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El acto de fin de año.
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Jueves, 12/07/2012
El acto de fin de año.
Ya empezamos a recorrer la última parte de este 2009 y vamos sintiendo que el fin de año se acerca. Durante este mes y principios del siguiente, muchas familias estarán asistiendo a los actos de fin de año de sus hijos. Seguramente todos habremos ido alguna vez a uno de estos actos donde participaba algún hijo, nieto, sobrino, ahijado o conocido. No sé si alguna vez habrán hecho la experiencia, pero en los actos escolares es tan interesante lo que pasa sobre el escenario como lo que pasa debajo de él. Ponerse a mirar al público y sus reacciones es asistir a otro “show” aparte. La legión de máquinas de fotos que intentan captar hasta el último gesto, las caras de orgullo de los padres, el intento de saludar al hijo para que sepa que están ahí, los comentarios de la familia… les aseguro que el auditorio es otro punto interesante para observar.

Seguramente lo que moviliza a asistir al acto no es el interés por el baile o la actuación, sino simplemente el cariño por el que actúa. No importa si hace de árbol, si no le sale bien el baile o si se olvida la letra, uno va al acto escolar a “ver” al chico. Y así lo entiende también el chico, que agradece el que lo hayan ido a ver, el que se hayan interesado en lo que él tenía para mostrar.

Y esto me hace pensar en que todos, aunque ya hayamos crecido y ya no representemos nada en el acto, todos igualmente tenemos la necesidad de “ser mirados” en la vida. No hablo de la búsqueda narcisista de aplausos y reconocimiento, tampoco de la hipocresía de hacer las cosas para que me vean y me alaben. Hablo de la necesidad que tenemos de ser tenidos en cuenta, de ser valorados, de que otro se ocupe y se interese de lo que soy, vivo y hago.

Me acuerdo que hace un tiempo, conversando con una trabajadora social que estaba en un colegio de chicos con situaciones de mucha vulnerabilidad social, ella me decía que tenía la sensación de que a esos chicos nadie los miraba y que ellos tenían una profunda necesidad de que alguien detuviera un poco su marcha y los mirara. Fíjense que simple, que sencillo, no me hablaba de alguien que solucionara sus problemas, que les cubriera sus necesidades insatisfechas… solamente alguien que los mirara. Tal vez una de las reacciones más perversas que tenemos como sociedad es la de “invisibilizar” a ciertos sectores, nadie los ve, parece que no existen, que no están, que desaparecieron. Cuántas veces vamos por la calle y por la vida con una mirada que invisibiliza gran parte de lo que tendría que ver. Parecemos esos caballos a los que se les coloca anteojeras para que vean sólo una parte del camino.

Mirar a alguien es aprobarlo, es tenerlo en cuenta, es acordarse de que existe. Obviamente que no se trata de la mirada controladora o juiciosa, que observa para criticar, para juzgar o para corregir. Se trata de una mirada más pura, más inocente. Es la capacidad de detenerme ante la vida del otro y prestarle atención. Es darle el tiempo para que me cuente en qué está, lo que está haciendo, lo que le preocupa y lo que siente. No hay ninguna necesidad de darle un consejo, de solucionarle nada, sino simplemente de estar junto al otro con todo nuestro ser. Se trata de mirar al otro como se miraría a un chico que actúa: con esa atención de no perderse detalle, con ese deseo de valorar lo que haya hecho, con ese único interés de “ir a verlo”.

Como cristianos sabemos que tenemos a Alguien que nos mira siempre. Tal vez para muchos, pensar la mirada de Dios es pensar en una mirada que nos controla para que no “caigamos”, pero creo que Dios nos mira como padre y madre que es. Nos mira con ese orgullo de decir: ese es mi hijo y yo lo quiero. Ojalá que podamos experimentar este cuidado de Dios y así regalarnos los unos a los otros esa mirada que sana y que renueva.

Que Dios los bendiga.
Padre Willy Carbó.
Noviembre 2009


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