituto era el economista Oscar Braun.
Braun dirigía un Instituto de Investigaciones Sociales en La Haya.
Había sido profesor de Gambarotta en la Universidad de Bahía Blanca, y después del golpe de Estado, le había conseguido un trabajo en Senegal.
Gambarotta viajó a Holanda para explicarle su idea a Braun. Fue directo al grano.
–Mirá, Oscar, nos conocemos desde hace tiempo. No te voy a andar con vueltas. Estoy con los montos de Galimberti. Queremos montar un Instituto, un centro de estudios en el que puedan trabajar exiliados.
Vos sabés que hay mucha gente sin laburo dando vueltas por Europa.
Está muy dura la cosa. Entonces pensamos que se podría crear una extensión de tu instituto en París o Bélgica y de esa manera...
Braun lo escuchó con atención.
–Está bien. Si sirve para ayudar, es buena idea. Traémelo a Galimberti que lo quiero conocer.
Al mes, llegó con Julieta. Rosalía Cortés, la mujer de Braun y socióloga del Instituto, había conocido a Galimberti en los tiempos en que se refugiaba en el departamento de Sylvina Walger. Pero le llamó la atención cómo estaba vestida Julieta.
Tenía ropa lujosa, de casas europeas.
Y durante la charla comentó algunas anécdotas de viajes aéreos.
Cortés quiso sacarse la duda.
–¿Pero cómo es que ustedes, si están exiliados y no tienen dinero, viajan tanto en avión? –Es la mejor forma de evitar la policía –respondió Galimberti.
–¿Y la ropa? –Para disimular. Nosotros viajamos a todos lados sin equipaje. Así que cuando llegamos a algún lugar, compramos todo lo que necesitamos y de esa manera nos evitamos preguntas –contestó Julieta.
A Braun la respuesta le pareció natural. A su mujer, en cambio, Julieta le cayó antipática de entrada.
Era una chica que no parecía tener más de veinticinco años, una belleza punk a la europea, pero casi maleducada. Durante la charla, Braun comentó al pasar que hacía muy poco tiempo había muerto su padre. A Galimberti ya se lo había anticipado Gambarotta, que le explicó la dimensión de la fortuna de la familia Braun. Eran propietarios de acciones del Banco de Galicia, vinculados a los Braun Menéndez Behety, que eran dueños de “media Patagonia”.
A Cortés, el grupo de Galimberti le generaba sentimientos contradictorios.
Como su marido, pensaba que había que ayudar a los exiliados, gente impedida de regresar a su país por causa de sus ideales.
Pero el propio Galimberti no le gustaba.
Cortés era amiga de Lila Pastoriza y estaba enterada de que él difundía por Europa que todos los ex prisioneros de la esma estaban al servicio de la Marina. Las continuas visitas del grupo empezaron a ponerla nerviosa. Sospechaba que para estos la formación del Instituto carecía de contenido, salvo el de representar una importante fuente de ingresos económicos. Eso la fastidiaba. Braun había aceptado montar el instituto, alquiló el local, pagaba viajes, los sueldos de los empleados...
Galimberti mantenía una relación pasional con Julieta, pero el exilio los fue separando. Julieta se contactaba con centros de refugiados, tenía una actividad militante, se había legalizado, estudiaba en la Universidad, visitaba a su madre en París, se movía en la superficie.
Galimberti la prefería clandestina porque ponía menos en riesgo su propia seguridad. Empezaron a distanciarse. Él con su grupo. Ella con su gente y sus estudios. Dividieron los territorios.
Galimberti ya había conocido a Marie. Era una cuestión que también incidía. Marie-Pascal Chevance Bertin era una francesa, hija de un general de la Resistencia. En el año 1969, había conocido al actor Norman Brisky y se habían casado en Senegal, donde estaba destinado su padre. Doce tribus festejaron el matrimonio. Brisky había invitado a un médico amigo, Alberto Cormillot.
Después vivieron y militaron en sectores de base en la Argentina, se exiliaron en Perú y Venezuela y al llegar a París, en 1978, se separaron. Marie pasó a tener más complicidad con Galimberti que la propia Julieta y se convirtió en su amante “oficial” del exilio parisino.
Era psicoanalista, con activa militancia por los derechos humanos y bien relacionada con el Partido Socialista Francés. Galimberti se hizo amigo de su padre. Compartían la fascinación por los perros y las armas. Era un mundo atractivo: el general Chevance Bertin lo invitaba a cenar, le presentaba amigos y también lo respaldaba con infraestructura: dinero, coches y relaciones políticas. Galimberti lo llamaba “Mon Général”.
En el exilio vivía cada día en constante movimiento. Pero sentía que ni París, su grupo político, el Instituto clader que empezaba a presidir Gambarotta, ni ninguna de las mujeres con las que se acostaba, podían domesticarlo del todo. Temía convertirse en –un exiliado de café–, condenado a una vida vulgar y mundana, lejos de la épica con la que había soñado. Intentó explicarle a Marie por qué había decidido enrolarse en El Líbano.
–Nietzsche dice que una buena causa justifica la guerra. Yo digo que una buena guerra justifica cualquier causa. Quiero ir a la guerra.
–¿Pero no hiciste la guerra en tu país? –le preguntó ella.
–No... Nosotros íbamos al combate sin armas. Lo máximo que tiramos en una operación fueron doscientos tiros, contados por los cargadores de cada uno... Eran combates policiales. Quiero vivir una guerra de verdad, Marie.
Ya tenía el contacto restablecido con el responsable de la OLP de París.
Los palestinos sentían aprecio por Galimberti. Abu Yihad, el jefe militar de Al Fatah, la organización más poderosa de la OLP, aceptó la incorporación del ex montonero como jefe de un pelotón multinacional de voluntarios.
Beirut era una ruina cuando llegó Galimberti. Los barrios ricos estaban recostados sobre las laderas de las montañas. Algunas casas tenían un tanque de guerra en el garaje, al que engrasaban por la noche. Los edificios estaban destruidos, las calles tomadas por los distintos grupos y los secuestros eran permanentes.
Galimberti era oficial de la OLP, a cargo de un puesto de control de la “línea verde”, que dividía Beirut.
Cierto día, sus subordinados le avisaron que un grupo pro”iraní había secuestrado a un grupo de militares franceses. La OLP desconfiaba de las tendencias musulmanas proclives al terrorismo antioccidental.
Ya habían secuestrado y matado a un general americano. Ellos peleaban por una nación palestina laica y multiconfesional y tenían una posición conciliadora con Occidente.
Después de todo, sus principales cuadros se habían educado en Europa.
Pero en la guerra de El Líbano confluían varias facciones. Una de ellas, de extracción islámica, más tarde formaría el Partido de Dios (Hezbollá).
Los franceses habían caído en manos de esa facción, a la que la gente de Abu Yihad bautizó “los iraníes”. La OLP no quería conflictos con ellos. Luego de una escaramuza, que incluyó tiroteos intermitentes, el pelotón de Al Fatah que comandaba Galimberti logró llevarse a un rehén francés a su campamento, donde fue retenido hasta que se decidiera qué hacer con él.
A las dos horas, el francés quiso hablar con “el jefe”. Galimberti aceptó verlo. Tenía la absoluta certeza de que era un espía.
–Terminemos con esto. Dígame quién es y lo largo a su Embajada de una buena vez... –le dijo en francés.
– Soy periodista...
Galimberti se dio media vuelta.
No valía la pena seguir el diálogo.
El otro jugó su última bala: –¿Usted habla español? –le preguntó en perfecto castellano.
Galimberti le contestó que sí.
–Yo viví en la Argentina... –dijo el detenido.
–Uy, f laco, decime quién sos, que me parece que somos del mismo barrio.
–Está bien. Te digo la verdad.
Me llamo Xavier Capdevielle. Tengo veinticuatro años. Soy oficial de Inteligencia de la Fuerza Aérea francesa. Estoy en una misión especial.
–Hubiéramos empezado por ahí. ¿Cuándo estuviste en la Argentina? –Hasta el año 1976. Mi padre hizo negocios con el Ejército de su país. Después la guerrilla comunista le voló las manos...
Galimberti quedó petrificado: –¿Quién era tu padre? –Capdevielle se llama. Era muy conocido allá en Buenos Aires.
–Bueno, dejá, olvídate.
Galimberti dio por finalizada la charla. Sabía quién era Capdevielle.
Figuraba en el directorio de dieciocho empresas francesas. La Columna Norte le había volado las manos con una carta-bomba enviada a su departamento de Belgrano.
Esa noche hubo cerveza libre para todos. Xavier Capdevielle no entendía nada.
Al otro día, Galimberti lo mandó en un jeep con tres custodios de la OLP oficial a la Embajada de Francia y pudo volver a su país.
Galimberti no podía dormir bien. Sentía que la pesadilla argentina lo perseguía incluso en una tierra tan lejana, en una guerra tan distinta. Una noche se le vantó del catre de campaña para ir al baño. En la instrucción le habían dicho que siempre, por más tranquilo que estuviera el clima, debía agacharse al pasar por una ventana. Esta vez no lo hizo. Los cristales estallaron. Un balazo de calibre 5.56 milímetros hizo añicos la ventana. El proyectil se le incrustó en las costillas y le perforó el pulmón. Era su primera herida de guerra, más seria que “el raspón” que dijo haber recibido en Villa Adelina en 1976.
Quedó tirado en el piso, bañado en sangre. Fue trasladado de urgencia a un hospital precario montado por la OLP. Los médicos le extrajeron la bala y le diagnosticaron un neumotórax. Con el correr de las horas, fue empeorando. Se decidió que lo mejor era trasladarlo a algún centro asistencial de la República Popular Árabe Siria, que mantenía estrechos vínculos con la OLP de Yasser Arafat. El herido volaba de fiebre. Ningún antipirético surtía efecto. Deliraba. Se aferraba a un poema, escrito por Tawfig Azzayad, alcalde de Nazareth: Somos los guardas de las sombras de los naranjos y de los olivos sembramos las ideas como la levadura en la pasta nuestros nervios son de hielo pero nuestros corazones despiden fuego.
Cuando tengamos sed exprimiremos las piedras comeríamos la tierra si tuviéramos hambre pero no nos iremos y no seremos avaros de nuestra sangre.
Aquí tenemos un pasado un presente.
Aquí Está nuestro futuro palestina.
En esas condiciones fue subido a un helicóptero, hasta Damasco. Se despertó con el pelo revuelto por las ráfagas de viento cruzado. Giró la cabeza y descubrió que el campo de batalla, visto desde el aire, semejaba un inmenso y pacífico tapiz verde. El sonido monocorde de las hélices le dio sueño. Volvió a desvanecerse.
Cuando abrió los ojos de nuevo, estaba tendido en la camilla de un hospital de Damasco. Un médico se le acercó para comprobar la dilatación de las pupilas. Luego llamó a una enfermera para que controlara la fiebre del paciente recién ingresado.
–¿Quién es? –preguntó la auxiliar.
–Un importante oficial de la OLP –le contestó el médico.
Al oír aquello, Galimberti se sintió reconfortado, pero otra vez cayó en un lapso de inconsciencia.
Lograron estabilizarlo, pero siguió con “pronóstico reservado”. Sólo despertó al otro día. Cuando recuperó la consciencia estaba ante un médico sirio.
–Díganle a los franceses que soy un voluntario extranjero –llegó a decir. Fue toda su gestión desde la cama.
En París, Xavier Capdevielle estaba disfrutando del milagro de su supervivencia. La OLP lo había salvado de un casi seguro fusilamiento a manos de los “iraníes”.
Su embajada había hecho el resto.
Estaba tomándose días francos y ya había pedido la baja de la Fuerza Aérea, cuando sonó su teléfono.
Desde el Ministerio de Aeronáutica le decían que había un asunto que sólo él podía resolver. Habían recibido una petición de protección de una persona de “especial interés” para el gobierno de Francia y sus jefes le ordenaban viajar a Damasco para que hiciera un reconocimiento positivo. Había llegado la información de que se estaba muriendo. Capdevielle no tuvo tiempo de protestar. Tomó sus cosas y voló a Damasco en el primer avión. El sujeto por el que tenía que preguntar estaba internado.
Cuando llegó, se entrevistó con el director del hospital. Le dijo que el paciente que buscaba era un oficial de la OLP, herido en un barrio de Beirut. Su estado no era bueno, cualquier traslado –le avisó el médico– podía agravar las condiciones de salud. Capdevielle pidió hablar con él. Lo llevaron a una habitación con dos camas. Una estaba desocupada. En la otra dormía el desconocido con la cara vuelta hacia la pared.
Se acercó y lo movió con el brazo.
El paciente volvió la cara. La sorpresa fue de los dos.
–¿Vos sos...? –¿Qué hacés acá? –Soy tu ángel de la guarda. Me mandó mi gobierno. Parece que les interesás...
Pero había problemas. Los sirios no querían desprenderse del “combatiente de la OLP–3. Decían que atenderlo era una obligación moral, que podían demostrar hospitalidad a sus mercenarios y que sus hospitales contaban con tecnología suficiente como para revivirlo. Capdevielle llamó a París. Desde allá explicaron que no podían sacar a su hombre por salvoconducto diplomático porque tenía un pedido de captura internacional. Debía sacarlo de Damasco clandestinamente e introducirlo en Francia del mismo modo.
El problema que se le presentaba era doble. Galimberti ahora tenía dificultades respiratorias.
–Me dijeron que tengo que sacarte por vía informal.
–No creo que los sirios quieran...
–contestó Galimberti.
–Van a querer. Además, te debo la vida. Esto es sangre por sangre.
Dejáme ver qué puedo hacer...
Capdevielle estuvo cuatro días tratando de vencer la negativa de las autoridades del hospital y de los servicios de Inteligencia sirios. Terminó convenciendo a los médicos con un trueque. Les pidió que empeoraran el diagnóstico de Galimberti a cambio de cuatro cajas de whisky y cognac que traían en el avión militar. Los dos oficiales franceses que lo acompañaban se quejaron porque habían puesto el dinero de su bolsillo y no se lo iban a reconocer como gastos personales.
Entonces los médicos sirios doparon a Galimberti y empezaron a decir que se moría. Le bajaron las señales vitales al mínimo y las autoridades militares aceptaron entregarlo.
Si se tenía que morir, que lo hiciera lejos de ahí.
Del hospital fueron hasta el aeropuerto, donde los esperaba un avión militar francés. Volaron a Marsella, Francia, donde quedó internado.
Misión cumplida, pensó Capdevielle y regresó a su casa. Pero hubo otra llamada extraña. Sus jefes le pidieron que gestionara una cama en el Hospital Militar de París para el hombre que había rescatado de Siria. Capdevielle no entendía el por qué de tantas cortesías. Hizo la reserva y viajó a la clínica. Entró en la habitación y le comunicó la novedad al argentino. Se quiso sacar la duda: –¿Quién sos vos, realmente? Hasta ese momento, Galimberti le había dicho que era un mercenario, que se había alistado en la OLP sólo por recibir un salario. Pero el juego había llegado demasiado lejos.
–Me llamo Rodolfo Galimberti...
–Tu apellido italiano no me dice nada.
–Fui jefe montonero en la Argentina.
Capdevielle se quedó mudo.
Le costó reaccionar.
–¿De la guerrilla comunista? –Peronista. De la guerrilla peronista.
–¿Ustedes le volaron las manos a mi padre? –Sí, nosotros le pusimos la bomba.
El diálogo se volvió glacial.
–Esto que me decís es terrible.
Vos dejaste lisiado a mi padre...
–Yo no, la Organización.
–¿Por qué no me lo dijiste antes? –Te lo quise decir pero estaba demasiado preocupado por sobrevivir.
Ahora te pido perdón.
–Estamos a mano.
Capdevielle se fue del hospital consternado. Cuando le contó a su padre, pidió conocerlo. Apenas salió del Hospital Militar, Galimberti fue a su encuentro. Arregló una cita para las tres de la tarde, pero se demoró hasta las nueve de la noche. Tenía miedo. Por fin entró en una mansión en un barrio parisino. La criada lo llevó hasta un amplio salón, en la semipenumbra.
Tardó unos minutos en acostumbrar la vista.
–Buenas noches... –escuchó Galimberti.
La voz venía desde atrás.
Se dio vuelta. Alcanzó a adivinar una silueta. Capdevielle padre estaba sentado en una silla de ruedas.
–Hace seis horas que lo estoy esperando.
Pero hace seis años que espero algo más importante todavía: una explicación.
La sombra se acercó en ademán de saludo. Galimberti estrechó su mano en un muñón. Se acomodó en un sillón, a la izquierda del dueño de casa. Hubo un largo silencio antes de que Capdevielle comenzara a hablar: –Yo siempre fui un muy buen amigo de su país. Me porté muy bien con los militares y los distintos gobiernos. Trabajé como si estuviera en mi Patria. Siempre les vendí lo mejor. Les hablé bien de ustedes a todas mis amistades. Por eso no puedo entender por qué me hicieron esto –dijo el anciano, y se inclinó en el respaldo.
Galimberti le apoyó una mano sobre la pierna. Se quedó un momento en silencio. Después dijo: –Mi país v ivió una guerra.
Yo provengo de un movimiento político que estuvo proscripto durante décadas. Fuimos perseguidos, torturados y fusilados en los basurales. Vivimos en las condiciones más espantosas. No podíamos decir siquiera el nombre de nuestro conductor. Estaba prohibido. Fuimos hijos de una violencia incomprensible. Y también es muy difícil explicar nuestra violencia. Usted fue blanco de una operación militar destinada a castigar a los que ayudaban a masacrarnos. Creo que fue una locura. Pero no puedo más que pedirle disculpas.
El padre de Xavier Capdevielle comenzó a lagrimear sin hacer ruido.
Apenas balbuceó: –Yo lo único que quería era una explicación...
El anciano salió a despedirlo en su silla hasta la puerta de calle.
–Lo perdono –le dijo–, pero no lo olvido.

Por
eduardoepszteyn