Guardar y reservar.

Por
lourdes
Martes, 17/07/2012
Además de las cosas que habitualmente usamos, nuestros cajones, armarios y estantes están repletos de cosas que hemos guardado y no utilizamos. Las conservamos pensando que algún día nos iban a ser útiles, o nos dio lástima tirarlas, o pensamos que eran un lindo recuerdo o simplemente las pusimos ahí para decidir en otro momento qué hacer. Cuando llega el momento de vaciar el cajón, por mudanza o limpieza, ahí somos conscientes de cuántas cosas de más tenemos.
También muchos tienen la costumbre de reservar para alguna ocasión especial: manteles, copas, ropa, vinos… se reservan esperando ese acontecimiento que sea razón suficiente para sacarlos. Da pena usarlas todos los días, o tenemos miedo que se estropeen, o que se pierdan. Pero un día nos damos cuenta que los años pasaron y que nunca llegó ese acontecimiento tan importante para usarlos. Y mientras tanto, el vino se echó a perder, el mantel se puso amarillo y la ropa y las copas ya pasaron de moda…
Obviamente todo esto tiene que ver con la personalidad, con la historia y también con la situación económica. Hay personalidades mucho más conservadoras, hay gente a la que le faltó lo necesario y por eso conserva todo por si las dudas. El que siempre pudo comprarse lo que quiso, seguramente va a tener menos temor de no poder conseguir lo que necesite. Lo peligroso es cuando esta costumbre de guardar y reservar se nos hace una actitud de vida. Nos volvemos egoístas por no poder dar y darnos con más libertad.
Es cierto que nuestra primera misión es amarnos, cuidarnos y protegernos a nosotros mismos. Por algo el mandamiento de Jesús es “Ama a tu prójimo como a ti mismo”: aquel que no se ama, pierde la medida del amor al prójimo. Pero eso no puede confundirse con un egoísmo escondido que, con el pretexto de cuidarnos, nos lleve a pensar sólo en nosotros mismos, a no poder salir de nuestras protecciones, a quedarnos instalados en nuestras seguridades.
Por algo una de las parábolas más famosas de Jesús nos habla del peligro de conservar. La llamada parábola de los talentos (Mt 25, 14-30) cuenta la historia de un hombre que, antes de salir de viaje, les confía sus bienes a sus servidores. A cada uno le da algunas monedas: a uno cinco, a otro dos y una sola al tercero. Los dos primeros pusieron a trabajar el dinero, lo invirtieron y lo hicieron crecer. Cuando el dueño regresó se lo pudieron devolver con intereses y por eso fueron premiados. El último servidor, en cambio, tuvo miedo de perder su única moneda y la enterró en un pozo para protegerla. Cuando el dueño se entera de la acción, lo castiga por no haber colocado el dinero en el banco y así lograr intereses. Yo me pregunto: ¿qué hubiera pasado si alguno de los servidores perdían el dinero al invertirlo? Tal vez el dueño hubiera entendido la mala suerte, no siempre en los negocios se gana. Lo que el dueño no puede aceptar es el temor que lleva a la inacción, el no intentarlo, el no arriesgarse.
Jesús enseñó esto no sólo con parábolas, sino que su propia vida es el mejor ejemplo de aquel que se arriesga hasta el fondo. El prefirió jugar y jugarse hasta el final, sabiendo que ponía en riesgo su propia vida. Eligió perder antes que no invertir. Y por eso el Padre lo llenó de vida en la Resurrección, porque “él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará” (Mt 16,25).
¿Con qué imagen nos sentimos más identificados? ¿Sabemos poner en riesgo nuestros talentos? ¿Los guardamos y conservamos sin utilizarlos? Seguro que si nos ponemos a revisar, en nuestro placard hay mucho sin usar, y en nuestro corazón mucho por compartir. Animémonos a poner al servicio de los demás los dones que el Padre Dios nos regaló… y ya que estamos, limpiemos un poco el cajón de cosas inútiles.
Que Dios los bendiga.
Padre Willy Carbó.
Julio 2011

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lourdes