El dólar, la hipocresía oficial y la sociedad enferma

Por
kelvet
Domingo, 03/06/2012
Después de nueve años, el gobierno kirchnerista parece haber descubierto que el gran problema del país es que los argentinos vivimos pensando en el dólar . Tiene algo de razón: parte de la población está hoy desesperada por conseguir dólares, pero lo peor de todo es que el más desesperado es el propio Gobierno.
Durante los últimos días, distintas voces oficiales pretendieron persuadir a la sociedad de que quienes estaban preocupados por atesorar dólares eran personas raras, obsesivas o muy poco patriotas. La secuela de explicaciones concluyó con el jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, quien al hablar ante el Congreso sugirió la necesidad de ¨llevar a cabo un proceso de desdolarización de la economía¨. Poco antes, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner había alentado a la población a no apostar al dólar porque podría pasarle lo que le ocurrió a un amigo de su hijo Máximo que -según dijo- había adquirido dólares a 4,80 pesos en el año 2002 y perdido mucha plata.
La consigna ¨El que apueste al dólar pierde¨, tan vieja como la desesperada frase del ministro de Economía del régimen militar Lorenzo Sigaut, a comienzos de los años 80, no resulta creíble para nadie, empezando por la propia jefa del Estado, que ha ahorrado en dólares toda su vida.
Independientemente de eso, el mensaje oficial pareció quebrarse cuando el senador Aníbal Fernández volvió sobre sus declaraciones anteriores: ¨No me pidan que haga una cosa de idiota. Tengo 24.000 dólares y no tengo que cambiarlos a 4,49 pesos cuando en el mercado negro están a 6 pesos¨, señaló, antes de sentenciar que con su dinero puede hacer lo que se le antoje.
Pese a las críticas que merecieron, incluido un reto de la primera mandataria, esas declaraciones de Fernández encarnaron la voz del sentido común. A la vez, parecieron un sincericidio frente a tanta hipocresía de un gobierno cuyos principales funcionarios vienen ahorrando desde hace años en la moneda norteamericana, como se desprende de sus declaraciones juradas de bienes personales. Un caso aparte es el de la Presidenta, quien, según sus últimas presentaciones patrimoniales, tiene 3.066.632 dólares y, curiosamente, ha invertido gran parte de esa suma en plazos fijos en dólares a tasas de interés de hasta el 14 por ciento, que no se consiguen desde hace años en ningún lugar del mundo, al menos en mercados formales.
¿Se habrá referido a esos funcionarios de su propio gobierno el viceministro de Economía, Axel Kicillof, cuando aseveró que ¨hay un sector de los argentinos que tiene una manía obsesivo-compulsiva de pensar en dólares¨?
La propensión al ahorro en dólares no es exclusiva de ¨gente rara¨ ni de funcionarios gubernamentales. También se extiende a muchos dirigentes sindicales, como el actual diputado Facundo Moyano, hijo del titular de la CGT, quien confesó que en su sindicato, al menos hasta el inicio del cepo cambiario, compraban dólares. ¨Lógico, ahorramos en dólares para no perder plata¨, admitió.
La actitud defensiva del ahorrista que apuesta al dólar puede ser una concepción individualista y poco solidaria. Pero no es más que la consecuencia de las duras experiencias de un país cuya moneda nacional perdió 13 ceros desde 1970 y en el que no pocos argentinos perdieron toda o buena parte de sus ahorros en épocas pasadas cuyo recuerdo está bien presente. Las declaraciones alarmistas de los funcionarios y las restricciones al mercado cambiario -más bien, debería hablarse de prohibiciones- no hacen más que despertar a los fantasmas del pasado.
La fiebre por el dólar es apenas un síntoma de la enfermedad del peso argentino.
El problema no es que la gente piense en el dólar, como se pretende hacer creer desde el gobierno nacional, sino que la gente empiece a huir de la moneda nacional. Y mientras siga existiendo alta inflación, el público seguirá huyendo de los pesos y buscando otros refugios.
Pero el gobierno de Cristina Kirchner considera más conveniente recurrir a la metáfora de la sociedad enferma. En su particular relato hay una sociedad enferma por pensar en dólares, del mismo modo que hay productores agropecuarios enfermos de avaricia, aun cuando el Estado se queda con la mayor parte de su renta y obtiene dinero del campo hasta cuando éste debe soportar quebrantos.
La metáfora de la sociedad enferma fue con mucha frecuencia un recurso usado por los gobiernos de facto para justificar su acceso al poder y la legitimidad de su permanencia. Hoy, esa misma metáfora es empleada por el gobierno nacional para justificar el intervencionismo estatal en la economía, el cepo cambiario, el cercenamiento de ciertas libertades que esa medida conlleva y hasta las reminiscencias del Gran Hermano orwelliano que subyacen detrás de los controles que aplica desde ahora la AFIP a quienes viajan al exterior.
El sociólogo Francisco Delich, al analizar el discurso del último régimen militar argentino, aportó interesantes datos sobre el uso de la metáfora de la sociedad enferma que resultan muy actuales. La idea de una sociedad enferma parece obviar toda responsabilidad por parte del gobierno. Pero no es ésa la única razón de su atractivo. Lo seductor de la idea es que nadie individualmente se reconoce como sociedad, sino como un individuo que está en , con o frente a la sociedad. Nadie aceptaría que también individualmente uno es la sociedad. Aceptar entonces, según Delich, la hipótesis de una sociedad enferma implica suponer simétricamente que cada individuo está sano, o por lo menos no necesariamente enfermo.
Mientras el gobierno kirchnerista trata de persuadir a la sociedad de que está enferma, buena parte de ella desconfía del diagnóstico del médico. Los cacerolazos escuchados en las últimas noches en la ciudad de Buenos Aires son, de acuerdo con la visión de distintos analistas de opinión pública, expresiones relativamente aisladas, protagonizadas mayormente por sectores de clase media alta. Pero, como señala Eduardo Fidanza, pueden ser el germen de una protesta más generalizada de las clases medias de los grandes centros urbanos del país. Esto ya ocurrió en 2008, con el conflicto del campo, y tuvo efectos nocivos para el gobierno de Cristina Kirchner.
Las restricciones para comprar dólares, si bien afectan directamente a un porcentaje menor de la población, están teniendo un efecto indirecto para la sociedad en su conjunto. Por un lado, han dado lugar a un aumento de la brecha entre el mercado oficial y el paralelo o¨blue¨, con un progresivo traslado del precio del dólar informal a la economía. Por otro lado, traen a la memoria colectiva el recuerdo de las corridas bancarias, de las devaluaciones confiscatorias y hasta de la hiperinflación. También están provocando la sensación de que el Gobierno no tiene los dólares que dice tener.
Al respecto, estudios de economistas como Agustín Monteverde señalan que las reservas del Banco Central no son, en realidad, de 47.000 millones de dólares, sino de alrededor de 10.500 millones, si se restan los encajes bancarios, las letras y notas del BCRA, las operaciones de pases, las obligaciones con organismos internacionales, los depósitos del Estado para pagar en agosto los Boden 2012 y otros pasivos.
En el diagnóstico kirchnerista, una sociedad se enferma sólo por su propia culpa. Tal vez el problema no sea el paciente, sino el médico.
Por Fernando Laborda | LA NACION

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