La Sagrada Familia de Jesús, María y José. DOMINGO EN LA OCTAVA DE LA NATIVIDAD o EL 30 DE DICIEMBRE.
Esta nueva fiesta presenta una realidad tan antigua como la Encarnación: y es la de que Jesús ha llegado al mundo en el seno de una familia; tiene una madre virgen y un padre a quién Dios lo ha confiado y que es digno de tal nombre.
San José no ha sido completamente olvidado por los cristianos de ninguna manera; pero a pesar de que pueden escribirse de él admirables antologías, la gloria propia de la Madre de Dios ha impedido frecuentemente apreciar la medida de su santidad.
La primera fiesta de la Santa Familia fue aquella que el Canciller Gerson propuso celebrar en honor de San José en el año 1413. La ceremonia que compuso, con la reflexión teológica y espiritual que la acompañaba, tuvo por objeto específicamente el casamiento de María y José. Habría querido que se celebrase el acontecimiento fundador de la Santa Familia, el acto por el cual se había creado el hogar donde Jesús crecería y se desarrollaría humanamente. Justamente la escena del casamiento de María y de José se ve traducida en la iconografía de los siglos XV y XVI y se prolonga a continuación en algunas obras del siglo XVII.
Pero la devoción a la Santa Familia se desarrolló sobre todo a partir del siglo XVII en el contexto espiritual propio de Francia y la idea primera fue de venerar en ella una imagen perfecta de la Iglesia y un reflejo de la unión que reina entre las tres personas de la Santìsima Trinidad.
Una plegaria ubicada al final de las Letanías de la Santa Familia se formula así:
Oh Dios, que habéis querido que vuestro Hijo único, eternamente vivo en vuestro corazón, viva y reine eternamente en el corazón de la Virgen María y de su muy santo Esposo, haz, te imploramos, que celebremos sin interrupción esta vida muy santa de Jesús, María y José, que no tengamos más que un corazón entre nosotros y ellos, que cumplamos en todo con vuestra voluntad, unidos a los santos Ángeles, de todo corazón y con el alma bien dispuesta, a fin de que merezcamos que nos encuentres semejantes a vuestro corazón.
La Santa Familia es no tanto vista en su contexto terreno como dentro de marco más amplio de la teología espiritual. Si bien nos interesamos en el hogar de Nazareth, en su vida cotidiana tan santa y tan perfecta, que es modelo acabado de toda familia cristiana, nos interesa más aún la relación completamente única que une a los tres miembros de esta familia entre ellos y con Dios, un misterio de amor sobrenatural.
Por esta razón, el ejemplo de la Santa Familia no es dado solamente a los hogares cristianos; abarca a todo grupo en la Iglesia, toda vida “en familia”, en el seno de una comunidad, de una parroquia, de un movimiento.
El lazo que une a Jesús, María y José es la manifestación e imagen de un misterio más profundo. En una plegaria Jean Jacques Olier, fundador de San Sulpicio decía: “Yo adoro a Nuestro Señor Jesucristo en diálogo, en la tierra con su santa Madre y San José y honro así en ellos la comunicación eterna de las tres personas adorables de la Santísima Trinidad.
No ha sido el primero en establecer un paralelo entre las tres personas de Nazaret y las tres de la Trinidad; antes que él en Conversaciones espirituales San Francisco de Sales escribía:
La familia (dirigida por San José) no estaba compuesta más que por tres, que nos representan el misterio de la muy santa y adorable Trinidad. No es que haya comparación, sólo en lo que respecta a Nuestro Señor, que es una de las Personas de la Santísima Trinidad, porque los demás son criaturas, pero sin embargo podríamos decir que es una Trinidad en la tierra que representa de algún modo a la Santísima Trinidad. María, Jesús y José, José, Jesús y María; trinidad maravillosamente estimable y digna de ser honrada.
En efecto, en el plano de las relaciones de amor, no hay imagen en la tierra que sea reflejo más fiel de esa comunicación maravillosa que se produce eternamente en el seno de la Trinidad.
La iconografía ha encontrado en esta imagen una nueva fuente de inspiración. En los retablos franceses, en los grandes cuadros, las dos Trinidades se superponen y se entrecruzan las similitudes así, horizontalmente, Jesús niño aparece entre su Madre y San José, tomándose a menudo de su mano mientras que, verticalmente por una suerte de trasposición aparece la escena del bautismo en el Jordán, truena el Padre celestial desde las nubes y el Espíritu Santo en forma de paloma desciende sobre el Dios – niño.
Pero estas consideraciones teológicas y espirituales quedaban fuera del alcance de la mayoría y el objeto inmediato de la devoción a la Santa Familia era honrarla, trabajando para formar: “familias cristianas con el ejemplo de esta Santa Familia que debe ser modelo de todas ellas, santificando casamientos y familias, excluyendo el pecado en particular el de la impureza y estableciendo las virtudes cristianas especialmente la castidad, la humildad, la mansedumbre, la caridad, la unión de los corazones, la paciencia en las tribulaciones y así por este medio, poblar tierra y cielo de hijos de Dios, que alabarán eternamente al Padre celestial”. Así se expresa el Manual de la Cofradía canadiense publicada en el 1670 bajo el título de La firme devoción a la Santísima Familia escrita por M. Charles Glandelet, teólogo de la diócesis de Québec. Las mujeres eran invitadas a imitar a Nuestra Señora, los maridos a San José, los niños al Niño Jesús y los servidores a los Santos Angeles.
León XIII a fines del siglo XIX, fue un gran propagador de la devoción a la Santa Familia, con el fin de reconstruir la familia cristiana. El mes de mayo fue asignado como mes de la Santa Familia con motivo de las dos fiestas: de San José y de la Anunciación.
Una fiesta de la Santa Trinidad ya había sido instituida en la diócesis de Québec por Monseñor de Laval desde 1665, el segundo domingo después de la Epifanía; fue transferida en 1684 al tercer domingo después de Pascua para hacerla más accesible a la piedad de los fieles, ya que el invierno canadiense no era propicio para la realización de grandes concentraciones.
En el 1892 León XIII instituye la fiesta de la Sagrada Familia en la Iglesia latina, y expresó el deseo de ver fundarse Cofradías en todas partes. El día elegido fue el tercer domingo después de Epifanía. Compuso personalmente los himnos de la nueva fiesta.
Se los cita frecuentemente como clásicos. Aquí presentamos, en una traducción libre, algunas estrofas que había elegido para maitines:
Cantaremos al linaje
de Jesús, Hijo de Dios altísimo
o repetiremos los nombres heroicos de la raza de David?
Más dulce y amoroso es el humilde Nazaret
cuyo aire respiró Jesús;
Más dulce es el canto que hace amados sus años ocultos
un ángel guía el tropel de peregrinos
desde Egipto hasta su país natal.
Jesús se apoya en el brazo de José
protegido contra todo peligro.
Sobre el banco de José, al lado de Jesús
se ha sentado la Madre, la Virgen – esposa
feliz de poder reconfortar sus corazones
por su trabajo de amor.
En el nuevo Misal romano, la festividad de la Santa Familia, ha venido a ubicarse en la octava de Navidad, entre el 25 de diciembre y el 1º de enero. Las tres plegarias de la Misa insisten sobre el ejemplo dado por la familia de Nazaret:
“Dios, Padre nuestro que has propuesto a la Sagrada Familia como maravilloso ejemplo a los ojos de tu pueblo, concédenos, te rogamos, que imitando sus virtudes domesticas y su unión en el amor, lleguemos a gozar de los premios eternos en el hogar del cielo”. “Por intercesión de la Virgen, Madre de Dios y de San José, guarda a nuestras familias en tu gracia y en tu paz verdadera”. “Concédenos Padre, la gracia de imitar fielmente los ejemplos de la Sagrada Familia, a fin de gozar en el cielo, después de las pruebas de esta vida, de la felicidad eterna”.
La fiesta de la Sagrada Familia no es comparable a la fiesta de las madres: no se está celebrando la familia como tal, ni siquiera la familia cristiana. Es la familia humana que necesitó Jesús para crecer, desarrollarse y alcanzar su estatura de hombre, tuvo que aprenderlo todo como hombre de sus padres; necesitó de una madre y un padre que lo protegiesen cuando todavía era pequeño. Pero esta familia Santa fue santificada más aún por su presencia. Belén, luego el hogar provisorio en Egipto y por fin Nazareth fueron los nuevos centros del mundo, porque todo gravitó en torno a la humanidad de Jesús.
Sin saberlo, los contemporáneos de Jesús fueron testigos de una gran maravilla. Los fieles que sabemos más felices que ellos podemos contemplarla en nuestras fervientes oraciones.
Extraído de “Cristo celebrado por la Liturgia de la Iglesia” de Dom Guy – Marie Oury