La luz se cortó un día a las 9 de la noche. Será por un rato, pensé ilusionado. Un poco a las tientas y un poco con la luz de una linterna, me preparé algo para comer y después me fui a dormir (sin lámpara para leer, sin tele que mirar, sin computadora que usar… no había mucho para hacer). A la mañana siguiente me sorprendió levantarme y que todavía siguiera el corte. Empecé las actividades del día y, al encontrarme con los vecinos, el diálogo obligado era: ¿vos también estás sin luz? A medida que avanzaba el día, las cosas se ponían más difíciles: sin motor, en cualquier momento nos quedábamos sin agua, ¿qué hacer con las cosas de la heladera? El diálogo en la calle se iba transformando en una queja generalizada y en una serie de “
dicen que…”: “
dicen que la luz vuelve mañana”, “
dicen que se quemó un transformador”, “
dicen que ya lo están arreglando”… En la segunda mañana sin luz, en los comentarios se percibía una mezcla de enojo y resignación. Muchos comentábamos que había otros que la estaban pasando mucho peor: el que tenía un enfermo en la casa, el que necesitaba la heladera para guardar medicamentos, los más ancianos que sufrían el calor sin un ventilador, los comerciantes que tiraban mercadería arruinada… Cuando finalmente a la tarde volvió la luz, el alivio generalizado se notó en los ánimos de todos.
Como tantas veces nos pasa, nos damos cuenta de lo necesario que es algo cuando ya no lo tenemos. Uno se acostumbra a estirar una mano y encender una lámpara, a contar con una heladera, a utilizar un electrodoméstico. Y en el día a día, no pensamos la cantidad de veces que utilizamos la luz y la energía. Sólo cuando hay un corte se empieza a valorar el hecho de tenerla… hasta que nos volvemos a acostumbrar y nos olvidamos.
En esta Semana Santa, celebramos la gran luz que brilla en nuestra vida: la luz de Jesús resucitado. Tal vez en la liturgia no haya un signo más claro, elocuente y conmovedor que la celebración de la luz en la noche del Sábado Santo. La celebración de la Vigilia Pascual comienza a oscuras. Hacemos presente todas las oscuridades de nuestra vida: los rencores, las divisiones, las injusticias, los egoísmos, todo lo que nos encierra y nos priva de la vida plena y verdadera. En medio de esa profunda oscuridad, empieza a ingresar en el templo el Cirio Pascual, signo de Jesús resucitado que viene a iluminar nuestra noche. Y esa luz se va comunicando a cada uno de nosotros: en nuestras velas encendidas con la luz del cirio, celebramos que Jesús nos renueva en la esperanza.
Con este rito sencillo, pero significativo, nos recordamos unos a otros que, para los que creemos en Jesús, ya no hay noche cerrada en nuestra vida. Podremos pasar momentos de oscuridad y tinieblas, momentos en que no veamos claro el camino, momentos en que parezca que la muerte ha ganado a nuestro alrededor. Pero siempre habrá una luz brillando en alguna parte de nuestra realidad, porque la luz de Jesús es una luz que nunca se apaga. Tal vez es una luz tenue y medio escondida, pero seguro que está. Por eso, celebrar la Pascua de Resurrección es volver a hacer esa profesión de fe en esa luz: si Jesús resucitó, nuestra vida siempre tendrá una luz de esperanza que celebrar.
El gran desafío es que la celebración litúrgica no se quede en mero rito, sino que nos impulse en nuestra vida cotidiana. ¿A qué nos invita la Pascua? A que nos preguntemos, como después de un corte, ¿hay luz en nuestra vida? ¿dónde brilla? ¿qué signos encontramos de vida nueva y esperanzada alrededor nuestro? Si la celebración de la Pascua fue verdadera y sincera, volveremos a nuestras casas con el alivio de poder decir: ¡Volvió la luz! O mejor dicho: ¡Volvimos a encontrar la luz que habíamos perdido! La luz siempre está, pero somos nosotros los que a veces la perdemos…
¡Feliz Pascua de Resurrección!
Que Dios los bendiga.
Padre Willy Carbó.
Abril 2012