Para arreglar hay que romper.

Por
lourdes
Martes, 17/07/2012
En estos días, con un grupo de gente de la comunidad, visitamos el Santuario de Nuestra Señora de Luján. Desde hace ya varios años, la basílica está siendo restaurada. La parte exterior ya se nota renovada y mejorada. Tal vez muchos recuerdan que la cruz de una de las torres se cayó y tuvo que ser reemplazada. También la plaza del frente fue diagramada de un modo diferente, dejando un espacio muy amplio desde donde se puede apreciar la belleza del edificio. Ahora los trabajos se trasladaron al interior de la basílica. Y realmente es un “golpe” entrar al templo y ver andamios, maderas, medias sombras y obreros con casco. Las columnas están todas revestidas de madera porque están trabajando en ellas, lo que provoca que la visión quede bastante reducida. Además, los días de semana, se escucha el ruido de las máquinas y los golpes de los que trabajan. Sinceramente, no parece el lugar más apropiado para buscar la paz… Sin embargo, todos sabemos que esto es transitorio y que el fin es que el templo luzca renovado y restaurado… aunque por el momento, todo esté un poco más feo y sucio.
Lo mismo nos sucede en cualquier arreglo de nuestras casas. Sin ir más lejos, este mes pudimos pintar el salón grande de la parroquia, haciendo unas mejoras que estaban pendientes. Por un par de semanas el salón fue inutilizable, lleno de escombros y polvo. Recién ahora, con el trabajo terminado, se puede apreciar que quedó mejor, más prolijo y luminoso. Es que siempre se cumple aquello de que para arreglar hay que romper. Y si bien no cualquier ruptura es para una mejora, es cierto que muchos arreglos obligan a un tiempo de destrozos. Y tal vez lo mismo sucede en muchos aspectos de nuestra vida: hay relaciones, grupos y realidades que sólo se arreglan con un buen cimbronazo.
Nunca es fácil hacer un cambio en una relación (en cualquier estilo de relación: padres-hijos, esposos, amigos, comunidad). Por eso, muchas veces nos resistimos al cambio, tenemos miedo de poner en peligro lo construido hasta ese momento. Si uno se anima a cambiar, todo puede caerse. Sin embargo, tal vez es necesario que por un tiempo esa relación se “quebrante” como para que pueda nacer algo nuevo, más sólido y seguro. Por ejemplo, cuando alguien tiene que poner algún límite, es posible que el otro se enoje y se moleste. Incluso puede pensar que le está haciendo un mal y que no lo quiere como antes. Seguramente la relación se tornará más difícil, y lo que antes fluía con normalidad, ahora se empiece a empastar y hacer difícil. Es el tiempo de la restauración, donde todo se vuelve más feo y complicado. Pero sabemos que vale la pena hacerlo y que, al final, vamos a gozar de una relación más sana y positiva.
Lo mismo sucede en un grupo o en una comunidad que busca crecer. Cuando se le da participación a gente nueva, cuando nos animamos a hacer las cosas de un modo distinto al que siempre se hizo, cuando intentamos nuevos desafíos, seguramente las cosas saldrán menos prolijas que antes, tal vez cometamos errores y equivocaciones. Tendremos la tentación de dejar todo como estaba, que era mejor antes, que todo estaba más tranquilo. Pero si no nos animamos al tiempo de “restauración” nunca podremos vivir en la casa renovada. Es contradictorio querer tener la pared pintada, pero no querer soportar el polvo de lo lijado.
En este mes celebramos la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. El Espíritu es el don de Dios que nos renueva, nos impulsa y nos da vida. Es comparado con el viento, que no se sabe ni de donde viene ni a dónde va, pero que se puede experimentar su presencia. El viento, cuando sopla con intensidad, arma algún desparramo y desordena lo que teníamos en su lugar, incluso hace caer algunas cosas que no estaban muy firmes. Eso hace el Espíritu en la Iglesia.
Que Jesús nos ayude a estar abiertos a su acción. Que nos animemos a emprender “las obras de reparación” necesarias para que la iglesia (no el templo, sino la que formamos todos), pueda lucir su imagen nueva, cada día más semejante a Jesús resucitado.
Que Dios los bendiga.
Padre Willy Carbó.
Junio 2011

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lourdes