Mi niñez

Por
kemazone
Miercoles, 16/05/2012
La casa era de barro, creo que es uno de mis primeros recuerdos, una casa de barro. En ese tiempo de mi niñez no tenía consciencia del universo, no era acotado, nada sucedía de manera premeditada, todo se iba dando. Vivir en aquella chacra y en esa época para un niño como yo era, por definirlo de alguna manera, un día con todos los climas, con horas infinitas y con horizontes a cada instante modificados. Era el estado puro con el que en este mundo todos desembarcamos. No estaba contaminado.
Esta es mi sensación del comienzo, del primer estado de consciencia que una persona adquiere como si fuera un instante, el punto cero, el más lejano de los pasados. Quiero buscar más atrás, pero para eso no estamos preparados. No al menos en esta vida, tal vez en otra si existe, quién sabe, quién podría.
Sí, era una casa humilde, éramos muchos hermanos. Teníamos la vida simple que escurría en nuestras manos. Era dormir sin más ruido que el que produce el viento con los árboles, sin más ni menos frío o calor que el que nos daba el invierno o el verano, era vivir, sin saberlo, pero vivir. El paradigma social no existía, todavía no me la habían instaurado, no me habían evangelizado. Inconsciencia total mas libertad se combinaban para dejarme ser y crecer como dios supongo quiso o como tal vez soñó, de un modo perfecto para lo humano, feliz, sí, un modo tan simple y complejo como feliz.
Y esa casa es el ícono que representa mi primer etapa, esa casa sumergida en un bosque de eucaliptos y acacias, más allá los mimbres, los ligustros, la manga de tamariscos, el chiquero de los chanchos. La vid, la alfalfa, la planta de pelones del canalón, el chañaral de las liebres, el pan de azúcar, el triangulito, la quemazón, el canal grande, el principal. Más atrás, no muy lejos la laguna, prohibida para los niños, y que rodeándola nos llevaba al majestuoso río, el imponente Río Negro, el temido, dueño de todos los peligros y de todos los desafíos.
Recuerdo siestas de otoño, cobijado en algún reparo. En la calma total observaba, escuchaba, absorbía con todos mis sentidos el fenómeno de la nada. Rodeado de un paisaje amarillo agitado por fuertes vientos, encargados de cubrir el suelo con colchones espesos de hojas heterogéneas, que danzaban caprichosas sin control y sin coherencia. Y yo en mi lugar aislado de la tempestad evidente, con ese sol fuerte que contrarrestaba el día frío, que me aletargaba en un sueño predilecto, el cual de a poco apagaba la música, el zumbido del viento, me perdía en el olvido.
Las noches también son fotos multidimensionales que mi recuerdo acobija. Son representaciones perfectas grabadas por esas cosas que para mí, en mi mente de niño intuitivo, representaban temores, sorpresas o tal vez admiración y que hoy ya no se aprecian. El farol en la mesa, el fuego en la cocina de hierro fundido, la lámpara, el candil, guía personal para poder trasladarnos en la oscuridad. La ventana de postigos, la mesa grande, algunas sillas y el banco largo contra la pared. El ladrido de los perros, tan representativo, según cuál fuera y de qué forma lo hiciera, sabíamos con precisión cuál había sido el motivo. Tal vez un gato salvaje, una comadreja en el gallinero, algún chacarero perdido o en busca de algún elemento prestado, para no tener que ir al pueblo en ese instante complicado.
Qué linda niñez que tuve, que me dio tanta alegría, que me marcó de un modo único para desenvolverme en la vida. Que le permitió a mis padres educarme con hidalguía, grabando a fuego los principios y valores que hoy me guían cada día.

Por
kemazone