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Un poco de ejercicio.
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Martes, 17/07/2012
Un poco de ejercicio.
Un artículo del diario comentaba una encuesta que habían realizado a fin de año en donde se consultaba cuáles eran los deseos personales para el año que comenzaba. El autor explicaba sorprendido que la respuesta más elegida fue: ¡hacer más ejercicio físico! Tal vez sería más esperado que la opinión más generalizada se hubiera inclinado por esperar la felicidad, un trabajo digno, la unión familiar, o celebrar un casamiento. Sin embargo, según esta encuesta, lo más deseado pasaba por algo tan simple y hasta banal como el hacer un poco más de ejercicio. Personalmente desconfío mucho de este resultado, como de tantas encuestas de opinión que se publican en los medios de comunicación. Muchas veces no están realizadas con la suficiente seriedad y profesionalismo, y sólo responden a un grupo estrecho que no puede representar nunca la opinión general; o responden directamente a intereses particulares de ciertos grupos de poder. Sin embargo, habiendo dejado en claro que no confío en el resultado publicado, es interesante de analizar por qué razón puede haber muchas personas que su mayor deseo sea algo chiquito e inmediato.

Tal vez esto responda a que hemos achicado nuestras expectativas e ilusiones. Nos cuesta soñar con grandes logros, con proyectos a largo plazo o con cambios más importantes. Nos conformamos con un deseo chiquito y fugaz, que no nos ocupe toda la vida ni nos genere grandes complicaciones. Otra razón posible es que el deseo de un mayor ejercicio físico sea respuesta a la exigencia social de la belleza y la salud. En una cultura que exige estar siempre joven, flaco y con buena presencia, no hacer lo posible por responder a este mandato puede experimentarse como una grave falta que desearíamos reparar. Lamentablemente la exigencia no viene respondiendo a un deseo de una vida más saludable, que se ocupa de nuestro cuerpo y nuestra armonía. Simplemente se exige un cuerpo atractivo, aunque sea a costa de la propia salud física o anímica.

La última razón que se me ocurre es que el deseo de ejercicio físico responda a esos típicos “debería” que nos imponemos en nuestra vida. Todos convivimos con un montón de culpas interiores que nos acusan. Son de lo más variadas: necesitaría bajar unos kilos, debería dedicarle más tiempo a la lectura y mirar menos televisión, podría rezar un poco más, tendría que ser más solidario… Algunos de estos pensamientos permanecen en nosotros por tanto tiempo que se instalan como algo permanente: no nos permiten caminar en paz, pero tampoco nos impulsan a un cambio. Son incomodidades interiores con las que nos hemos acostumbrado a andar, un poco rengos o con alguna molestia, pero aprendimos a convivir con ellos para que no nos impidan nuestro diario vivir. En ese sentido, el “debería hacer ejercicio físico”, es tal vez de esas cosas que creemos que más fácilmente podríamos solucionar: basta la decisión y el comienzo, no dejando para mañana lo que podemos hacer hoy…

Pero, ¿qué pasa cuando alguien comienza a realizar un ejercicio? Seguro que al día siguiente le duele todo el cuerpo. Cuanto más endurecido estemos, cuanto más tiempo hayamos dejado pasar desde la última vez, tanto más lo sentiremos en los dolores y tirones posteriores. Y ahí viene el paso fundamental: ¿persevero o abandono? ¿me animo a superar estos dolorcitos o me quedo mirando tele y sigo conviviendo con el “debería”?

Y esto que nos pasa con el ejercicio físico es el mismo proceso que vivimos en todo intento de cambio y renovación. Dar el primer paso cuesta y se hace difícil, pero a veces lo logramos. Pero ¿qué pasa después? ¿logramos perseverar? Cuando nos animamos a empezar a dedicar un poco de tiempo a los hermanos, cuando comenzamos un camino de oración, cuando nos decidimos a profundizar nuestras relaciones: siempre nos vamos a encontrar con el desafío de la dificultad de los comienzos, nos va a doler el corazón y la cabeza y muchas veces tendremos el deseo de bajar los brazos. Sin embargo, sólo en la ejercitación paciente de nuestro corazón lograremos vivir una vida en plenitud. El amor también es un ejercicio que se aprende, que requiere esfuerzo y perseverancia. Que el Espíritu, que suscita buenos deseos en nosotros, nos anime a concretarlos.

Que Dios los bendiga.
Padre Willy Carbó.
Mayo 2011


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