En el cielo, las estrellas...

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lourdes
Miercoles, 18/07/2012
¿Habrá uno sólo o serán muchos los cielos? Y no me refiero ahora al lugar o estado después de la muerte. En ese cielo de los bienaventurados, Dante Alighieri imaginó diez círculos celestiales distintos (se nota que hasta ahí nos es difícil eliminar las jerarquías e importancias!!). Pero ahora me refiero al otro cielo, a ese manto celeste, azul o negro que cubre la tierra cada día. Y especialmente al cielo de la noche, habitado por la luna y las estrellas. Uno no puede creer que el cielo que vemos desde la ciudad sea el mismo que vemos desde el campo. Seguramente todos alguna vez hemos tenido la oportunidad de estar una noche lejos de una ciudad grande. Cuando uno mira al cielo en medio del campo ve una infinidad de estrellas pequeñas y grandes, y ahí uno se da cuenta de lo pálida que es la noche en la ciudad. Todos sabemos que son las luces de las calles y las casas las que no nos permiten observar el verdadero brillo de las estrellas. Pero la diferencia es tan notoria que hasta parece que fuera otro cielo el que miramos. Lo más curioso es que la luz de las estrellas es incomparablemente mayor a la de cualquier ciudad, pero al estar más cerca, las luces de neón nos encandilan y ocultan la potencia enorme de los astros.
En estos días, contemplando el cielo estrellado, se me ocurría que este fenómeno es una buena imagen de nuestra vida: hay luces artificiales y “falsas” que nos ocultan las verdaderas luces de nuestra vida. Hasta en el lenguaje cotidiano solemos asociar lo bueno con la luz: “sos la luz de mi vida”, se dicen los enamorados; “viniste a iluminar nuestra vida”, le dicen los padres a su hijo: “sos un sol”, le decimos a alguien que nos ha hecho un favor; “Yo soy la luz del mundo” nos dice Jesús. Pero puede pasar que haya algunas “lámparas” que nos ocultan el brillo del verdadero cielo. Son esas pequeñas cosas, tal vez buenas y nobles, pero como las miramos tanto, nos enceguecen y no nos dejan ver las otras luces mayores que hay a nuestro alrededor. A veces pueden ser cosas materiales: la casa, el auto, la computadora o el chiche nuevo. Todas cosas que no son malas en sí, pero que tenemos que cuidar que no lleguen a opacar las otras realidades valiosas de nuestra vida: los afectos, la familia, los amigos, Dios.
También puede pasar que un proyecto o un ideal se transformen en una falsa luz que nos engaña. Es muy bueno tener metas en la vida, es necesario tener proyectos y deseos. El problema comienza cuando el proyecto nos encierra y nos domina. Nos volvemos obsesivos de lograrlo, sacrificamos muchas cosas por obtenerlo y es posible que confundamos las prioridades y que perdamos lo más valioso para lograr lo que no valía la pena. Cuando la casa se vuelve más importante que las personas que la habitan, cuando le dedicamos al trabajo la energía que no ponemos en la familia por la cual trabajamos, cuando llegar al título nos hace olvidarnos de los compañeros… las luces de neón nos están confundiendo.
Por eso, también en nuestra vida necesitamos esos momentos para irnos al campo o al desierto, alejarnos un poco para poder ver más claro. A veces esa ida es voluntaria: nosotros mismos elegimos alejarnos para mirar mejor. Otras veces, la vida misma nos obliga a hacerlo: cuando por alguna razón nos quedamos sin esas cosas que eran nuestra luz de ese momento. Esa oscuridad y ausencia tal vez es la oportunidad para descubrir esa otra luz mayor que se estaba quedando opacada u olvidada.
Mirar el cielo puede ser un pasatiempo, puede ser una evasión, pero también puede ser una oración. Por algo el salmista reza: “Al ver el cielo, obra de tus manos, la luna y la estrellas que has creado: ¿qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides?” (Salmo 8,4-5). Por algo Dios invita a Abraham a salir afuera y mirar las estrellas (Gen 15, 1-6). Por algo Jesús sacaba de la naturaleza tanto material para sus parábolas y para sus imágenes de Dios. Que El nos conceda tener esa sensibilidad, para que animados por su Espíritu, podamos descubrir al Dios que brilla en toda noche… incluso cuando las falsas luces lo opaquen e incluso cuando las mismas nubes lo oculten, El siempre está…
Que Dios los bendiga.
Padre Willy Carbó.
Noviembre 2011

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