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Como huesos resecos…
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Martes, 10/07/2012
Como huesos resecos…
El capítulo 37 del libro de Ezequiel tiene, tal vez, una de las imágenes más fuertes de toda la Biblia. El profeta es conducido por Dios hasta un valle que está repleto de huesos resecos. Luego de caminar entre ellos, Ezequiel es invitado a profetizar sobre estos huesos para que vivan. Inmediatamente se produce un temblor y los huesos comienzan a juntarse, a cubrirse de nervios y crece la carne y la piel, pero el profeta se da cuenta que no había espíritu en ellos. Por eso el Señor le dice a Ezequiel que convoque al Espíritu para que sople sobre esos muertos y revivan. Así lo hace, y al llegar el Espíritu se ponen en pie y forman un gran ejército. Finalmente el Señor le ayuda a Ezequiel a interpretar la experiencia, diciéndole que esos huesos son el pueblo de Israel y ellos van a recibir el Espíritu que los hará volver a la verdadera vida.

Este relato, con su fuerte simbolismo, puede ayudarnos a meditar sobre nuestra propia situación. Tal vez alguna vez hayamos experimentado esa sensación de ser como huesos secos: luego de una situación muy dolorosa o de algún hecho que nos marcó, pudimos sentir que quedábamos como muertos, devastados, caídos sin poder levantarnos. Decimos, como el pueblo de Israel, se ha desvanecido nuestra esperanza, ¡estamos perdidos!” (Ez. 37,11). Son situaciones extremas de las que nos es difícil salir y volver a empezar. Pero más frecuente aún es lo segunda experiencia, la de los huesos con nervios, carne y piel, pero sin “espíritu”. Cuántas veces en nuestra vida nos sentimos que hacemos lo que hay que hacer, que cumplimos con nuestras tareas y funciones pero que nos falta esa chispa de vida, ese entusiasmo que nos hace vivir en plenitud. Seguimos caminando, haciendo y trabajando, pero sin el fuego interior que da sentido a cada una de esas acciones. Quizás hacemos cosas muy buenas para otros, le dedicamos nuestro tiempo y servicio, pero lo hacemos sin la alegría y la fuerza que son propias del Espíritu.

Por eso es necesario que también nosotros convoquemos al Espíritu de Dios para que penetre en nuestras vidas, en la vida de nuestras familias y de nuestra comunidad. El 11 de mayo estaremos celebrando la fiesta de Pentecostés, la venida del Espíritu sobre María y los discípulos. Es una buena oportunidad para que pidamos a Dios este don tan importante para nuestro camino, que nos abramos a su presencia y a su acción. El Espíritu es aquel que impulsa hacia lo nuevo, es ese viento que sopla donde quiere, del que no se sabe de donde viene ni hacia donde va (cf. Jn 3). Pero la novedad de Dios no siempre es que haga surgir algo distinto, muchas veces es poder vivir de una manera nueva lo que ya está. Algunas veces hace cosas nuevas, pero siempre hace nuevas todas las cosas. Recemos para que vivamos un nuevo Pentecostés que nos llene de la fuerza de Dios.

Estas palabras de una canción pueden ayudarnos en nuestra oración:

¡Espíritu Santo, ven!
Si tú no vienes, olvidaremos la esperanza que llevamos,
sucumbiremos al desánimo y al llanto,
si tú no vienes a consolarnos.
Si tú no vienes, evitaremos el camino aconsejado
por el Señor de las espinas y el calvario,
si tú no vienes a recordarlo.
Pero si vienes a sostenernos y nos conduces como un maestro,
en nuestra carne se irá escribiendo
cada palabra del Evangelio.
Por eso ven, ¡Espíritu Santo ven!
Que el Espíritu nos renueve a todos!

Que Dios los bendiga.
Padre Willy Carbó.
Mayo 2008


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