Pasión por leer.

Por
lourdes
Martes, 17/07/2012
No sé muy bien cómo nació en mí el gusto por la lectura. Sé que en mi casa siempre hubo libros al alcance y que cuando era chico veía a algunos de mis hermanos con un libro en la mano. Seguramente empecé por ahí, hojeando lo que tenía a mano. Cuando se me acabó lo que había en casa, pasé a la biblioteca popular. Me defraudé con algunas recomendaciones que me hacía el bibliotecario, pero también encontré un montón de historias que me entretuvieron, me hicieron pensar, me emocionaron o me hicieron crecer. Es que para mí la lectura es la posibilidad de acceder a otros mundos, a otras realidades, la oportunidad de encontrarse con paisajes, costumbres, culturas y personas, a veces muy parecidas y otras muy distintas, a lo que somos y vivimos.
Por eso me sentí identificado cuando leí el poema de M. Benedetti que dice: “Un libro es suma y resta de personajes / hombres y mujeres emergen de sus páginas / vienen a nuestro encuentro, nos increpan / proponen / hacen revelaciones / nos llenan de palabras cada vez menos nuestras”.
Es indiscutible que las nuevas tecnologías nos permiten conectarnos con personas y situaciones muy lejanas, de un modo inmediato y práctico. Con un televisor, un teléfono o una computadora (por nombrar los más sencillos), podemos estar al tanto de lo que pasa al otro lado del mundo. Pero todo este avance tecnológico no quita que ya el libro, desde hace mucho tiempo, nos permitía una relación y un diálogo con situaciones muy lejanas. Es que cuando leemos estamos en contacto con un autor que tal vez vivió hace cientos de años, con situaciones y realidades que tal vez están situadas en otra cultura, pero que a la vez reflejan las mismas cuestiones que nos pasan hoy a nosotros.
Y si esto nos pasa con cualquier libro, cuánto más nos sucede con esa “biblioteca” tan especial a la que llamamos Biblia. Es que la Biblia es una colección de libros escritos a lo largo de cientos de años, por personas muy diversas, en situaciones muy distintas, pero todas animadas por una fuerte búsqueda de Dios y de sus caminos. Por eso, la Biblia no nos habla sólo de Dios, no nos revela únicamente al Señor, también nos habla de nosotros, de lo que vivimos, de lo que nos pasa, y en ese sentido nos “revela” a nosotros mismos quienes somos.
Por eso, en este mes de Septiembre, que tradicionalmente se lo celebra como mes de la Biblia, me gustaría animarlos a leer un poco más nuestras Escrituras. A veces nos sentimos intimidados por un libro tan grande, que parece difícil, que tiene partes aburridas o que no entendemos. Por eso quisiera invitarlos a leer alguno de los libros cortos del Antiguo Testamento, de esos que menos conocemos. Podemos empezar por la historia de Rut, esa nuera que sabe hacer alianza con su suegra y así encuentran un camino de vida. O podemos leer la difícil y triste historia de Tobías, con sus dolores y enfermedades, pero al que siempre acompaña, de un modo misterioso, un ángel del Señor. O si nos gustan las historias en la corte, podemos acercarnos a la reina Ester, con su frágil fortaleza con la que salva a su pueblo. O sino, podemos asombrarnos con Jonás, el profeta que se niega a ser enviado de un Dios misericordioso. Todas estas son algo así como pequeñas “novelas”, que nos muestran algo de lo que somos nosotros mismos, son una especie de espejo en el que mirarnos para conocernos.
La poesía que antes les citaba termina diciendo: “mi biblioteca, cada vez más completa / es una buena colección de auxilios”. Esto es un poco lo que siento yo también: los libros en general, y la Biblia en especial, son un recurso para pedir auxilio cuando necesitamos reponer fuerzas, reorientar nuestro camino o reafirmar y celebrar lo vivido. Claro que, como todo auxilio, hay que sacarlo para ponerlo en juego. Los libros en el estante y la Biblia en el armario no pueden darnos la ayuda necesaria. Animémonos a acercarnos a la lectura, hay mucha vida por descubrir.
Que Dios los bendiga.
Padre Willy Carbó.
Septiembre 2011

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