Hace unas semanas finalizaron los Juegos Olímpicos. Durante esos días fuimos testigos de demostraciones físicas asombrosas y de grandes hazañas deportivas. Pero también pudimos ver y compartir grandes emociones: alegrías, tristezas, llantos y risas. Pudimos escuchar los testimonios de los protagonistas que nos relataron historias de superación personal y conocimos los sacrificios que son necesarios para acceder a competencias de ese nivel. En una de las entrevistas luego de la competencia, hablaba un remero argentino que no había llegado a obtener una medalla, pero había ganado un diploma por el quinto puesto. El periodista le comentaba que lo veía con una mezcla de alegría y decepción, a lo que el remero contestó algo así: “Es que los deportistas somos un poco “enfermos”, siempre queremos más. En las competencias previas, queremos quedar seleccionados para las olimpíadas, cuando logramos eso queremos quedar entre los mejores, si quedamos entre los mejores, queremos una medalla, si ganamos la de bronce queremos la de oro, y si ganamos la de oro queremos repetirlo en la próxima oportunidad.” Algo así fueron sus palabras y me parece que transmitían bien esa hambre de gloria que debe tener todo deportista de ese nivel. Si no desearan cada vez más, difícilmente llegarían a ese lugar…
Y me quedé pensando cómo vivimos esa hambre de gloria los que no competimos en el deporte. Y creo que todos necesitamos un poco de ese deseo para vivir nuestras vidas, para superar los obstáculos cotidianos, para “triunfar” en las pequeñas luchas de cada día. Pero también me quedé pensando cómo ese deseo, siendo un arma importantísima y valiosa, es a la vez un arma peligrosa y riesgosa.
Sin ese deseo de más, nos quedaríamos sin fuerzas para seguir caminando. Si nos levantamos cada día y enfrentamos las dificultades, es porque tenemos proyectos, metas, deseos que alcanzar. Una persona sin deseos es como un auto sin nafta: tiene todo pero no puede arrancar, le falta esa capacidad para ponerse en marcha y comenzar. Y
es muy bueno que nuestros deseos se renueven, que no nos conformemos ni nos resignemos. La resignación, que es distinta de la aceptación, se asemeja a la claudicación, a darse por vencidos. Como pueblo, a veces parece que nos hemos quedado sin capacidad de desear otra cosa: nos resignamos a que las cosas no anden, a que el transporte sea un infierno, a que las peleas de los dirigentes perjudiquen a los más débiles. Seguir deseando otra cosa, seguir luchando por un cambio es lo único que nos mantiene verdaderamente vivos.
Pero a la vez, las aspiraciones continuas pueden ser un
arma peligrosa. Empiezan a ser nocivas cuando nos impiden celebrar los logros realizados, cuando nos quitan la capacidad de mirar lo que somos y tenemos y de alegrarnos con ello. Si por estar tan atentos al trecho que nos falta no podemos darnos cuenta de lo que hemos caminado, hay algo que está fallando en nosotros. Cuantas veces nos sucede que valoramos las cosas, recién cuando las hemos perdido o nos faltan. Si como pueblo a veces nos resignamos, otras veces nos volvemos quejosos de todo, sin poder celebrar lo bueno, lo logrado y los signos de esperanza que tenemos alrededor. Valorarnos a nosotros mismos y valorar a los otros, tal vez sean unos de los primeros pasos hacia la felicidad.
En la Segunda Carta a Timoteo, la vida es comparada con una carrera, con una lucha. El apóstol, que ve próxima su muerte, está contento y satisfecho con lo realizado y por eso dice:
“el momento de mi partida se aproxima: he peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe. Y ya está preparada para mí la corona de justicia, que el Señor, como justo Juez, me dará en ese Día, y no solamente a mí, sino a todos los que hayan aguardado con amor su Manifestación.” (2 Tim 4,6-8).
Que el Espíritu nos de fuerza y alegría en medio de nuestras peleas cotidianas, y que cada día podamos irnos a dormir con la satisfacción de haber hecho todo lo posible por ganar la medalla…
P. Willy