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Pequeñas revoluciones.
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Jueves, 12/07/2012
Pequeñas revoluciones.
Sería sumamente interesante tener la máquina del tiempo y poder viajar para poder ser testigos directos de ciertos acontecimientos. Ahora que estamos comenzando los festejos por el bicentenario del país, sería fascinante transportarse hasta esa semana de mayo de 1810.

¿Qué sentirían los protagonistas de estos hechos? ¿Qué pensaría el pueblo sencillo? Siempre me intriga saber si los protagonistas de algunos acontecimientos son conscientes de la trascendencia histórica de sus acciones. Los que participaron del cabildo abierto, ¿podrían imaginar que 200 años después íbamos a recordarlos y celebrar sus decisiones? Imagino que salvo algunos pocos, la mayoría creería estar aprovechando las circunstancias que les presentaba el contexto político internacional, sin saber demasiado cómo terminaría todo. Cuando desde la actualidad miramos hacia atrás y celebramos estos hechos como el origen del país, estamos revistiendo estos mismos hechos de una trascendencia que tal vez los testigos directos nunca imaginaron. Antes de ser nombres de próceres y estatuas de bronce, fueron varones y mujeres que lucharon por sus ideas e hicieron su pequeña revolución, la que pudieron y supieron.

Por eso, creo que celebrar estos acontecimientos es volver a pensar en la trascendencia de nuestras pequeñas acciones. Un país no se hace solamente a partir de las grandes decisiones, sino que también se construye desde las opciones, acciones y aportes de cada uno de los que lo formamos. Las grandes políticas nacionales, se sostienen en pequeñas políticas personales, familiares y barriales. Un país injusto se realiza a partir de muchos que viven y optan por decisiones injustas. Un país corrupto se forma con muchos ciudadanos que eligen o permiten la corrupción. Un país que oculta e ignora, es posible porque muchos optan por no saber, por no mirar. Obviamente esto no quiere decir que todos tengamos igual responsabilidad: aquellos que tienen más poder, ya sea económico, político, mediático o lo que fuere, tienen una carga mayor. Pero también es cierto que todos tenemos una cuota de poder que nos hace responsables del país que somos. Por eso, es necesario seguir viviendo nuestras pequeñas revoluciones, aquellas que realizan un país más justo y fraterno. Entre tantas acciones y actitudes necesarias, destaco dos.

La primera será salir de la queja y el desprecio constantes. “En este país no se puede”, “es que acá nadie respeta nada”, “en este país nadie quiere trabajar”, “con estos políticos ¿qué querés?”. cuantas veces escuchamos o dijimos estas frases. No sé si estas opiniones surgen de un auténtico conocimiento de que en otros países es distinto, creo que la mayoría de nosotros no está capacitada para esta evaluación. Pero creo que esta actitud no nos construye como sociedad. Tal vez tengamos razón en muchas de las cosas que nos quejamos, pero ¿adónde lleva la queja? ¿cuál es el aporte?

Por eso, la segunda idea es pasar “de habitantes a ciudadanos”. Así se llama un programa de la comisión de justicia y paz del episcopado. Ellos marcan que hay muchos signos positivos de participación y construcción de la sociedad y la mayoría somos más conscientes de nuestros derechos y los reclamamos genuinamente, pero a veces no somos tan conscientes de nuestros deberes. Tenemos una tendencia a comportarnos como “habitantes”, es decir como meros usuarios del país o consumidores de sus estructuras. El desafío es pasar a ser “ciudadanos”, conscientes de las responsabilidades y aportando al bien común las propias capacidades. Para el “habitante”, el bien común “no sería ya lo de todos, para el servicio de todos, adquirido con el aporte de todos, que por todos debe ser custodiado y defendido, sino lo de nadie, puesto allí para apropiarnos de él, dañarlo, destruirlo, o distribuirlo discrecionalmente entre amigos y clientes”.

Durante este mes, escucharemos muchas veces hablar del bicentenario, habrá festejos y celebraciones, reclamos y propuestas. Que Dios nos ayude a que estas fechas nos impulsen a renovar nuestro deseo de construir un país que, como dice la oración; sea una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común… para amar a todos sin excluir a nadie, privilegiando a los pobres y perdonando a los que nos ofenden, aborreciendo el odio y construyendo la paz.”

Que Dios los bendiga.
Padre Willy Carbó.
Mayo 2010


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