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Dejen que los niños se acerquen a mí.
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Martes, 10/07/2012
Dejen que los niños se acerquen a mí.
Los Evangelios nos relatan una pequeña escena donde algunos padres acercan a sus hijos a Jesús para que los bendiga. Los discípulos, al verlos, los empiezan a reprender y Jesús se indigna y les dice dejen que los niños se acerquen a mí” (Marcos 10, 13-16). Me pregunto qué será lo que habrá motivado la actitud de los discípulos, ¿por qué los reprenden? ¿qué les molesta de los chicos? Los discípulos vivían en una cultura que no favorecía la valoración de la niñez, pero además ellos eran personas como nosotros, con nuestros mismos miedos e inseguridades.

Y si somos sinceros y nos ponemos una mano en el corazón, tal vez coincidamos en que los chicos son hermosos… pero son peligrosos!

Seguramente todos hemos vivido o conocemos alguna anécdota donde un chico nos hizo pasar un gran papelón: porque dijo la verdad que “no había que decir”, porque se animó a preguntar lo que “no había que preguntar”, porque entró, se subió o se puso donde “no había que estar”. Por eso son tan “peligrosos”, porque con su frescura y sinceridad desenmascaran toda falsedad o hipocresía. Como dice Dolores Aleixandre, “son peligrosos, porque tienen el enorme poder de la intuición penetrante, de la mirada limpia que cala en lo auténtico, en lo medular de nuestras actitudes… un niño va más allá de las palabras; un niño capta de una manera misteriosa si estamos o no de su parte; un niño intuye qué es lo que hay de auténtico en nuestras actitudes, y lo hace con la misma facilidad con que pesca un renacuajo en un charco.” Así como con total inocencia están dispuesto a creer que el títere les habla, con la misma frescura van a poner en evidencia a aquel que los trata falsamente.

Tal vez algo de esto es lo que molestó a los discípulos: que hacían mucho ruido, que no dejaban hablar, que se metían en todas partes, que decían lo que no era correcto decir. Claro que en su época no había tele para mandarlos a mirar, ni playstation para encerrarlos y callarlos. Y por eso no tuvieron mejor idea que reprenderlos en público. Pero no contaban con que Jesús se iba a poner de su parte! Y no sólo se enojó con los discípulos y se acercó a los chicos para bendecirlos, si no que los puso como modelo a seguir: porque de los que son como ellos es el Reino de Dios. Les aseguro que el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.” (Mc 10,14-15).

Si queremos ser una comunidad de verdaderos seguidores de Jesús, deberemos animarnos a mirar a los chicos como aquellos que vienen a enseñarnos algo del Reino. Tendremos que aceptar que sus palabras nos desinstalen, que sus preguntas nos desubiquen, que nos saquen de nuestros esquemas preconcebidos, que nos traigan algo del desorden lleno de vida en el que van creciendo. Y sobre todo, deberemos aprender de su capacidad de recibir, como dice Jesús: hay que recibir el Reino como lo haría un niño. Y es que los chicos saben que no pueden todo solos, que necesitan de la ayuda y el cuidado de otros. Por eso tienen esa capacidad de recibir sin soberbia, de dejarse ayudar, de saber que las cosas no todas se conquistan sino que se aceptan como regalos. ¿Conocen algún chico que al recibir un regalo diga “no me lo merecía” o “no te quería molestar, lo hubiera conseguido yo solo”? Sin embargo a los adultos, muchas veces nos cuesta recibir la ayuda de otros. Qué lindo si pudiéramos recibir toda la vida con la alegría de saber que es un regalo que el Padre Dios nos hace!

En este mes que se celebra el día del niño, más allá de los regalos que se puedan o no hacer, recordemos que los chicos mismos son el verdadero regalo. Ellos son los que con su simpleza, sinceridad y frescura nos marcan el camino del Reino. Al verlos como modelos, tal vez reconozcamos que hemos “crecido” pero no en verdadera madurez, sino en que nos hemos alejado de la humildad del que todo lo recibe. Por eso quizás podamos decir con Miguel de Unamuno:

Agranda la puerta, Padre, porque no puedo pasar.
La hiciste para los niños, yo he crecido, a mi pesar.
Si no me agrandas la puerta, achícame, por piedad;
vuélveme a la edad aquella en que vivir es soñar.
Que Dios los bendiga.
Padre Willy Carbó.
Agosto 2008


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