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Sembrando árboles.
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Miercoles, 18/07/2012
Sembrando árboles.
Los que no vivimos en la capital, solemos asociar la ciudad con el cemento, los edificios y el ruido. Pero también es cierto que la ciudad tiene paisajes de mucha belleza. Si en este tiempo uno recorre algunas avenidas de Buenos Aires puede disfrutar de una cantidad inmensa de jacarandás que tiñen el cielo y el suelo de color violeta. Ahora, mientras escribo esto, miro desde mi ventana un jacarandá en flor y me asombro de su belleza. Pero cuando vemos esas avenidas repletas de árboles no puedo dejar de agradecer a todas esas personas que diagramaron la forestación de la ciudad, que plantaron y acompañaron el crecimiento de los árboles. Me pregunto si ellos llegaron a ver este paisaje tan lindo. Seguramente los primeros años, los árboles que iban creciendo apenas ofrecían una parte de su encanto. Ahora, cuando todos tienen esas copas inmensas repletas de flores, el paisaje se hace realmente imponente en su sencillez. ¿Habrán sabido esas personas que plantaron los árboles la belleza que estaban creando? Tal vez la imaginaron pero nunca llegaron a verla. Es que plantar un árbol tiene mucho que ver con la generosidad.

Por eso recordaba el cuento de alguien que encuentra un anciano sembrando un nogal. El que observa piensa que, ya que el nogal tarda varios años antes de dar sus nueces, el gesto del anciano tiene algo de inútil, porque nunca va a llegar a poder probar las riquezas del árbol que está sembrando. Con mentalidad práctica y eficiente, piensa que le sería más útil al anciano plantar tomates o sandías, porque de ellos sí va a poder disfrutar. Pero el anciano le explica: ¨Toda mi vida me deleité saboreando nueces, cosechadas de árboles cuyos sembradores probablemente jamás llegaron a probar. Cuando de nueces se trata, no le corresponde a quien siembra el ver los frutos. Por eso, como yo pude comer nueces gracias a personas generosas que pensaron en mí al plantarlas, yo también planto hoy mi nogal, sin preocuparme de si veré o no sus frutos. Sé que estas nueces no serán para mí, pero tal vez tus hijos o mis nietos las saborearán algún día.¨

Nosotros nos vamos disponiendo a celebrar una vez más la fiesta del nacimiento de Jesús. En muchas casas y negocios, el símbolo que nos acompañará será el arbolito de Navidad. No tengo nada contra el arbolito y ciertamente es un símbolo de la alegría que celebramos. Pero creo que nuestra Navidad se tendría que parecer más a un nogal o a un jacarandá que a un arbolito navideño.

El adorno navideño tiene algo de efímero y pasajero, de artificial y forzado. Lo armamos y lo desarmamos, lo exponemos unos días para luego guardarlo en la caja hasta el año siguiente. Lamentablemente, a veces nuestro modo de celebrar la Navidad tiene algo de eso: también es efímero, pasajero y artificial. La “noche de paz” nos dura sólo una noche, la alegría demostrada tiene algo de falsa y la mesa compartida es sólo el esfuerzo de unirnos a aquellos con quienes no queremos compartir el resto del año. ¿Será esta la Navidad de Jesús?

Creo que la fiesta del nacimiento tiene mucho más que ver con esa apuesta por la generosidad y la esperanza que es sembrar un árbol. Celebrando al Niño, volvemos a iniciar un camino que no dará sus frutos inmediatamente, que no brillará al instante. Sino que renovamos las fuerzas para vivir la fraternidad cada día, como una opción de toda la vida y no como palabra de una noche. Un niño que nace es un largo camino que se inicia: serán noches en velas, pañales por muchos meses, un crecimiento largo y lento. Eso es la Navidad, iniciar un camino que tendrá muchos pasos por delante. ¿Veremos los frutos? Tal vez no, o por lo menos no todos. Pero el Dios que se hace hermano de todos sin esperar nada a cambio nos anima a arriesgarnos en esa hermosa tarea que es seguir sembrando esperanza.

Que Jesús nos regale una Navidad verdadera: una fiesta donde renovemos nuestra capacidad de vivir como hermanos. ¡Feliz Navidad!

Que Dios los bendiga.
Padre Willy Carbó.
Diciembre 2011


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