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¨COMO EN EDIFICIOS DE CEMENTO SIN VENTANAS...¨ de Benedicto XVI
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Martes, 04/12/2012
¨COMO EN EDIFICIOS DE CEMENTO SIN VENTANAS...¨    de Benedicto XVI
Queridos amigos,
Con viva gratitud y con afecto saludo a todos los participantes en el ¨Atrio de los gentiles¨, que se inaugura en Portugal el 16 y 17 de noviembre de 2012 y que reúne a creyentes y no creyentes alrededor de la inspiración común de afirmar el valor de la vida humana en vista de la creciente oleada de la cultura de la muerte.
En realidad, la conciencia de la sacralidad de la vida que nos ha sido confiada, no como algo de lo cual se puede disponer libremente, sino como un don que hay que custodiar fielmente, pertenece a la herencia moral de la humanidad. ¨Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón (cf. Rm 2, 14-15) el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término¨ (Encíclica ¨Evangelium vitae¨, n. 2). No somos un producto casual de la evolución, sino que cada uno de nosotros es fruto de un pensamiento de Dios: somos Amados por Él.
Pero si la razón puede captar este valor de la vida, ¿por qué hay que llamar en causa a Dios? Respondo citando una experiencia humana. La muerte de la persona amada es, para quien la ama, el hecho más absurdo que se pueda imaginar: ella es incondicionalmente digna de vivir, es bueno y bello que exista (el ser, el bien, lo bello, como diría un metafísico, se equivalen trascendentalmente). Del mismo modo, la muerte de esta misma persona parece, a los ojos de quien no la ama, como un hecho natural, lógico (no absurdo). ¿Quién tiene razón? ¿El que ama (¨la muerte de esta persona es absurda¨) o el que no ama (¨la muerte de esta persona es lógica¨)?
La primera posición es defendible sólo si toda persona es amada por un Poder infinito; y éste es el motivo por el cual ha sido necesario recurrir a Dios. De hecho, quien ama no quiere que la persona amada muera; y si pudiera, lo impediría siempre. Si pudiera... El amor finito es impotente; el Amor infinito es omnipotente. Ahora bien, ésta es la certeza que la Iglesia anuncia: ¨ Porque tanto Amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna¨ (Jn 3, 16). ¡Sí! Dios Ama a toda persona que, por esto, es incondicionalmente digna de vivir. ¨La sangre de Cristo, mientras revela la grandeza del Amor del Padre, manifiesta qué precioso es el hombre a los ojos de Dios y qué inestimable es el valor de su vida¨. (Enciclica ¨Evangelium vitae¨, n. 25).
En la época moderna el hombre ha querido, sin embargo, sustraerse a la mirada creadora y redentora del Padre (cfr. Jn 4, 14), apoyándose en sí mismo y no en el Poder divino. Algo así como sucede con los edificios de cemento armado sin ventanas, donde es el hombre quien provee la aireación y la luz; e incluso en un mundo así auto-construido se recurre también a los ¨recursos¨ de Dios, que son transformados en nuestros productos. ¿Qué podemos decir entonces? Es necesario volver a abrir las ventanas, ver de nuevo la vastedad del mundo, el cielo y la tierra y aprender a usar todo esto de manera justa.
De hecho, el valor de la vida se convierte en evidente sólo si Dios existe. Por esto, sería bello si los no creyentes quisieran vivir ¨como si Dios existiera¨. Aunque no tengan la fuerza para creer, deberían vivir en base a esta hipótesis: en caso contrario, el mundo no funciona. Hay tantos problemas que deben ser resueltos, pero que no lo serán nunca del todo si no se pone a Dios en el centro, si Dios no se convierte, de nuevo, en visible en el mundo y determinante en nuestra vida. Aquel que se abre a Dios no se aleja del mundo y de los hombres, sino que encuentra hermanos: en Dios caen nuestros muros de separación, somos todos hermanos, formamos parte los unos de los otros.
Amigos míos, desearía concluir con estas palabras del concilio Vaticano II a los pensadores y científicos: ¨Felices los que, poseyendo la verdad, la buscan más todavía a fin de renovarla, profundizar en ella y ofrecerla a los demás¨ (Mensaje, 8 de diciembre de 1965). Estos son el espíritu y la razón de ser del ¨Atrio de los gentiles¨. A vosotros, comprometidos de distintas formas en esta significativa iniciativa, os expreso mi apoyo y dirijo mi más sentido estímulo. Que mi afecto y bendición os acompañen hoy y en el futuro.


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