Hace algunos años, en un grupo que se reunía semanalmente, la coordinadora propuso comenzar cada encuentro dedicando unos minutos a que cada persona contara una buena noticia que hubiera tenido durante esa semana. La primera reacción de muchos fue expresada más o menos así: “¿buena noticia?, si a mí no me pasó nada bueno!”, “con los problemas que tengo…”. La coordinadora explicó que no tenía que ser nada extraordinario, sino simplemente algo lindo que nos haya pasado y quisiéramos compartir. Ese mismo día hicimos el primer ensayo: algunos se animaron a contar algo, y mucho eligieron “pasar”, diciendo que no se les ocurría nada. Con el correr de las semanas, todos fuimos entrando en el ejercicio y lo fuimos adoptando como una costumbre grupal. Esta pequeña dinámica nos ayudó a conocernos más: nos enterábamos que al hijo de uno le había ido bien en un examen, que otra fue abuela, que otro había recibido una visita de sus parientes. Además nos ayudó a empezar la reunión con otro ánimo: después de haber compartido alegrías, el clima ya era distinto, más ameno y fraterno. Pero sobre todo, la dinámica nos ayudó a ir teniendo una mirada positiva sobre nuestras propias vidas, valorando sus pequeñas alegrías, sus logros y felicidades. Esas cosas tan pequeñas y cotidianas, que si no había que contarlas, casi ni las mirábamos.
Alguna vez leí que alguien contemplativo, o podríamos decir alguien simplemente creyente, no es tanto el que aprende a contemplar a Dios, sino sobre todo, aquel que aprende a contemplar la realidad desde los ojos de Dios. Todos sabemos que las cosas dependen “del cristal con que se las mire”. Los creyentes intentamos mirar con el cristal de los ojos de Dios. Esa manera de mirar no oculta ni el dolor ni la injusticia. Lejos de eso, la mirada cristiana se subleva ante cada hermano que no tiene lo necesario para vivir dignamente y se conmueve por cada persona que sufre en su cuerpo o en su corazón. Pero la mirada de Dios también ilumina la realidad, haciendo que brille todo lo bueno, lo noble, lo alegre de nuestro mundo. Como dice la canción: “lo cotidiano se vuelve mágico”. La mirada de fe nos vuelve sensibles al milagro cotidiano del amanecer, al reverdecer de la primavera, a la sonrisa de los hijos, a las manos llenas de vida de los abuelos…
Cuando pensamos qué frase queríamos que nos acompañe como lema de nuestra comunidad para la peregrinación a Lourdes y para las próximas fiestas patronales, elegimos decirle a la Virgen:
“Madre, ayudanos a vivir y transmitir el entusiasmo y la esperanza de la Buena Noticia de Jesús”. Sabemos que como comunidad estamos llamados a ser un signo e instrumento del Reino: nuestros gestos y actitudes tienen que reflejar el Evangelio. Por eso es que tratamos de servir a los más necesitados, compartir nuestra vida, crecer, rezar y reflexionar. Pero mal haríamos todo esto si no lo hacemos con alegría y con entusiasmo. No estaríamos viviendo la Buena Noticia de Jesús.
Y no queremos vivir cualquier alegría y esperanza. Sabemos que hay alegrías huecas y esperanzas falsas, felicidades que nacen del egoísmo e ilusiones que engañan. La alegría del Evangelio nace de la cruz, de la entrega y el amor, de la vida consagrada al servicio generoso. La esperanza del Reino no nos asegura que las cosas se van a solucionar en el corto o mediano plazo, pero sí nos reafirma en la certeza de que el amor de Dios es más fuerte que cualquier otra realidad. Por eso San Pablo puede decir:
“¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8,35.38-39)
Por eso, aunque vivimos en medio de las angustias y las tribulaciones, podemos y queremos celebrar la Buena Noticia de Jesús. Esa que nos permite mirar nuestra realidad con nuevos ojos y descubrir tantas buenas noticias que están a nuestro ardedor. ¿Qué buena noticia tenés hoy para compartir?
P. Willy