La cartuchera nueva.
Todavía recuerdo la ilusión que me provocó una cartuchera nueva al inicio de un año escolar. La costumbre y la necesidad hacían que no se renovaran todos los años los útiles. Además, con varios hermanos más grandes, la mayoría de las veces las cosas se heredaban de alguno que las dejaba. Pero ese año me compraron una cartuchera nueva: de doble cierre, toda una novedad en aquellos años, y con mucho espacio como para que cada cosa tuviera su lugar. Daba gusto ver todos los lápices sin usar, las gomas nuevas, las reglas sin ningún rayón…. No recuerdo cómo era esa cartuchera a fin de año, pero seguramente ya no fuera la misma. A pesar de los cuidados, seguramente varios útiles se habían perdido, los marcadores medio secos, varios sin tapa, los lápices se habían achicado de tanto sacarle punta. Ya no era la cartuchera que gritaba su novedad, era la cartuchera gastada por el uso.
Hoy día me pregunto cuál de las dos era más linda, si la cartuchera nueva o la gastada por el uso. La única manera de mantenerla siempre nueva, era no haberla usado durante todo el año, pero ¿hubiera valido la pena? ¿Servían para algo los útiles, sino era para gastarlos por el uso? ¿Qué es más valioso: lo que es tan bueno que no se puede usar o lo que se desgasta de tanto utilizar? Y creo que ese es siempre el desafío en la vida: cuando uno pone en juego algo, eso se expone al desgaste. No ponerlo en juego es la única manera de conservarlo, pero ¿vale la pena?
En definitiva es lo que pasa con nuestros mismos sentimientos y nuestro corazón. Cuando nos animamos a amar, a comprometernos con otros, a compartir la vida; eso va a implicar que nuestra vida se enriquezca y plenifique. Pero seguramente también va a implicar que tengamos sufrimientos, apuros y problemas. A veces aspiramos a vivir en paz, a no tener preocupaciones, a vivir tranquilos, pero la única manera de conseguir eso es no amar a nadie. Estar dispuesto a amar es estar dispuesto a “
gastarse y desgastarse”.
Esto es lo que tan bien entendió Jesús sobre su propia vida. A fin de mes estaremos celebrando la semana santa, tiempo en que hacemos memoria del gran misterio del amor de Jesús. El vivió su vida en servicio amoroso hacia sus hermanos, pasó haciendo el bien, como dice el libro de los Hechos. Y ese amor generoso es el que lo llevó a dar su vida, a no reservarse para sí, sino a donarse por fidelidad a su amor. Si Él hubiera optado por “
salvarse” de la cruz, hubiera traicionado su amor. Pero ya que se animó a arriesgarlo todo, hasta la propia vida, es que el Padre respondió resucitándolo de entre los muertos. El misterio pascual viene a recordarnos que cuando alguien se “
gasta” por el otro, Dios responde a esa entrega. El Padre no deja olvidada la vida de los que se pierden por amor.
Jesús entendió su vida con la imagen de la semilla:
“Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo, pero si muere da mucho fruto” (Jn 12,24). Él comprendió que la única manera de encontrar plenitud en la vida, de dar fruto verdadero, es arriesgarse a perder todo. Y ese es también el camino que nos invita a recorrer como discípulos. Por eso celebrar un año más la Pascua es renovar nuestro deseo de “gastar” nuestra vida en servicio de los hermanos.
A veces nos puede provocar cansancio y preocupación, pero creo que si lo pensamos mejor, sabemos que es preferible una vida que se canse por amar y no una vida que viva la “
tranquilidad” del aislamiento.
Por eso dice la canción:
“¡Qué triste debe ser llegar a viejo, con el alma y las manos sin gastar! ¡Qué triste integridad la del pellejo, que nunca se jugó por los demás!”
Creo que hoy, con los años transcurridos, pienso que la cartuchera de fin de año, a pesar de no ser tan perfecta, de estar gastada, es mucho más linda que la de principio de año. Los días y el uso la “
vaciaron” de mucho, pero la “
llenaron” de vida.
Que Dios los bendiga.
Padre Willy Carbó.
Marzo 2010