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¿Hay lugar en tu mesa?
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Viernes, 20/07/2012
¿Hay lugar en tu mesa?
¿Cuántas personas entran en la mesa de tu casa? Sabemos que la respuesta es muy relativa. Seguramente, si vamos a comprarla, nos dirán que es una mesa para tantas personas, y por eso tiene igual número de sillas. Pero también sabemos que las mesas tienen la capacidad de “estirarse” según la necesidad.

Pienso en la mesa de la casa de mi familia. Era de esas que tienen unas tablas que salen de abajo para agrandarla según la necesidad. Durante el día, estaba doblada, se necesitaba el espacio para circular por la cocina-comedor. Pero cuando nos sentábamos todos a la mesa, era necesaria abrirla porque ocupábamos todos los lugares. Y si venía el abuelo o algún amigo, se ponían dos lugares en la punta, cuatro en los costados… de alguna manera, se hacía el espacio. Ninguno tenía un lugar fijo, sólo mis padres (creo que por una cuestión práctica, ya que eran los lugares más cercanos al horno y a la mesada: ellos eran los que se ocupaban de servir). A nosotros nos podía tocar sentarnos en la punta, que tal vez había que compartir; en el lugar que tenía la pata en el medio, un tanto incómodo; o en el centro de la mesa, donde tenías que ocuparte de pasar las cosas de un lado al otro de la mesa. Cuando éramos más, obviamente el espacio para cada uno se achicaba, y ahí empezaban las discusiones: “correte un poco”, “bajá los brazos que molestás”, “pero mirá cuanto lugar tenés vos”… en definitiva, seguramente nada muy distinto de lo que pasa en cualquier casa.

Cada familia es un mundo, dice el dicho; pero eso también nos recuerda que el mundo es como una gran familia. Por eso me pregunto: ¿cuántos están entrando en la mesa de la humanidad? ¿hay lugar para todos? ¿cómo lo vivimos? Durante este mes viviremos dos acontecimientos que nos invitan a replantearnos este desafío: la colecta de Caritas y la fiesta del Cuerpo y Sangre de Jesús.

Seguramente todos sabemos de la obra que realiza Caritas a lo largo y lo ancho del país: desde los pequeños gestos de dar una bolsa con alimentos a una familia necesitada, hasta grandes proyectos de educación y salud. En el segundo fin de semana de junio se lleva a cabo la colecta con la que se sostienen gran cantidad de estos emprendimientos durante el año. Ya hace varios años que en nuestra comunidad, como en tantas del país, la colecta se realiza no sólo en los templos, sino también en la calle. Creo que esto tiene dos sentidos fundamentales. Obviamente es un modo para que colaboren aquellas personas que no participan habitualmente de las celebraciones. Pero a la vez, el gesto de que haya personas en la calle es un signo que nos llama a la reflexión, es un llamado de atención para todos los que lo ven. Cuando vemos a alguien con una alcancía, podemos recordar que en este momento, hay alguien que no está pudiendo encontrar su lugar en la mesa de la humanidad: porque no tiene un techo, un plato de comida o porque le falta lo necesario para desarrollarse integralmente como persona. Esto nos lo muestran, todos los días, todas las personas que habitualmente piden nuestra colaboración. Pero como nuestra mirada se acostumbra y las “invisibiliza”, es necesario que otros pidan en su nombre y nos recuerden que tal vez estamos ocupando demasiado espacio en la mesa y estamos dejando poco lugar para otros. Tal vez, incluso, hay quienes han perdido hasta la capacidad de reclamar su lugar, de saber que también tienen derecho a sentarse a la mesa de todos.

Y este año, esta colecta vuelve a coincidir con la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Jesús. En ella recordamos el gesto del pan partido y entregado que Jesús nos dejó para hacer memoria de su vida. La mejor manera que hacemos presente a Jesús, es sentándonos alrededor de una mesa y compartiendo una comida que es para todos. Pero no queremos hacer de esto un gesto vacío y sin sentido, queremos que sea la expresión más honda y sincera de nuestra vida: queremos sentarnos a la mesa de la Eucaristía porque queremos compartir la vida, los bienes, el tiempo, los sueños, los dolores y alegrías con todos los hermanos de esta familia que es la humanidad. Celebrar la Eucaristía nos vuelve a cuestionar: ¿estamos dejando lugar para todos?

Que Dios los bendiga.
Padre Willy Carbó.
Junio 2012


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