La bolsa de agua caliente

Por
lourdes
Miercoles, 22/08/2012
Una noche yo había trabajado mucho ayudando a una madre en parto; pero a pesar de todo lo que hicimos, murió dejándonos un bebé prematuro y una hija de dos años; nos iba a resultar difícil mantener al bebé con vida porque no teníamos incubadora (no había electricidad para hacerla funcionar).
Aunque vivíamos en el ecuador africano, las noches frecuentemente eran frías y con vientos traicioneros. Una estudiante de partera fue a buscar una cuna que teníamos para tales bebés, y la manta de lana con la que lo arroparíamos. Otra fue a llenar la bolsa de agua caliente. Volvió enseguida, diciéndome irritada, que al llenar la bolsa, ésta había reventado. La goma se deteriora fácilmente en el clima tropical “¡Y era la última que nos quedaba!, y no hay farmacias en los senderos del bosque”, exclamó. “Muy bien”, dije, “pongan al bebé lo más cerca posible del fuego y duerman entre él y el viento para protegerlo de éste. Su trabajo es mantener al bebé abrigado.”
Al día siguiente, como hago muchas veces, fui a orar con los niños del orfanato. Les conté del bebé prematuro. Les dije de problema que teníamos para mantenerlo abrigado y les mencioné que la bolsa de agua caliente se había roto y que el bebé podría morir si tomaba frío. También les dije que tenía una hermanita de dos años que estaba llorando porque su mamá había muerto.
Durante el tiempo de oración, Ruth, una niña de diez años oró con la acostumbrada seguridad consciente de los niños africanos: “Por favor Dios mándanos una bolsa de agua caliente. Mañana no servirá porque el bebé ya estará muerto. Por eso, Dios MANDALA ESTA TARDE”. Mientras yo contenía el aliento por la audacia de su oración la niña agregó: “y mientras te encargas de ello, ¿podrías mandar una muñeca para la pequeña y así pueda ver que Tú le amas realmente?”
Frecuentemente las oraciones de los chicos me ponen en evidencia. No creía que Dios pudiese hacerlo. Sí, claro, sé que El puede hacer cualquier cosa. Pero hay límites ¿no?, y yo tenía algunos GRANDES “peros…”
La única forma en la que Dios podría contestar esta oración en particular, era enviándome un paquete de mi tierra natal. Hacía casi cuatro años que estaba en África y nunca jamás recibí un paquete de mi casa. Además ¿quién iba a mandarme una bolsa para agua caliente?
A media tarde, cuando estaba dando clase en la escuela de enfermeras, me avisaron que había llegado un auto a la puerta de mi casa. Cuando llegué, el auto ya se había ido, pero en la puerta había un enorme paquete. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Invité a los chicos del orfanato a que juntos lo abriéramos. Había vendas para el leprosario. Luego saqué una caja con pasas de uvas variadas, lo que servía para una buena tanda de panecillos el fin de semana. Volví a meter la mano y sentí… ¿sería posible? ¡Sí, era una bolsa de agua caliente nueva!
Lloré… Yo no le había pedido a Dios que mandase una bolsa de agua caliente, ni siquiera creía que El podía hacerlo. Ruth estaba sentada en la primera fila, y se abalanzó gritando: “Si Dios mandó la bolsa, también tuvo que mandar la muñeca”. Escarbó el fondo de la caja y sacó una hermosa muñequita. A Ruth le brillaban los ojos.
Ella nunca había dudado. Me miró y dijo: “¿puedo ir contigo a entregarle la muñeca a la niñita para que sepa que Dios la ama de verdad?”. Ese paquete había estado en camino por cinco meses. Lo había preparado mi antigua escuela dominical, cuya maestra había escuchado y obedecido la voz de Dios que la impulsó a mandarme la bolsa de agua caliente, a pesar de estar en el ecuador africano. Y una de las niñas había puesto una muñequita para alguna niñita africana cinco meses antes en respuesta a la oración de fe de una niña de diez años que la había pedido esa misma tarde.

Por
lourdes