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Un momento para todo y un tiempo para cada cosa.
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Viernes, 13/07/2012
Un momento para todo y un tiempo para cada cosa.
Necesito unos días de vacaciones”, “falta un mes para mi cumpleaños”, “el año que viene me caso”, “el martes me dan los resultados del estudio”, “quiero un tiempo de tranquilidad”, “¡ya empiezan las clases!”… Todos sabemos que los días están hechos de horas, las horas de minutos y los minutos de segundos. Pero ese es un modo de medir el tiempo, el modo cronológico, donde cada hora es igual a la anterior y a la siguiente. Pero hay otro modo de medir el tiempo, un modo más humano, que sabe que no todas las horas son iguales ni los días son semejantes. Hay días alegres que se pasan rápido, hay momentos tristes que parece que no se acaban, hay días que esperamos con ansiedad y hay momentos que tememos su llegada.

El libro del Eclesiastés o Qohelet, uno de los escritos de los sabios de Israel, nos recuerda: “Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol: un tiempo para nacer y un tiempo para morir, un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado…” (Ecle 3,1-2). Tal vez una de las grandes sabidurías sea la capacidad de distinguir y vivir bien cada tiempo que tenemos en nuestra vida, sabiendo que también eso pasará y vendrá otro momento y etapa. Para muchas familias el mes de marzo marca el regreso a la actividad cotidiana de los colegios y estudios. Puede ser que todavía ansiemos seguir las vacaciones, puede ser que ya estemos deseando entrar en el ritmo anual. La sabiduría nos ayudará a vivir bien el descanso y el trabajo, distinguiendo los momentos y disfrutando con intensidad de ambos.

También en la vida litúrgica de la iglesia tenemos distintos tiempos a lo largo de un año. En este mes estaremos comenzando el tiempo de Cuaresma, los cuarenta días con los que nos preparamos para la fiesta de Pascua de Resurrección. Al igual que otras tradiciones religiosas, nosotros también tenemos un tiempo dedicado a la reflexión, a revisar nuestras opciones, a purificar nuestros caminos. Los judíos lo viven en las fiestas en torno al día del perdón, los musulmanes con el ayuno del Ramadán… la mayoría de las tradiciones religiosas saben que los seres humanos necesitamos de un tiempo especial, en que personal y comunitariamente fortalezcamos nuestra unión con Dios y nos reconciliemos con los hermanos.

La Cuaresma no es un tiempo triste. Me parece que a veces confundimos austeridad con tristeza. La propuesta de estos días es vivir en una austeridad mayor, tratando de despojarnos de las cosas y costumbres que acumulamos inútilmente y que lastiman nuestra vida. Pero eso no significa tristeza, sino que por el contrario, los caminos de Cuaresma intentan que seamos más plenamente felices. No se trata de “castigarnos” y hacer “sacrificios y ayunos” porque sí. Ya el profeta Isaías advertía claramente sobre el peligro de gestos exteriores que no significaran un camino de acercamiento sincero a Dios: “¿Es este acaso el ayuno que yo amo, el día en que el hombre se aflige a sí mismo? Doblar la cabeza como un junco, tenderse sobre el cilicio y la ceniza: ¿a eso llamas ayuno y día aceptable al Señor? Este es el ayuno que yo amo -oráculo del Señor-: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne.” (Is 58, 5-7).

Por eso, la Cuaresma que comenzamos es un regalo y una oportunidad. Es un regalo porque es un impulso a dar pasos que tenemos postergados. A veces necesitamos que nos “empujen” a comenzar un cambio. Por eso es también una oportunidad, que podremos aprovechar o dejar pasar. Como en todo camino, siempre es importante tener la meta clara: en la cuaresma caminamos hacia la vida, y Vida en abundancia, que nos trae el Resucitado. Todo lo que implique más y mejor vida para nosotros y nuestros hermanos, es un buen camino de Cuaresma.


Que el Señor que nos regala este tiempo, nos ayude a vivirlo con intensidad.

Que Dios los bendiga.
Padre Willy Carbó.
Marzo 2011


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