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Pobreza y exclusión
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Martes, 10/07/2012
Pobreza y exclusión
No se trata de un tema nuevo. Pobreza y exclusión son problemas que nos afectan desde hace décadas. Repetidas veces en estos años los hemos abordado en Criterio.

Hoy queremos retomarlos para hacer notar la urgente necesidad de una reflexión colectiva seria y profunda, que evite la apropiación ideológica o política de la cuestión. Y al mismo tiempo que nos ayude a no acostumbrarnos a convivir con el escándalo de la pobreza sin atinar a buscar soluciones de fondo.

A lo largo de su historia la humanidad registra diferencias de niveles y formas de vida propias de la distribución desigual de los recursos y capacidades de las personas. Con el correr de los años y a partir de variados procesos de acumulación, hecha siempre a expensas de otro, estas diferencias se fueron trasmitiendo en el seno de las familias y de los ámbitos de actuación del individuo, en general reproduciendo y multiplicando las condiciones iniciales.

Las causas de esta desigualdad obedecen a diversos factores y complejos procesos, muchos de ellos violentos. Ríos de tinta han corrido para entenderlos, para explicarlos y aún para calificarlos éticamente, defendiendo o criticando tanto sus mecanismos como sus resultados.

Esas interpretaciones van desde posiciones fatalistas hasta más esperanzadas: se produciría un crecimiento a partir del desarrollo, la tecnología y la mejor explotación de los recursos.

Es evidente que, aunque globalmente muchas de esas circunstancias se han alcanzado, ello no ha mejorado la distribución; las diferencias entre los recursos y las capacidades de las personas y las familias se han agudizado dando lugar a una situación de grave desigualdad en la que unos pocos tienen mucho y muchos tienen muy poco o nada.

Esto ha ocurrido con diversa extensión y profundidad en todas partes del mundo. Nuestro país no es ajeno a ello, pero aquí se suma el infortunado perjuicio de un grave y creciente deterioro en los últimos años, tanto en extensión cuanto en inequidad distributiva. No es el propósito aquí referirnos a situaciones coyunturales específicas porque buscamos el horizonte del largo plazo.

Sobre la pobreza creciente, baste con referir los datos de siempre:

¨Entre 1974 y 2002 en el distrito más rico del país la proporción de población pobre se multiplicó por once, pasando de menos de 5% a casi 58%, mientras que la de aquellos que no logran cubrir sus necesidades nutricionales –los indigentes– creció más de doce veces (de 2% a casi 25%)¨
Si bien la pobreza acompañó los ciclos económicos, su intensidad fluctuó de manera diferente:

¨Fue más veloz en las fases recesivas y la mejoría más lenta en las fases expansivas. Como resultado de estas fluctuaciones asimétricas, se fueron estableciendo, sucesivamente, nuevos umbrales de pobreza que superaron a los precedentes. Así, la pobreza urbana fue alcanzando pisos cada vez más altos en los puntos máximos del ciclo económico: 4,7% en 1974, 12,7% en 1986, 16,8% en 1993, y 25,9% en 1998. Esta evolución fue marcando la consolidación y extensión del núcleo duro de la pobreza¨
Las diferencias en la distribución son enormes y crecientes, hoy en día el 10% que más tiene gana 31 veces más que el 10% más pobre; en 1974 esa relación era de 12 veces. También la proporción de la población total que menos tiene ha crecido por el ingreso a esa categoría de muchos que vieron minar sus estándares de vida, modificando de este modo la estructura social.

En la actualidad ya nadie busca las causas de la pobreza en el nivel meramente individual. La pobreza no es la suma de problemas personales ni son responsables de ella quienes la padecen.

La pobreza es, fundamentalmente, consecuencia de la desigualdad y de la exclusión social, atributos propios de la sociedad y exigen respuestas en ese nivel.

Pobreza y exclusión son dos fenómenos conceptualmente diferentes aunque relacionados entre sí. Como en un círculo vicioso, la relación se potencia y retroalimenta en una suerte de sinergia negativa.

La exclusión supone la primera pero la pobreza no necesariamente está asociada a la segunda. Así ocurrió en la Argentina hasta la primera mitad del siglo pasado: había pobres pero no estaban necesariamente excluidos; es más, muchos tenían posibilidades ciertas, canales y recursos para salir de esa condición, en un clima de movilidad social ascendente donde concurrían mecanismos de participación, especialmente relacionados con la ocupación y la educación.

Hoy en día esa movilidad no sólo no existe sino que se ha revertido. A su vez, la desafiliación, consecuencia de la informalidad ocupacional, desmotiva la participación.

Ambos fenómenos multidimensionales pueden ser medidos con relativa objetividad, aunque la primera es más fácil de cuantificar dado que abarca bienes o posesiones relativamente fáciles de medir.

Los métodos están estandardizados y tienen en cuenta tipos de activos, pautas de consumo y precios locales, para establecer así las diferencias relativas existentes según el contexto.

Pobres son quienes con sus ingresos no alcanzan a cubrir una canasta de necesidades alimentarias y no alimentarias básicas.

Indigentes, aquellos que ni siquiera pueden alimentarse. Excluidos, quienes no tienen cabida en la sociedad (económica, social, cultural y políticamente).

En el debate acerca de las causas de la exclusión, muchos autores coinciden en que el trabajo opera como factor integrador central y privilegiado de inclusión. La falta de trabajo, o su precarización, lleva a deteriorar los vínculos: la persona pierde pertenencia, deja de participar y de tener un lugar propio.

Es éste un proceso que cuanto más se prolonga más se agrava y potencia, tanto en cada familia como en enteras generaciones. Actualmente en nuestro país son millones los chicos nacidos en contextos de pobreza y exclusión, dato que le confiere una inusitada gravedad a la cuestión. La mayoría de ellos ha crecido o lo está haciendo sin tener a la vista ni familiares ni vecinos (modelos adultos) que tengan trabajo u ocupación permanente. En el mejor (!) de los casos podrán señalar a su alrededor a quienes dispongan de subsidios o ¨planes¨, pero difícilmente a quien diariamente sale temprano camino a su trabajo y vuelve con su jornal y el correspondiente carnet de obra social. Asisten a escuelas pobres con objetivos curriculares inapropiados, y muchas veces son aprobados para no congestionar las aulas.

Ante esto, ¿qué expectativa de futuro pueden tener? La relación con lo político ha sido degradada por las situaciones clientelares. ¿Es su culpa?

Desde cualquier perspectiva que se mire, el problema de la pobreza y la exclusión es, hoy y aquí, sumamente grave.

En el presente o en el mediano y largo plazo. Lo inmediato está muy a la vista y no hacen falta números ni estadísticas para darse cuenta de que en nuestro país la pobreza ha crecido, aunque para el público no es motivo privilegiado de atención ni reclamo urgente como el de la inseguridad (a juzgar por recientes encuestas).

En cuanto al futuro, recomponer una situación de mayor empleo y de educación de calidad más equitativamente distribuida para revertir la situación será una tarea que demandará esfuerzos sostenidos durante muchos, muchos años; por varias generaciones. Ello agrava aún más el problema, no sólo por el largo tiempo de exposición o permanencia y el efecto que causa en las personas y las familias, sino también por el riesgo, cierto, de que se interrumpan las políticas o las condiciones que harían posible la salida.

Una mirada a los rostros de la pobreza advierte parte de los efectos que ella produce y deja entrever las condiciones asociables a la próxima y seguramente probable condición de subciudadanos. Los chicos que están en la calle crecen privados de afecto y educación, compitiendo en una sociedad indiferente cuando no hostil, refugiándose en un complejo sistema de redes sociales que difícilmente podrán superar sin conflictos cuando sean adultos.

Las y los jóvenes desocupados que viven la falta de perspectivas de ingresar al mercado ocupacional de manera estable, que se criaron viendo a sus mayores en la misma situación (en octubre de 2002 en las cinco regiones del país entre el 13 y el 17% de los jóvenes de 15 a 24 años no estudiaba ni trabajaba, ni siquiera como amas de casa). Jovencitas, niñas aún, que desean quedar embarazadas para demandar atención y poder tener lo único que pueden registrar como propio: su hijo. Las mujeres solas a cargo de una familia, que en los hogares de las villas representan la séptima parte. Madres solas, con la responsabilidad de llevar adelante una familia sin otros recursos que su trabajo que, si existe, es no calificado y muy mal remunerado. Los desocupados adultos, jefes de una familia, hartos de buscar trabajo o imposibilitados de hacerlo por el mismo costo del transporte, sobreviviendo de changa en changa, perdiendo la dignidad ante sí mismos.

Los jubilados, muchos sin poder recurrir a la ayuda familiar, agobiados con los gastos de salud propios de su edad (en las cinco regiones, entre el 27 y el 34% de los mayores de 65 años no perciben pensión ni jubilación). Los aborígenes, pobres entre los más pobres, muchas veces emigrados de su ámbito rural y despojados de sus tierras formando parte de las villas de algunas ciudades. Los campesinos pobres, con fracciones tan reducidas que los obliga a salir de sus predios para asalariar su trabajo, migrando periódicamente en condiciones muy precarias.

Los cartoneros, heterogéneo conjunto de cualquier edad y sexo, acompañados de sus criaturas; junto con los chicos de los semáforos y del trasporte público, quizás lo más visible de la pobreza urbana hoy.

Los nuevos pobres, familias laboriosas a las que les costó generaciones llegar a niveles medios de equipamiento relativamente satisfactorio.

Por la reducción de sus ingresos, a medida que va pasando el tiempo, se les dificulta mantenerse; muchos de ellos son nuevos residentes obligados de asentamientos precarios.

Sostenemos la exclusión cuando miramos para otro lado o cuando la vemos como un problema que debe resolver el gobierno sin reparar que, inmersos en la cultura de la trasgresión, también contribuimos desde la evasión fiscal.

Es que nuestro país se habituó a convivir con la pobreza y la exclusión. La sociedad, desde el ajetreo urbano con los cartoneros a la vista o desde las autopistas mirando las villas desde arriba, se ha acostumbrado al escándalo de dos Argentinas coexistentes pero incomunicadas.

Es claro que hay dos países con muy escasa relación entre ellos y con los vínculos rotos. ¿Puede haber diálogo entre esas dos Argentinas? ¿Es posible algún intercambio entre ellas más allá de la moneda en el semáforo? ¿Cómo se puede construir así un modelo de país? Dos Argentinas y un modelo de país son dos realidades que se tensionan recíprocamente, profundizando la brecha y agravando aún más la construcción de objetivos comunes. Que cada uno, tanto en lo personal como en lo sectorial, haya pensado en sí mismo hasta llegar a la imposibilidad de desarrollar una agenda común, obliga a encontrar caminos para enfrentar la ausencia de un proyecto consensuado.

Es inconcebible imaginar respuestas sin un marco global y a largo plazo, en el que se inserten políticas de Estado integradoras de esfuerzos colectivos, que enfaticen una fluida relación entre educación equitativa y producción competitiva de bienes y servicios necesarios. Políticas de Estado en las que mercado, Estado y sociedad civil participen pero que a la vez proyecten y realicen nuevas formas de trabajo y de distribución equitativa de la riqueza.

Que participen y que potencien el importante capital social que tiene nuestro país. Mientras tanto, las políticas sociales deben poner especial cuidado en generar e instalar capacidades apropiables por la gente.

Los ¨planes¨ podrán romper la perversa lógica de causa y efecto del clientelismo cuando puedan, de ese modo, pasar de lo asistencial a lo promocional.
Es alentador ver que continúan esfuerzos de esta naturaleza en varias instancias locales. En ellos se reconocen y superan las comprobadas dificultades de avanzar generando verdaderos espacios de diálogo.

Eso refuerza la necesidad de trabajar en este tema desde todo lugar posible pero también alienta saber que de allí pueden surgir aportes genuinos e innovadores, adaptados a las nuevas formas de relacionar la sociedad con el mercado y el Estado en un plano de respeto a valores éticos compartidos. Dirimir las pujas e intereses más cercanos, resolver las cuestiones locales, es la mejor manera de empezar a transitar la construcción plural del bien común.

Pero estos esfuerzos deben buscar fervientemente y en aras de ese bien común la mayor participación.

¿Es posible en una sociedad con tantos excluidos? ¿Cuál es el necesario nivel de autonomía que a cada ciudadano se le exige para intervenir en la sociedad?

Un dilema que debe ser superado y que por sí mismo indica que no hay tiempo que perder...


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