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El año del pesimismo racional (Joseph E. Stiglitz)
Volver Por phernandez
  
Jueves, 26/04/2012
Joseph E. Stiglitz, a Nobel laureate in economics, has pioneered
pathbreaking theories in the fields of economic information,
taxation, development, trade, and technical change.




NUEVA YORK – Recientemente, alguien hizo el chiste de que lo mejor de 2011 era que probablemente 2012 sería peor. Del mismo modo, aunque ha habido mucha preocupación por el estancamiento político de los Estados Unidos, podría haber ocurrido algo peor para éstos y para el mundo: los republicanos podrían haber impuesto su programa de austeridad con redistribución para los ricos. Los recortes automáticos no ocurrirán hasta 2013, lo que significa que en 2012 la economía se salvará, pero por poco.

Dos datos positivos más sobre 2011: los Estados Unidos parecen haber advertido por fin el abismo que separa a los ricos de los demás, al uno por ciento de todos los demás, y los movimientos juveniles de protesta, desde la “primavera árabe” hasta los indignados españoles y los de Occupy Wall Street, han revelado con claridad que algo falla gravemente en el sistema capitalista.

Sin embargo, es probable que los problemas económicos y políticos que quedaron tan manifiestos en los EE.UU. y en Europa en 2011 –y que hasta ahora se han abordado tan mal– empeoren simplemente en 2012. Cualquier pronóstico para los próximos años depende, más de lo habitual, de la política; del desenlace de la paralización en los EE.UU y de la capacidad de los dirigentes europeos para afrontar a la crisis del euro. Los pronósticos económicos son bastante difíciles, pero, en cuanto a los pronósticos políticos, nuestras bolas de cristal resultan aún más nubladas. Dicho esto, ésta es mi conjetura.

Los dirigentes europeos proclaman una y otra vez su compromiso con la salvación del euro, pero los que podrían hacerlo han dicho repetidas veces que se han comprometido a no hacer precisamente lo que sería necesario. Han reconocido que la austeridad significará un crecimiento más lento –de hecho, cada vez es más probable una recesión– y que, sin crecimiento, los países con dificultades de la zona del euro no podrán gestionar sus deudas, pero no han hecho nada para promover el crecimiento. Se encuentran en una espiral de muerte.

Lo único que está salvando el euro a corto plazo son las compras por parte del Banco Central Europeo de bonos soberanos, gracias a las cuales los tipos de interés no se han puesto por las nubes. Guste o no, el BCE está financiando en realidad a los soberanos. Los dirigentes alemanes han fruncido el ceño al respecto y el BCE se ha sentido incómodo: ha limitado sus compras y ha dicho que quienes deben salvar el euro son los dirigentes políticos y no los banqueros centrales.

Pero la respuesta política ha sido demasiado escasa y demasiado tardía, por no decir algo peor. La hipótesis más probable es la de que la situación siga igual: austeridad, economías más débiles, más desempleo y déficits continuos, sin que los dirigentes europeos hagan de momento lo suficiente para afrontar la crisis. En una palabra: más agitación.

El día del arreglo de cuentas –cuando el euro se rompa o Europa adopte las medidas definitivas que hagan funcionar una moneda única– puede llegar en 2012, pero es más probable que los dirigentes de Europa hagan todo lo posible para aplazarlo. Europa padecerá las consecuencias y también el resto del mundo.

Los Estados Unidos habían abrigado la esperanza de una recuperación impulsada por la exportación, pero, con la disminución del crecimiento económico en Europa, su mayor cliente, y un crecimiento insuficiente en gran parte del resto del mundo, no es probable que se produzca y, como posiblemente están aún por llegar los peores efectos de los recortes del gasto, la paralización –y el rencor republicano– pueden impedir que se prorrogue la reducción del impuesto a las rentas del trabajo aplicada por el gobierno de Obama, lo que debilitará el consumo de los hogares.

Si a ello se añaden los recortes en los niveles local y estatal, las primeras manifestaciones reales de las repercusiones de la austeridad se producirán en 2012. (Aun así, ya ahora el empleo público cuenta con unos 700.000 empleados menos que antes de la crisis; el Gobierno, en lugar de actuar anticíclicamente, compensando la débil demanda privada, ha actuado procíclicamente, con lo que ha exacerbado los problemas de la economía.) Entretanto, siguen sintiéndose las consecuencias de que no se haya abordado la crisis de la vivienda, que casi desencadenó un colapso de los mercados financieros: una mayor bajada de los precios de la propiedad inmobiliaria, más ejecuciones de hipotecas y, por tanto, una presión aún mayor para los hogares de los EE.UU.

Nadie, en ninguno de los dos partidos políticos de los EE.UU., parece querer reconocer que la reparación del sistema bancario, aunque necesaria, no fue suficiente para restablecer la salud de la economía (o que, en realidad, el sistema financiero no fue reparado en ningún momento). Antes de la crisis, se estaba manteniendo artificialmente con vida la economía americana gracias a una burbuja inmobiliaria que propició un consumo insostenible. No se puede volver a 2007.

Pero ninguno de los dos partidos ha estado dispuesto a reconocer lo que de verdad no funciona ni a anunciar un programa que aborde los males subyacentes. Tópicos y placebos –llamamientos insulsos en pro de una mayor creación de empleo, contención fiscal, reducción de los programas sociales y cosas por el estilo– caracterizarán el año electoral de los Estados Unidos. Ninguno de los dos bandos ofrecerá un programa para reestructurar la economía y reducir la desigualdad que está minando la fuerza del país.

Yo he sido muy crítico con los mercados, pero incluso los participantes en el mercado de los Estados Unidos tienen ahora la sensación de que los dirigentes políticos no están a la altura de las circunstancias. Si los inversores sufrieron las consecuencias de la euforia del decenio de 1990, probablemente sufrirán el próximo año las anunciadas por el pesimismo racional. Al fin y al cabo, los americanos tendrán que elegir entre un dirigente que ha demostrado no saber sacar a los EE.UU. de su marasmo económico y uno que aún no ha podido demostrar su incapacidad para hacerlo, pero que incluso podría empeorar la situación con políticas que aumenten la desigualdad y el crecimiento lento.

Espero que los acontecimientos me quiten la razón y que mi pesimismo resulte excesivo, pero me temo que no será así. De hecho, 2012 podría resultar ser el año en que el experimento con el euro, la culminación de un proceso de 50 años de integración económica y política en Europa, toque a su fin.

En ese caso, en lugar de traer el esperado final de la gran recesión de 2008, una contracción que ha durado demasiado y ha causado demasiado sufrimiento, 2012 podría señalar el comienzo de una nueva y más aterradora fase de la peor calamidad económica del mundo en tres cuartos de siglo.


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