Por Julio Blanck. Doble milagro presidencial: el Obelisco repleto de gente, caceroleando, hace apenas dos semanas; y el Obelisco desierto, por el paro y los piquetes, hace apenas tres días. Una y otra vez, Cristina lo hizo.
Nada cambiará de modo automático, pero nada volverá a ser igual después de esas dos imágenes contundentes que delimitan las fronteras del nuevo momento social y político. Y que se originaron a partir de actitudes, palabras y decisiones puntuales de la Presidenta, que hicieron crecer el malhumor colectivo y la colocaron a la defensiva.
Pero ni la Presidenta ni su gobierno parecen haber tomado nota de la novedad. Sus respuestas -en rigor, la ausencia de ellas- han sido la negación de las múltiples demandas sociales acumuladas, además del enojo y hasta la furia.
La reacción mecánica del oficialismo, que volvió a menear el propósito de la re-reelección, tal como hizo esta vez el ministro Julio De Vido (
Ver: https://www.diplox.com.ar/sintesisdeprensa%7C16434-rereeleccion-de-vido-abrio-las-puertas-para-la-reforma-constitucional.html ), es parte de esa misma ceguera deliberada. Se entiende como dispositivo para mantener alto el ánimo de los propios y advertir a los ajenos que el poder no piensa siquiera en resignar sus posiciones. Pero parece un mecanismo usado fuera de tiempo, o de la realidad de este tiempo.
Tampoco se toma nota de que el rechazo social a la re-reelección asoma muy alto en las encuestas y fue uno de los disparadores del fenomenal cacerolazo del 8N. Además, esta semana trascendieron supuestas señales de la Presidente a funcionarios, empresarios y sindicalistas, sobre su voluntad de no forzar la Constitución en la aventura de buscar un tercer mandato en 2015.
Algún interlocutor reciente –un hombre con altas responsabilidades institucionales– hizo saber ante allegados que había visto a una Cristina con signos de agotamiento y poca voluntad de seguir más allá de 2015.
Por cierto, ella siempre supo sobreponerse y crecer en las circunstancias difíciles, pero el tiempo es implacable y la acumulación de dificultades, muchas de ellas provocadas por la impericia o la obcecación, ya resulta muy grande.
El duro tropiezo en la pulseada con los fondos buitre, expresado en el fallo adverso del juez Griesa en Nueva York, consolida la idea de que la Presidenta está rodeada de funcionarios con bajo nivel de eficiencia, poco conocimiento sobre el verdadero carácter de los problemas que enfrentan y escasa capacidad para ponerla a salvo de esas acechanzas. El problema es que a esos funcionarios los puso ella.
Vale para el caso de los 1.330 millones de dólares que la Justicia de EE.UU. ordenó pagar a bonistas que no entraron en el canje de deuda; pero también para las más diversas áreas de gestión que se pretendan revisar.
Para peor, la Presidenta está encerrada en su propia construcción política , que prescinde de los aliados más firmes de esta década kirchnerista: los sindicatos y el peronismo. Y es notorio que le complace estar rodeada por demasiados adulones, bocones y voluntaristas.
En esas condiciones, aún siendo la figura excluyente de la política y disponiendo de abundantes recursos, todavía tiene tres años de mandato por delante . No parece sencillo que pueda transitarlos buenamente sin producir algunos cambios sustanciales, de modo de oxigenar un ciclo que empezó a emitir señales de extenuación. Una de estas señales, no menor, es la admisión pública de que la Presidenta es “
la única garante” del modelo, y de que no hay plan B si fracasa la re-reelección de Cristina.
Allí es donde el peronismo siente que quizás esté empezando su tiempo.
Desde la política José Manuel la Sota y desde el sindicalismo Hugo Moyano son los que convocan abiertamente a resistir, enfrentar y derrotar a la fuerza gobernante. A su modo, siempre cauteloso, Daniel Scioli plantó la bandera de su ambición presidencial. Primero fue insinuación, ahora es un propósito en marcha. Ese también es un signo de este tiempo diferente.
Scioli, De la Sota y Moyano son las expresiones de superficie más vigorosas. Pero por debajo de ellos, y aún más allá de ellos, crece una red de contactos y consultas de la que participan muchos de los peronistas que se mantienen en silencio público. Este rubro incluye a gobernadores, legisladores, intendentes, sindicalistas de la oficialista CGT Balcarce y hasta funcionarios relevantes del Gobierno . El peronismo solamente se siente cómodo en el poder. Eso los iguala a todos: los que están adentro y temen quedarse afuera, los que estaban y se alejaron o fueron expulsados, los que nunca pertenecieron a este ciclo.
Lo que se percibe ahora son diferencias de actitud. Y no son diferencias pequeñas.
Hace pocos días Daniel Scioli hablaba mano a mano con uno de sus asesores clave. El hombre, peronista de larga experiencia, había desplegado su batería argumental casi completa, pero sentía que sus razones no eran escuchadas. Entonces juntó ánimo y jugó su carta fuerte.
“
La gente no vota grises”, le dijo.
Le pedía, como reclaman muchos de los jefes territoriales bonaerenses, que cambie la estrategia de la eterna espera y se muestre más activo en la instalación de su proyecto presidencial.
El temor de quienes acompañan a Scioli es que De la Sota, que está mucho más jugado, siga avanzando y acorte la amplia ventaja inicial que el gobernador bonaerense le lleva en las encuestas. Es que la frontalidad con que enfrenta a Cristina le está dando rédito político a De la Sota. Obtuvo alta visibilidad y se le abrieron todas las puertas peronistas, empezando por las de los gobernadores y referentes provinciales. También las más influyentes en el mundo sindical. Incluso las de quienes, como Moyano, ven a Scioli como el aspirante mejor perfilado.
A Scioli ya le avisaron que esto está pasando. Y le recordaron que hace una década el mismo De la Sota no consiguió despegar como candidato –avalado por el entonces presidente Eduardo Duhalde– porque se lo identificó con el menemismo en retirada. El que sacó ventaja decisiva en aquel tiempo fue Néstor Kirchner, que supo trabajar con acierto su fresca condición antimenemista.
No sea cuestión, le dijeron a Scioli, que ahora por cautela excesiva quede pegado a la eventual declinación del cristinismo y sea De la Sota el que aproveche su oportuna diferenciación.
Pero Scioli es un tipo difícil de mover de sus convencimientos. Anoche mismo, en La Plata, reunió en un acto a los sectores internos que trabajan abiertamente por su candidatura. Habló de gestión y evitó las definiciones políticas tajantes, aunque dejó en claro hacia adonde apunta: somos la continuidad con cambio, dijo. No habrá sonado muy emocionante. Pero Scioli está convencido de que a ojos del electorado, ese paso a paso lo terminará convirtiendo en el heredero de Kirchner y no en el de Cristina.