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La Adultez
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Martes, 31/07/2012
La Adultez
Si los adultos fueran psicológicamente adultos, la vida sería cualitativamente distinta. ¿Por qué con el paso de los años se van perdiendo la frescura del asombro, la alegría de descubrir y la libertad de ser? Refugiarse en “paraísos perdidos” o en “paraísos futuros” nos impide vivir despiertos y madurar la integridad de quien realmente somos.

Angela Sannuti.
¿Qué distorsión, personal y social, se produce para que la madurez y la asunción de una responsabilidad adulta, signifiquen también la fatiga y el miedo, el estereotipo de los actos diarios, la pérdida del sentido de aventura, el lenguaje sin riqueza, el diálogo empobrecido donde lo imprevisto no tiene lugar?

Griselda Gambaro.
De los muchos y variados riesgos que corremos en la vida, quizá el mayor de todos es el de crecer. Crecer es pasar de la niñez a la adultez. Aunque muchos parezcan adultos por su apariencia –incluso adultos exitosos- siguen siendo, psicológicamente, niños o adolescentes.

Ser maduros no significa convertirnos en personas ricas, poderosas y exitosas –que son tan sólo circunstancias externas- como tampoco implica volvernos falsamente serios y solemnes.

Si fuéramos verdaderamente maduros, nosotros, los adultos, trataríamos de recuperar ese mundo vital, lleno de asombro y aprendizaje que, alguna vez, nos habitó intacto pero que diligentemente hemos clausurado. Esta clausura nos acerca más a una vejez petrificada que a la madurez dichosa que podría otorgar el paso de los años.

Las personas abiertas se desarrollan continuamente y trabajan sin cesar sobre sí mismas; son las que están dispuestas a reemplazar la soberbia de lo ya aprendido por la disponibilidad de aprender y prefieren la honestidad de un “no sé” antes que acorazarse con falsas certezas.

No se puede desplegar la propia madurez evitando la vida; y la esencia de la vida es el cambio. Pero, educados en el miedo, “hacemos de todo” para que nada cambie en nosotros y a nuestro alrededor. En muchos momentos de la evolución personal se necesita emprender acciones nuevas y acordes con una nueva y madura visión del mundo. Si uno elige la vida está eligiendo el cambio, el constante desarrollo que, en cualquier dimensión, implica tanto dolor como alegría. 1

¿Por qué nos asusta vivir? ¿Qué es lo que hace que muchas personas no se atrevan a dar ese salto cualitativo y potencialmente enorme, por lo cual, no llegan a crecer y a desarrollarse realmente?

Crecer es despertar
Crecer es el destino natural de todo ser humano, y la madurez psicológica y espiritual es el sentido esencial de nuestra existencia.

La vida no sólo se prolongó cuarenta años más sino que se prolongaron los estadíos intermedios: niñez, adolescencia, juventud, adultez y vejez.

Crecer es atravesar cada una de estas etapas totalmente despiertos y sin distorsiones: el niño necesita vivir completamente su niñez para poder dejarla y pasar a la adolescencia; el adolescente debería experimentar su adolescencia enteramente para poder despedirse de ella e ir al encuentro de su juventud y adultez con verdadero anhelo y motivación.

La plenitud de cada etapa vital promueve la madurez; y las carencias sólo generan retrasos madurativos en el crecimiento..

Tanto el niño como el adolescente crecen y se desarrollan, básicamente, cuando poseen un hondo sentido del propio valor y cierto grado de confianza en la seguridad de su existencia.

El sentimiento de ser valioso es fundamental para la salud mental. Y ello proviene de los cuidados coherentes y genuinos de los padres. Se trata en realidad de los dones más preciosos que padres y madres pueden legar.

Ningún niño ni joven puede alcanzar la madurez psicológica en una atmósfera insegura, amenazada por el desamor, la falta de compromiso afectivo de sus padres y el abandono.

En la inmadurez de muchos adultos se percibe la profunda ausencia de ese sentimiento interno de la propia valoración y la consiguiente sensación íntima y persistente de una gran inseguridad. Para muchos, la vida se convierte así en un penoso camino cuesta arriba e intentan llenar ese vacío, a veces de manera infructuosa.

La tarea de la educación es despertar al individuo: despertar su inteligencia, su sensibilidad y su capacidad creativa frente a los problemas de la vida. Pero, ¿cómo podemos despertar a otros si nosotros mismos no estamos despiertos? 2

Sólo pocas personas afortunadas continúan despiertas hasta el momento de su muerte, indagando el misterio de la vida, ampliando y volviendo a definir su concepción del mundo y de lo verdadero.

Madurez afectiva
El destino del paso que no damos
se inscribe en un espacio paralelo
y nace allí una secuencia de pasos no dados...
Hacia un lado o hacia otro,
el hombre debe dar todos sus pasos

Poesía vertical (fragmento) - Roberto Juarroz.
A pesar de su apariencia adulta, muchas personas continúan siendo psicológicamente los hijos de sus padres; emocionalmente, continúan viviendo como niños motivados por la aprobación o la desaprobación de sus padres –aun cuando éstos hayan muerto hace tiempo- sin atreverse a tomar el destino en sus propias manos 3

Los padres biológicos o de crianza no pueden ser los autores del determinismo histórico de una persona para toda la vida.

Para madurar afectivamente, se requiere elaborar varios duelos, pero el más importante y el más arduo es poder ver a los padres reales que uno ha tenido y no los que creyó tener –es decir, los idealizados-, y tomar conciencia así de lo que efectivamente hemos recibido y de lo que nos faltó. 4

Cuando estamos en condiciones de reconocer nuestros límites –nuestras carencias- podemos transformarlos en posibilidades y, desde una sana autoconciencia, proveernos lo que realmente necesitamos sin depositar en otros la responsabilidad de nuestra vida.

Despedirnos emocional y definitivamente de nuestros padres de la infancia y de la adolescencia, nos habilita para emprender nuestro camino como adultos.

La coherencia entre decir lo que se piensa y hacer lo que se dice, tomar decisiones propias, hacer elecciones personales con una conciencia cada vez más profunda y, fundamentalmente, la capacidad de afrontar constructivamente los problemas, en lugar de evitarlos, son señales de genuina madurez.

La mayoría de nosotros parte de un marco de referencia mucho más estrecho del que realmente dispone porque no ha trascendido las influencias de la infancia y permanece anclado en el pasado; y, de este modo, quiere resolver los grandes problemas de la vida.

El verdadero trabajo de la adultez es el de parirse a uno mismo: saber que nuestra vida está en nuestras manos y poder transformar los mandatos familiares, sociales y culturales para acceder a lo verdaderamente propio y genuino. Pero muchas veces esta transformación de los mandatos es vivida como una trasgresión con su correlato inevitable: la culpa.

Donde habita la culpa no hay amor, hay miedo y dependencia. En nombre de lo que llaman amor-pero que en realidad es dependencia- muchas personas reducen su propia libertad y aprisionan su madurez.

El amor es establecer vínculos elegidos y construidos, vínculos de complementariedad y no de sometimiento y dependencia.

Una persona madura accede al amor del encuentro, ya no elige desde el temor y la culpa.

La adultez psicológica y espiritual es difícil y exige esfuerzo; es un largo y apasionante camino que parte de un microcosmos muy limitado –nuestra educación- hacia un macrocosmos cada vez más amplio y más rico. Si un ser humano pretende estar vivo debe asumir un compromiso personal y una libertad madura para afrontar su vida y el mundo que lo rodea. Esto supone cuestionarlo todo y estar dispuesto a nuevos aprendizajes.

Por el carácter conservador de la cultura en general –sobre todo en los ámbitos tradicionales y oficiales- es posible inferir el grado de inmadurez y sometimiento a prejuicios y a viejos esquemas que asfixian todo impulso vital, creativo y renovador.

No es casual que el mundo que habitamos esté plagado de conflictos: faltan adultos.

Si faltan adultos maduros no habrá tampoco niños y adolescentes maduros; y mientras los “mayores” se sigan ocupando exclusivamente de los problemas de los jóvenes sin incluirse como parte del mismo proceso, aumentará la desdicha y la confusión.

En la raíz de toda depresión, de los diversos cuadros de angustia, de miedo y de cualquier tipo de padecimiento psicológico, hay una desesperada sensación de impotencia para afrontar adultamente la propia existencia.

La tarea de la vida y el núcleo esencial de un verdadero trabajo psicoterapéutico es traspasar la categoría de “adulto parcial” en la que muchos permanecen atrapados, sea por miedo o por pereza –que, en el fondo, suele ser una forma de temor-

El viaje por la auténtica adultez debería ser una experiencia constantemente liberadora y de jubilosos hallazgos impensados.

Y la alegría ¿dónde está?
La alegría, la curiosidad, la sensibilidad despierta y una percepción sumamente atenta expresan la salud y la vitalidad con que un ser humano llega a este mundo. En lugar de teorizar acerca de la salud psíquica, bastaría hacer una observación directa de cómo viven los niños.

Pero ¿por qué razón cada edad que alcanzamos representa la pérdida irrecuperable de otra?

¿Por qué son tan pocos los rostros adultos que trasuntan genuina vitalidad, dicha y serenidad?

Una persona llena de culpas, de ira, envidia o codicia no puede hallar paz; una persona que vive pendiente de la mirada ajena, que no guarda un verdadero compromiso consigo misma, no conoce la dicha de existir.

Cuando somos fieles a nosotros mismos, nos vamos desprendiendo de los condicionamientos sociales o individuales, nos brota en el alma una alegría renovada, fresca y potente que nace de una libertad asumida y aceptada. “Solo cuando se avanza hacia lo desconocido y se llega al auténtico desarrollo de la propia personalidad, de la independencia psicológica y de la individualidad única, se tiene la libertad de manifestar el amor en sus máximas dimensiones”. 5

Todo el mundo desea ser amado pero no todos maduramos en nuestra propia e insustituible capacidad de amar; no todos pasamos de la “niñez psicológica y espiritual” a la madurez psicológica y espiritual.

El desarrollo espiritual es inseparable de la maduración psicológica y pasa a través de la adultez. No puede haber una verdadera espiritualidad sin madurez afectiva y psicológica, si no hay plenitud en nuestros corazones.

Muchos intentan encontrar respuestas fáciles a cuestiones muy hondas; buscan atajos o refugios en falsas concepciones populares, científicas y religiosas. Cuántas personas dedican su vida a evitar riesgos viviendo en un mundo de ilusiones e idealizaciones que infantilizan su existencia.

Cuando un adulto no acepta la responsabilidad de las propias conductas se siente siempre una “víctima”, culpa al mundo y al entorno de sus limitaciones e imposibilidades.

Sólo a través de un feliz y genuino proceso de maduración, adquirimos la capacidad de ver el mundo y el lugar que ocupamos en él de manera realista; y sabemos conscientemente que nuestra manera de estar en el mundo depende, en gran parte, de nuestras elecciones y decisiones personales.

Gozar del amor, de la calidez y de la intimidad de los afectos genuinos como de nuestra ineludible soledad esencial son algunas de las bendiciones que la madurez nos otorga.

La alegría, la confianza y la libertad no son características extraordinarias de gente extraordinaria; se manifiestan sencillamente cuando recuperamos la integridad de nuestro ser.


1. El miedo y la ansiedad generados por el cambio hacen que la gente lo afronte de diferentes maneras; pero son inevitables si la persona de verdad desea crecer y madurar. Cuanto más defendida, impenetrable y rígida es la estructura de la personalidad, mayor es la resistencia al cambio, por temor y falta de confianza.

2. Nuestra cultura consumista y dependiente ha conducido al ser humano a la pérdida de su identidad individual. Se le hace comprar lo que no desea, usar lo que no necesita, creer mentiras, con lo cual, imperceptiblemente va perdiendo lo más auténtico de sí. Hay un sordo malestar en gran parte de nuestra sociedad porque, de alguna manera, el individuo intuye que tiene un centro propio del cual ha ido alejándose tanto que le es desconocido.

3. Cuando alrededor de los 30, 40, 50 años “se pelea por la leche materna”, se está demostrando también la negación del paso del tiempo.

4. Este duelo es el que inaugura la adolescencia y debería concluir ya cuando se es joven adulto; el hecho de que se prolongue hasta la adultez tardía –desafortunadamente, hay quienes ni siquiera lo atraviesan en toda su vida- indica la inconsistencia emocional y madurativa con la que nos disponemos a educar.

5. Mahler, Margareth: Simbiosis y vicisitudes de la individuación humana. Ed. Paidos, 1980


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